Posted by: anotherworldip | 09/11/2011

10 años 11-s

 DIALOGO CON IGNACIO RAMONET SOBRE CHINA, SUDAMERICA,

“Al Qaida provocó el furor militar y el agotamiento de EE.UU.”

Director de Le Monde Diplomatique en español y doctor en Semiología e Historia de la Cultura, Ramonet acaba de escribir su libro La explosión del periodismo y aceptó discutir el mundo de los últimos diez años.

DIALOGO CON IGNACIO RAMONET SOBRE CHINA, SUDAMERICA,

“Al Qaida provocó el furor militar y el agotamiento de EE.UU.”

Director de Le Monde Diplomatique en español y doctor en Semiología e Historia de la Cultura, Ramonet acaba de escribir su libro La explosión del periodismo y aceptó discutir el mundo de los últimos diez años.

 Por Martín Granovsky

Tiene el acento de Pontevedra, donde nació en 1943, y el entrenamiento internacional de haberse incorporado en 1973 a Le Monde Diplomatique, cuya edición francesa dirigió entre 1990 y 2008. Promotor, entre otras cosas, del Foro Social de Porto Alegre, Ignacio Ramonet se mueve con facilidad tanto en el análisis de los nuevos desafíos del periodismo como en el examen de las tendencias de la política mundial.

–Ya son diez años desde el 11 de septiembre de 2001.

–Y en el mismo mes, septiembre, tres años de la caída de Lehman Brothers.

–Esa ya es una definición.

–Pues claro.

–Esta entrevista no transcurre el 11 de septiembre de 2002, a un año del atentado. Por lo tanto el mundo que vivimos en 2011 registró ya muchos más cambios que la irrupción de Al Qaida con su ataque en territorio norteamericano.

–En estos diez años cambiaron los Estados Unidos. Poco después del atentado, la administración Bush utilizó el ataque a las Torres Gemelas como si lo hubiera estado esperando, para llevar a cabo una política neoimperial. Utilizar la fuerza del instrumento militar para imponer su voluntad política en particular en Medio Oriente.

–Hablar del atentado contra las Torres y decir “como si Bush lo hubiera estado esperando…” no significa avalar las teorías conspirativas del autoatentado.

–Esas teorías surgieron en Francia. Pero no creo en ellas. Sí creo que, de hecho, Al Qaida le hizo un favor. Pero con un matiz: aparentemente le hizo un favor. Bush salió con el instrumento militar a atacar Afganistán, a atacar Irak, etcétera. ¿Qué ocurrió? Se reveló que el instrumento militar no era suficiente. Es como lo que le pasó a Napoleón. Las guerras napoleónicas buscaban imponer, por la fuerza, la libertad. Y Napoleón fue derrotado. Bush libró sus guerras napoleónicas para imponer la democracia por la violencia. Le ocurrió igual. Se le resistieron desde el oscurantismo. Parte de la resistencia a Napoleón tenía un grito: “¡Vivan las cadenas!”. También: “¡Viva la Inquisición!”. Los islamistas radicales reivindican la ley sagrada y la Jihad. Al cabo de 10 años podemos decir que los Estados Unidos, agotados, no pudieron vencer de manera indiscutible. Irak es una media victoria, Afganistán es una semiderrota y Libia es una intervención extremadamente prudente. El resultado es el agotamiento. Las guerras costaron mucho. Aunque se hayan llevado todo el petróleo de Irak, que no es el caso, con eso no pagan lo que gastaron.

–Y si se mira el índice de desempleo estancado en 9,1 por ciento, las guerras no crearon empleo.

–No, no lo crearon. Al agotamiento del que hablaba se le sumó un endeudamiento colosal, y también la crisis del dólar. Quizás los Estados Unidos padecieron lo mismo que Ronald Reagan impuso a la Unión Soviética, cuando la obligó a seguir una carrera armamentística que agotó a Moscú y provocó la implosión del régimen. Al Qaida provocó, sin quererlo, el furor militar y el agotamiento de los Estados Unidos. Quizás, y subrayo el quizás para ser muy prudente, quizás estemos en el principio del fin del siglo americano. Empezó con la Primera Guerra Mundial. Mientras tanto, una potencia como China fue desarrollándose con una pujanza impresionante. Y el mundo se va haciendo cada vez más multipolar.

–¿Pero Washington no sigue siendo una potencia a gran distancia de cualquier otro país en términos estratégico-militares?

–Con el matiz que señalé sobre el agotamiento y con la realidad de que a los Estados Unidos no les alcanza ya para seguir con la misma fuerza. De hecho muchos estrategas dicen hoy que habría que dejar de gastar en el arma nuclear, que nadie va a utilizar, sobre todo si se levanta la hipoteca nuclear iraní. Efectivamente nadie alcanzó militarmente a los Estados Unidos. Pero, ¿qué uso harán los Estados Unidos de su herramienta militar? Hay que mirar bien el caso de Libia, donde los Estados Unidos pusieron en primera línea a Francia y a Inglaterra, que al cabo de tres meses decían que ya no tenían presupuesto para seguir. O sea que la supremacía militar occidental está muy limitada por la cuestión económica.

–Pero China está calzada con los Estados Unidos. Tiene bonos del Tesoro norteamericano.

–En manos de China está el destino del dólar. Obviamente no le interesa que el dólar se hunda porque perdería todas sus reservas. En ese sentido dependen el uno del otro. Pero últimamente China ha dado una serie de lecciones a los Estados Unidos sobre cómo hay que administrar. En la amonestación que lanzó a los Estados Unidos la acusación fue usar demasiado dinero en gastos sociales. Muy ultraliberal.

–Más Adam Smith que Confucio.

–Algo así. China tiene un rol muy importante. Y es, como Sudamérica sabe bien, el gran consumidor de materias primas, ya sean del agro o de la minería. Es también la gran fábrica del mundo. Sin embargo, al destino irresistible de gran potencia del siglo XXI que muchos teóricos le ven, yo pondría un bemol: China aún no ha pasado por la estabilización interna. Es una aparente potencia estable. Aún tiene pendiente el hecho de que su sociedad, el día menos pensado, pueda despertarse. Pasó en las sociedades árabes, y China tuvo su aviso en 1989 con Tiananmen. No es imposible, con 1400 millones de habitantes, que China también se desintegre. No está blindada contra esa posibilidad. Ninguna sociedad autoritaria sabe exactamente cómo va a reaccionar el día en que su ciudadanía le pida cuentas. Esta mezcla imposible de capitalismo ultrasalvaje y de socialismo ultraautoritario es una experiencia de laboratorio que, como toda experiencia de laboratorio, puede fallar y fracasar. En cambio las sociedades democráticas, desde ese punto de vista, son más flexibles. La rigidez china puede romperse.

–¿Sudamérica reúne hoy características de peso mundial?

–Hasta las revoluciones árabes, América del Sur tenía la especificidad de que era el territorio en que se estaban llevando a cabo en el mundo mayor número de experiencias de izquierda. Por consiguiente, era el punto de referencia para toda la izquierda internacional. Conceptos como democracia participativa, referéndum revocatorio, constituyentes, el ALBA original, voluntad de intervención estatal por sobre el mercado salvaje, eran conceptos vigentes en el debate político solo en Sudamérica. Otro punto es que por primera vez Sudamérica no se vio destruida por una crisis como la de Lehman Brothers. Y tiene autonomía respecto de los Estados Unidos, lo que le da un tono ejemplar frente a Europa, que vive como un padecer la crisis norteamericana. En este territorio, además, está surgiendo uno de los gigantes de mañana, Brasil, integrado en el Brics (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) y llevando a cabo una diplomacia internacional autónoma. Lo estamos viendo en Libia y en Siria. Varios países de la región, entre ellos la Argentina, junto con México y Brasil, están en el G-20, que hoy es el órgano ejecutivo de la política internacional con mayor eficacia que el Consejo de Seguridad de la ONU y sin los inconvenientes del veto. Visto desde afuera, América latina está viviendo una Edad de Oro como la vive tal vez desde la independencia. Globalmente está pacificada, incluso con la necrosis del problema colombiano. La libertad y la democracia rigen, las elecciones tienen lugar con normalidad, los militares están en los cuarteles y nadie sospecha que vayan a salir mañana… Hay elementos negativos, como el narcotráfico, como la inseguridad en algunas sociedades, como el atraso en la organización de algunos Estados, pero en general los países, cada uno con sus singularidades, convergen y se articulan. Hoy las clases desfavorecidas de América latina tienen más esperanza que nunca porque sus gobiernos están llevando a cabo una justa redistribución. Puede ser insuficiente, pero es constante.

–Eric Hobsbawm decía a comienzos de la crisis del 2008 que el capitalismo salvaje no solo era injusto sino que sería inviable.

–En Europa muchos economistas serios, moderados, no los economistas revolucionarios, hablan de la solución argentina de la reestructuración de la deuda para Grecia. El Fondo Monetario Internacional era una referencia muy popular en América latina. Despertaba hostilidad. En Europa no era ni mencionado. Hoy despierta la misma hostilidad que producía aquí.

–Sudamérica vive un debate sobre la relación entre los grandes medios, el poder y los Estados conducidos, en general, por gobiernos de centroizquierda que se revalidan en las urnas. ¿Los grandes medios pueden determinar la política?

–En América latina son virulentos y tienen esa voluntad. Pero los gobiernos que tienen la serenidad de haber sido elegidos democráticamente pueden afrontar esa soberbia. En América latina son los gobiernos los que tienen la voluntad de instalar mayor equilibrio entre medios privados y servicios públicos de información y comunicación. Los propietarios de latifundios de comunicación, que hasta ahora tenían el monopolio, no aceptan un equivalente de lo que fueron las reformas agrarias. Rechazan una reforma mediática y por eso dan la batalla, incluso con mala fe.

–La ley argentina de Servicios de Comunicación Audiovisual se propuso ampliar el sector público y desmonopolizar el privado.

–En Francia existían leyes que prohibían la integración vertical. No podías tener, en el mismo sitio, televisión, radio y prensa. El modelo a evitar era el de Rupert Murdoch, que ya vimos a dónde conduce. Pero claro, los latifundistas de medios piensan que la desmonopolización y la ampliación del sector público se hacen a expensas de ellos. Y en realidad es así, pero porque eran latifundios.

–El último libro se llama La explosión del periodismo. ¿Existe el oficio de periodista, todavía?

–Está en peligro de extinción. Pero eso no quiere decir que seguro vaya a extinguirse. Depende de cómo cada uno reaccione ante la nueva situación. El ecosistema que hacía a la profesión periodística está cambiando de uno a otro. En el ecosistema precedente, en los últimos 50 o 60 de expansión, con la idea de que se sabía exactamente qué era un periodista y qué eran los medios, ha explosionado. Llegó Internet y el desarrollo digital (el teléfono inteligente, las redes) modificó tanto el ecosistema que la pregunta es pertinente. Pero yo no soy pesimista.

–¿De verdad? ¿No está todo terminado?

–No, no lo creo. La historia y la historia de los medios demuestra que no es así. Siempre hubo cambios tecnológicos importantes. Cuando apareció la radio, en los años ’20 o ’30, la prensa escrita no desapareció. Cuando apareció la televisión, la radio no desapareció. Tampoco el cine. Y el cine no había hecho desaparecer al teatro o a la ópera. Pero antes había una profesión de telefonista, de enchufar las clavijas.

–También desaparecieron los tipógrafos.

–Claro. Desaparecen profesiones, o el revelado fotográfico. Pero además los cambios tecnológicos fueron muy importantes pero eran relativamente pequeños respecto de lo que representa Internet. Internet no solo es un cambio en uno de los aspectos de la comunicación, por ejemplo en la escritura, sino en los tres grandes sistemas de signos: la escritura misma, el sonido y la imagen. Se ha dicho a veces que Internet es tan importante como la invención de Guttenberg, que la imprenta. Pero es más importante que la imprenta.

–¿Por qué Internet sería más importante que la imprenta?

–Porque la imprenta solo tocaba al libro, a lo escrito. No al dibujo o a las representaciones gráficas que cambiaron en Occidente cuando en los siglos XIV y XV Filippo Brunelleschi inventó la perspectiva. La imprenta fue clave, sí. No solo cambió la manera de fabricar textos sino el número de universidades. En 1440 había cuatro o cinco. Con la extensión del libro se multiplicó su número y surgieron el humanismo, el Renacimiento…

–La edición de la Biblia en lenguas que no fueran el latín.

–Exacto. Que fue un soporte del protestantismo. Cada uno podía tener su libro, que antes valía lo mismo que un coche de carreras hoy día. Desaparecen, de paso, los copiadores. Lo que quiero decir es que hay transformaciones en la política, en la sociedad, en la geopolítica… La guerra de los Treinta Años, de protestantes contra católicos es una consecuencia, en ese sentido, de la imprenta. Hoy Internet y las redes sociales no generan por sí solas algunos fenómenos pero los aceleran enormemente.

–¿El uso masivo de los BlackBerry en las recientes protestas de Londres?

–Por ejemplo. Esas protestas, en buena medida, son hijas de Internet.

–Internet y las redes sociales, ¿producen el fenómeno o son herramientas de cada fenómeno?

–Las redes no son una causa sino un acelerador. Las causas son siempre las condiciones sociales, económicas, políticas… Pero la aceleración es importante. La globalización solo adquiere la intensidad actual cuando se crean las que llamamos autopistas de la información, por donde circulan 24 horas sobre 24 las órdenes de compra y venta en las bolsas que circulan velozmente gracias a lo que la era digital ha permitido. Internet es por una parte un actor de lo que ocurre y un vector de lo que pasa, y en ambos casos más allá del campo de la comunicación. Si volvemos a centrarnos con el microscopio en un aspecto particular y pensamos otra vez en la profesión periodística, evidentemente es una profesión sometida a muchos impactos que la transforman. El periodista tenía hasta ahora el monopolio de la información. La sociedad recibía la información a través de los periodistas.

–¿Y no sería más así?

–Es un trabajo compartido. Los ciudadanos con sus blogs y la información que ellos mismos difunden, con los sitios de información en línea, con la información que se difunde por Twitter.

–No está mal esa nueva situación. ¿O sí? Inclusive no está nada mal para los periodistas: por un lado hay más fuentes de información a mano y por otro lado cualquiera puede corregir lo que hacemos.

–Seguro.

–Y si el periodista es bueno, además conservaría su capacidad de edición, aunque ya no sea monopólica.

–Claro. Yo diría que es el momento para los periodistas de demostrar que los periodistas son necesarios para la sociedad. La sociedad, en teoría, por la extensión de los instrumentos como Internet, podría autoinformarse. Naturalmente es un sueño que no se puede realizar. Como dice el psicoanálisis, no basta con que uno tenga conocimientos para autoanalizarse. Por definición, el autoanálisis no existe. La sociedad no puede “autoinformarse” pero al menos en teoría sería posible. De ahí que los periodistas sean más exigidos que antes. Antes tenían ese monopolio, cierto prestigio social, ejercían cierto “terrorismo” intelectual en la sociedad… Ese estatuto un poco privilegiado está perturbado por todo esto que está llegando, donde surgen voces nuevas y periódicos nuevos. Basta ver el éxito de The Huffington Post en los Estados Unidos.

–Hasta llegó a venderse en pocos años, revaluado, por el éxito que alcanzó. ¿Cómo se reconoce hoy y cómo se reconocía antes a un buen periodista? ¿Cambió de veras el oficio?

–¿Qué le pide uno a la información hoy? Que sea fiable. Mucha información que recibimos no es fiable, no es creíble y a veces incluso se revela falsa. Ni siquiera hablo de mala intención ni de manipulación voluntaria, que existen. Solo me refiero a que un programa de radio o un canal de televisión no le puedan garantizar al ciudadano que la información que le transmiten sea verdadera. El uso del condicional y de “al parecer”, el “según ciertas fuentes…”, se hizo abusivo. Hace que si los periodistas se limitan a transmitir una información lo más rápidamente posible, porque saben que en la rapidez está en parte la captación de la audiencia, no pueden verificar la realidad de la información que están transmitiendo. Entonces el ciudadano quiere fiabilidad. ¿Qué medios pueden garantizarlo? Indiscutiblemente no son los canales de información urgente, inmediata, constante.

–El mundo que escucha, ve y lee multimediáticamente, no tiene todavía una palabra que lo designe, ¿no es cierto?

–No, aún no.

–Esa persona para la cual no tenemos definición, ¿espera aún que de alguna manera alguien le explique lo que sucede?

–Tú lo has dicho: de alguna manera. La cuestión es que hoy la información ya se da con su modo de empleo. Los medios dan la información y dicen cómo interpretarla. Muy rápidamente. Demasiado sumariamente. Quizás el ciudadano está esperando que le pongan la información en contexto. Eso lo impide la urgencia, lo perturba la inmediatez.

–La audiencia recibe fragmentos.

–Efectivamente. Así funciona la información. Hoy un fragmento, mañana otro… Pero el ciudadano no va a poder hacer el trabajo de reunir el mosaico. Tiene que haber especialistas de lo general. Son llamados generalistas.

–Los podemos llamar “todólogos”.

–Está bien. Pero cada día es más difícil encontrarlos. El mundo se ha hecho muy complejo. No todo el mundo sabe, si el tema es Fukushima, qué es la radiactividad, cómo funciona, qué es un terremoto y qué consecuencias trae.

–Bueno, el que no sabe y es periodista puede preguntar.

–Sí, pero cuando un canal de televisión envía a un equipo porque se produjo el accidente de Fukushima y eso asusta al mundo entero, y el equipo llega a Japón, no todo el mundo habla japonés, no todos los japoneses forzosamente hablan inglés, se enteran de algunas cosas, como la energía nuclear en Japón, recién al llegar, averiguan qué autoridad la pilotea. Antes, en los años ’20 o ’30, un periodista era enviado a un lugar en barco. En el tiempo de llegar ya había leído varios libros y sabía algo de lo que le esperaba. Hoy día en unas cuantas horas estás al otro lado del mundo y ni has tenido tiempo de reunir a la gente que te puede explicar, ni de leer todo lo que debías haber leído. Por eso el propio oficio no se hace con las garantías necesarias. Si a eso añades que estás escribiendo y estás siendo “vigilado” en lo que escribes por una multitud de personas que tienen a disposición la posibilidad de intervenir en lo que tú escribes, a veces desde la autoridad de ser doctores en sismología o japonología, tu trabajo ya no será juzgado solo por los lectores habituales o los colegas sino por toda una serie de especialistas.

–Y eso es bueno.

–¡Claro que es bueno! Algunos periodistas, como dije, ven su estatuto puesto en cuestión. Pero para la colectividad en su conjunto es muy bueno. Antes, en la era industrial, las cosas se ofrecían totalmente terminadas. La información también: salía y no se volvía a tocar. Era autónoma. Hoy no. Sale la información y en la mayoría de los medios, on line, ya hay comentarios. La información se irá puliendo y al final habría casi que volver a redactar el artículo en función de los aportes positivos, que obviamente hay que verificar, que fueron apareciendo en el camino. Hoy la información es un acto colectivo, más democrático. Evidentemente también hay rumores, falsa información, complotismo, prejuicios. Pero el avance es importante porque el periodista no está solo. Antes tenías dos actores, uno activo y otro pasivo. El emisor y el receptor. Hoy el receptor es tan activo como el emisor. Yo lo llamo webactor. Tiene su propio sistema de comunicación. Bien. Primero hay que aceptar ese diálogo porque forma parte de la realidad de hoy y tiene muchas cosas buenas por recoger. El resultado puede ser mucho más interesante aún. Pero claro, el estatuto del periodista y los periodistas se ha modificado. Hay muchas universidades y mucha gente que sabe mucho. No les puedes contar cuentos. Y no les puedes contar cuentos a todos permanentemente.

–O sea que no todo está perdido.

–Al contrario.

–Salvo para los que quieran perderse.

–Para los que se queden inmóviles. Para una nueva generación de periodistas, en cambio, quizás no haya habido en mucho tiempo tantas posibilidades como las que presenta hoy el sistema comunicacional. Un grupo de periodistas recientemente egresado puede crear un medio de alcance nacional, continental o planetario, con pocos recursos financieros, cosa que no fue posible para generaciones anteriores. Es decir que no solo tengo cero pesimismo sino que miro las cosas con una visión muy optimista

fuente:

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-176513-2011-09-11.html

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Conspiraciones

 

Por Santiago O’Donnell

El 11 de septiembre del 2001, el terrorismo internacional puso de rodillas a la principal potencia del mundo. Derribó las emblemáticas Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York e hizo un boquete en el Pentágono de Washington. Destruyó el centro financiero y vulneró el centro militar de la economía más grande y del ejército más poderoso del planeta.

De no ser por los casi tres mil muertos y por las escenas dantescas de personitas saltando de los edificios, podría decirse que se trató de una genialidad. Porque perimidas las hipótesis de conflicto de la Guerra Fría, prácticamente todo el aparato de seguridad de Estados Unidos se había puesto al servicio de prevenir lo que finalmente ocurrió, nada menos que un megaatentado terrorista. Literalmente millones de soldados, espías y contratistas privados gastaron fortunas para desarrollar respuestas a potenciales bombardeos de agentes químicos y biológicos, atentados cibernéticos, ataques suicidas contra estaciones de trenes y terminales de autobús, secuestros extorsivos, francotiradores magnicidas y unas cuantas ideas más. Pero nadie imaginó el daño que podrían causar los cuchillos y los tenedores que se usaban para comer la comida que se sirve en los aviones de línea, utensilios que por entonces todavía eran de metal. Con esos cuchillos y tenedores, diecinueve terroristas secuestraron cuatro aviones a poco de salir, y esos aviones con los tanques llenos de combustible y las butacas llenas de pasajeros se convirtieron en misiles teledirigidos de alto poder destructivo, envueltos en una multitud de escudos humanos.

Tres de esos aviones dieron en el blanco y el mundo cambió para siempre. Los estadounidenses de origen musulmán perdieron sus derechos civiles y cayeron varias barreras del derecho a la privacidad y el de no ser discriminado. Bush legalizó la tortura y arrasó poblaciones enteras en Irak y Afganistán con dos guerras que surgieron, más allá de los intereses que siempre están en juego, del clamor de venganza que bramó el pueblo norteamericano. Europa, que había sufrido sus propios atentados, se sumó a la cacería mandando soldados a esas guerras y facilitando bases y aviones para el traslado clandestino de prisioneros de Estados Unidos a centros de tortura en Asia, Africa y la base de Guantánamo.

El ataque terrorista del 11-9 no tiene demasiados secretos. En el 2003 agarraron en Pakistán a un tipo que se llama Khalid Sheikh Mohammed. El tipo ya había financiado un atentado a las Torres Gemelas en 1993, y era el tío del que puso la bomba. Ya antes del atentado no tenía problemas en decir que era enemigo de Estados Unidos por el apoyo de Washington a Israel en Medio Oriente. Tiempo después, tras unas cuantas sesiones de submarino, Mohammed confesó en una audiencia judicial que había planificado el atentado “de la A a la Z”. En Guantánamo dio todos los detalles necesarios para terminar de armar el rompecabezas: quiénes lo ayudaron, cómo y dónde los reclutó, cómo se le ocurrió el plan, dónde lo armó, de dónde sacó el dinero para llevarlo adelante, cuánto le costó, dónde estuvieron los terroristas antes y después del atentado, etcétera. Después se chequeó la información con cuentas bancarias, registros de escuelas de vuelo, contratos de alquiler, visas, tarjetas de crédito y demás.

A diferencia de la Argentina, donde todavía no se ha podido determinar de manera convincente quién voló la AMIA y la Embajada de Israel, ni cómo ni donde se colocaron los explosivos, ni quiénes financiaron y proveyeron apoyo logístico al o los atacantes, ni quién dio las órdenes ni quién los planificó, en Estados Unidos, así como en España y el Reino Unido, esas cuestiones están saldadas. Podrá discutirse si Sheikh Mohammed era miembro de la red terrorista Al Qaida y conocía y recibía órdenes de Bin Laden, como aseguran los servicios secretos estadounidenses, o no. Podrá discutirse si Al Qaida mantiene una estructura jerárquica y formal o es un paraguas simbólico que engloba grupos de terrorismo sunnita islamista en todo el mundo. Pero está a la vista quién lo hizo, cómo y por qué.

Claro que nunca faltan los buitres y los oportunistas que lucran del dolor ajeno. Un par de franceses parió un best-seller de teorías conspirativas al explotar la natural reticencia de los cráneos del Pentágono de aportar detalles sobre cómo le abrieron un boquete a su fortaleza supuestamente inexpugnable. Uno se imagina que los generales yanquis no van a querer despejar todas las dudas que mentes inquisidoras puedan tener sobre el daño sufrido por el Pentágono. Si encima tapan algunos agujeros de seguridad con operaciones de inteligencia para no quedar tan expuestos, no es difícil, con un poco de ingenio y picardía, saciar el hambre de los miles y miles de ilusos que piensan que Bush voló las torres para quedarse con el petróleo de Irak. Tiene sentido, ¿no? Nunca hay que dejar que la verdad arruine una buena historia, ¿no?

La revista Mother Jones, la principal publicación de la izquierda estadounidense, recopiló una larga lista de teorías conspirativas sobre el 11-9, incluyendo la de los franceses, y puso a un equipo de periodistas a investigarlas durante largos meses. Al final informó que no encontró nada. Los mismos medios que voltearon a Nixon y deschavaron las torturas de Bush peinaron el 11-9 con sus mejores sabuesos, pero tampoco encontraron nada raro. Y sin embargo…

Por lo de la AMIA y por lo de la embajada, Argentina es terreno fértil para las teorías conspirativas sobre autoatentados terroristas. Si lo sabrá el fotógrafo de la agencia de rescatistas FEMA, que aterrizó en este país después de pasar un tiempo en la cárcel por la muerte de su esposa. El tipo trabajaba para FEMA, una agencia estatal que ayuda cuando se producen desastres naturales como huracanes y terremotos. FEMA normalmente no se encarga de atentados terroristas, pero el de las Torres Gemelas fue tan grosso que además del FBI, la agencia encargada de manejar el tema, pidió ayuda a un montón de policías, bomberos y también a la gente del FEMA. El tipo sacó unas fotos de las Torres Gemelas como le pidieron y al año siguiente fue detenido en Colorado cuando lo encontraron con la sangre de su esposa muerta salpicada en su cara y restos de pólvora en el pantalón. El dice que ella se suicidó, pero el fiscal de Colorado dice que él la mató. Después de un tiempo lo largaron por falta de pruebas, pero sin cerrar el caso. Entonces el fotógrafo conoció a una argentina y se vino a vivir acá. Los investigadores juntaron más pruebas y pidieron su extradición. El tipo se cubrió: dijo que tenía unas fotos del 11-9 que demostraban que el atentado lo había cometido Bush, o algo por el estilo. Escribió un libro diciendo que Estados Unidos lo persigue porque sabe demasiado. Se acercó a algunas personas vinculadas con el movimiento de los derechos humanos que de buena fe, seguramente, le dio protección. A través de esos contactos consiguió status de refugiado del gobierno argentino y así trabó su regreso a Colorado.

Todo bien, cada cual se defiende como puede. Pero no deja de resultar chocante verlo en cada aniversario del 11-9 pasearse vendiendo su libro por las redacciones de los diarios y los estudios de las radios. Porque en su afán de evitar el proceso judicial por su presunto crimen pasional y financiar con regalías su estadía en el país, explota el dolor de dos grupos de personas que ya han sufrido demasiado. Por un lado, el dolor de las víctimas del terrible atentado, que golpeó a todo el pueblo estadounidense y no sólo a sus jerarcas. Por la hora en que ocurrió, las ocho cuarenta y cinco de la mañana, la mayoría de las víctimas era personal de limpieza y administrativo, cientos de ellos de origen hispano. Por otro lado, el dolor de algunas víctimas de las violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura argentina, que pagaron con sangre su ideología antiimperialista, y que cobijaron al fotógrafo de FEMA y consumieron su obra literaria con la esperanza de que algún día sus lindas fotos desnuden la soberbia yanqui.

Sería muy divertido jugar a las conspiraciones del 11-9 y tocarles el traste a Bush y la CIA, si no se estuviera jugando con el dolor ajeno. Sorry, yo no compro.

fuente pag 12:

http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-176525-2011-09-11.html

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ENTREVISTA A FRANÇOIS BERNARD HUYGUE, DEL INSTITUTO DE RELACIONES INTERNACIONALES Y ESTRATEGICAS

“Hoy estamos en una nueva fase de Al Qaida”

Tras una década del atentado a las Torres Gemelas, Huygue analiza la perspectiva histórica del terrorismo, sus resortes, sus motivaciones, su discurso y su esquema de comunicación, y dice que los neoconservadores no están derrotados.

Vista aérea de la Zona Cero, en el sur de Manhattan, minutos después del derribo de las Torres Gemelas.
 
Por Eduardo Febbro

Desde París

Profesor en Ciencias Políticas, investigador en el Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS), autor de varios ensayos brillantes sobre el terrorismo, François Bernard Huygue hace un balance de los diez años transcurridos desde septiembre de 2001. En su último libro publicado en Francia, Terrorismes, violences et propagande, François Bernard Huygue analiza la perspectiva histórica del terrorismo, sus resortes, sus motivaciones, su discurso y su esquema de comunicación. El autor pone de relieve en esta entrevista la permanencia de la ideología conservadora norteamericana, el doble fracaso de Al Qaida y de Estados Unidos plasmado en las revoluciones árabes de 2011 y la forma en que, en su llamada “lucha contar el terror”, la primera potencia mundial recurrió al terrorismo de Estado al mejor estilo de Videla y Pinochet.

–Qué balance hace usted del tipo de terrorismo de masa inaugurado hace 10 años por Al Qaida. ¿Bin Laden llegó a su meta o fracasó?

–Si consideramos que su meta consistió en provocar una guerra total entre el mundo musulmán y lo que Bin Laden y Al Zawahiri llamaban el enemigo lejano, o sea, los judíos y los cruzados, podemos concluir que esa guerra total no tuvo lugar. Es cierto que hubo la guerra de Afganistán, donde Estados Unidos se empantanó más tiempo que en la guerra de Vietnam, y también la de Irak, que fue una guerra inútil y absurda. Al Qaida, en su lógica de radicalización, no logró sus propósitos, incluso si hay grupos allegados a Al Qaida, es el caso de Al Qaida en la Península Arábiga o Al Qaida en el Maghreb islámico, que se reforzaron. La periferia de Al Qaida sobrevivió y se reforzó pero la estructura central está debilitada. Antes de que fuera asesinado, Bin Laden se la pasaba reivindicando atentados fallidos o enviando grabaciones que ya no le interesaban a mucha gente. Sin embargo, es conveniente admitir que Estados Unidos tampoco ganó. Washington desencadenó la famosa guerra contra el terrorismo y con ella se hizo más enemigos de los que tenía antes de los atentados del 11 de septiembre. Estados Unidos cometió así mismo enormes errores estratégicos en Afganistán, en Pakistán e Irak.

–Las revueltas árabes que estallaron en 2011 son a la vez una poderosa negación de las tesis de Al Qaida y una denuncia colectiva de las políticas que las grandes potencias, en especial Estados Unidos, implementaron en el mundo árabe.

–Efectivamente. La primavera árabe se inscribe en una lógica opuesta a las ideas de la red de Bin Laden. Para Al Qaida, los musulmanes tenían sólo dos opciones: vivían sometidos a Occidente y aceptaban vivir aplastados por dictaduras prooccidentales como las de Mubarak en Egipto, o se comprometían con la Jihad, la guerra santa, y combatían. Pero nos damos cuenta de que existía al menos una tercera alternativa, es decir, la de las revoluciones democráticas. Hoy estamos entonces en una nueva fase en la que Al Qaida y la nebulosa jihadista esperan aprovecharse de la primavera árabe según un esquema clásico. Cuentan con que la revolución popular y pacífica genere decepciones, que haya desórdenes e intentos reaccionarios. A partir de allí, los elementos más duros jugarán la carta de la radicalización de la situación y, desde ese punto, piensan pasar a la lucha armada. Ese es el esquema que se desprende de las ideas de Al Zawahiri. Por otra parte, Mubarak en Egipto y Ben Ali en Túnez agitaron el espectro de Al Qaida y con eso reprimieron a la población al mismo tiempo que le decían a Occidente: “Estamos de su lado, luchamos contra los islamistas”. Hemos llegado a la asombrosa paradoja de ver a los Estados Unidos felicitarse ante la maravillosa revolución democrática en Egipto cuando, en realidad, hasta hace apenas unos meses Washington otorgaba miles de millones de dólares al Egipto de Mubarak.

–Otra de las grandes paradojas del 11 de septiembre radica en que los atentados sirvieron más a los intereses de la ideología neoconservadora norteamericana que a los intereses del mundo árabe.

–Totalmente. Para los neoconservadores de Estados Unidos los atentados del 11 de septiembre fueron una sorpresa divina. Los atentados les dieron a los conservadores el argumento ideológico para justificar los planes que ya tenían listos, por ejemplo la invasión de Irak. Ese argumentario consistía en decir que los Estados Unidos no eran un tigre de papel, que podían utilizar la fuerza e incluso imponer la democracia por la fuerza en el mundo árabe. Estados Unidos saltó sobre la ocasión para vivificar el país preconizando valores militares, de disciplina, de ofensiva. Los neoconservadores se pegaron a la locomotora del 11 de septiembre y lograron con ello una influencia ideológica increíble. Se aprovecharon de la situación, de la personalidad del presidente Bush. Para ellos, el 11 de septiembre fue pan bendito. Y aún creo que no están fuera de juego. Pueden volver en las próximas elecciones presidenciales y, contrariamente a lo que piensan muchos comentaristas, los neoconservadores no están descontentos con Obama. La decisión de Obama de enviar 20.000 soldados suplementarios a Afganistán satisfizo a los neoconservadores. Desde luego, para Al Qaida, el hecho de que la primera potencia del mundo, Estados Unidos, le declarara la guerra y lo hiciera su principal enemigo fue una suerte de felicidad paradójica.

–De alguna manera continuamos embebidos en las dos ideologías, la que Bush llevó a la práctica como respuesta a Bin Laden.

–Esa corriente ideológica persiste. Por ejemplo, un mes después del asesinato de Bin Laden, Barack Obama firmó una enésima doctrina contra el terrorismo en la cual el enunciado principal sigue siendo “estamos en guerra contra Al Qaida”. La obsesión de un segundo 11 de septiembre, la prioridad que se le dio a la acción para eliminar a los terroristas y sus redes así como a los regímenes que los apoyan no desapareció. El discurso de Obama es obviamente distinto. El presidente dice que se debe proceder respetando ciertos valores. Obama tampoco adoptó un régimen jurídico excepcional como el Patriot Act.

–Visto desde el mundo árabe, ¿Bin Laden y el 11 de septiembre fueron perjudiciales, perversos o positivos?

–Para el mundo árabe los efectos han sido negativos. Es lícito recordar que, luego de los atentados del 11 de septiembre, Al Qaida y los movimientos islámicos mataron a muchísimos musulmanes y a pocos occidentales. Hay que señalar esto. La mayoría de atentados perpetrados por la nebulosa islamista tuvieron como escenario Irak, Afganistán y Pakistán. La gente que muere es principalmente musulmana y cuando un occidental muere a causa del terrorismo jihadista es porque era soldado, cooperante o miembro de una ONG en un país de Medio Oriente o del Maghreb. En el seno de la población musulmana hubo al principio de Al Qaida una suerte de sensación de orgullo, de honor recuperado porque el hombre que atacó a los Estados Unidos era un musulmán. Pero el tiempo ha pasado y, finalmente, los efectos para el mundo árabe fueron negativos. Ahora todo está cambiando con las revoluciones árabes, cuyo resultado no implica forzosamente que habrá democracia en esos países.

–En ese contexto, Bin Laden se inscribió en la época de la globalización con un terrorismo globalizado. Bin Laden vino a empañar el falso idilio de la globalización feliz.

–Bin Laden fue un poco el precursor. Hasta antes del 11 de septiembre estábamos, si se puede decir, en la globalización feliz. Había cada vez menos regímenes totalitarios, Internet estaba en plena expansión y la economía de mercado funcionaba a pleno vapor. Todo eso fue barrido por la globalización del terrorismo. Bin Laden se sirvió de los medios de comunicación planetarios y funcionó con una organización planetaria. Bin Laden tenía un objetivo planetario que consistió en restablecer un poder fiel al Islam en todas las tierras musulmanas. Para él, las tierras musulmanas abarcan muchos territorios que, por ejemplo, incluyen a España. Hubo en efecto dos mundialismos, dos globalizaciones que se encontraron y se enfrentaron.

fuente:

http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-176533-2011-09-11.html


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