Posted by: anotherworldip | 09/25/2011

prosumidor

 

 

Néstor García Canclini: “Google es más

poderoso que las cadenas de tv o las

discográficas”

Invitado al Congreso de Comunicación de La Plata, el intelectual explicó de qué se trata el nuevo “prosumidor”, un consumidor de símbolos más activo que puso en jaque las corporaciones tradicionales y sembró el terreno para la aparición de otras.

POR AGUSTIN SCARPELLI

 

 

 

LOCAL VS. GLOBAL. “En América latina los recursos naturales y culturales han sido saqueados”, dice el intelectual Néstor García Canclini.

 
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Es común, cuando se presenta a un entrevistado, mencionar sus títulos y los campos disciplinares en los que se ha desempeñado. En el caso de Néstor García Canclini, el arco que traza esta formación da la clave de su trabajo aún hoy, que combina la producción y manipulación de datos económicos y socioculturales a escala local y global –propios de la mejor sociología o antropología– con una interpretación hermenéutica que se nutre tanto de la filosofía como de la teoría social y las reflexiones en el campo del arte. Su trabajo es un buen ejemplo de los resultados que se pueden obtener al poner en diálogo los análisis textuales con los estudios sobre la economía de la cultura.

Su reciente visita al país adquirió un cariz emotivo, ya que además de participar en el último Congreso de Comunicación que se realizó en la facultad de Periodismo y Comunicación de la Universidad Nacional de La Plata, fue nombrado profesor consulto por las autoridades de la Facultad de Bellas Artes, junto con el artista plástico Juan Carlos Romero. “Es una reparación –dice García Canclini– porque fuimos expulsados en el año 75 sin reconocernos derechos, a pesar de que estábamos concursados. Que la gestión actual de la facultad nos llame para colaborar, para nosotros es un acto de justicia”.

En la conferencia con la que inauguró el congreso, desarrolló una de esas categorías destinadas a impactar en la reflexión sobre la comunicación y la cultura contemporáneas: el concepto de “prosumidor” en un cambio del estatuto del consumidor de símbolos. Una figura que, en la estela tanto de las teorías de la recepción como de las prácticas que promueven las nuevas tecnologías, deja de pensarse como un sujeto pasivo, víctima del bombardeo mediático-informacional, para ser concebido como un actor que puede modificar y resignificar los mensajes.

¿Cómo aparece la noción de “prosumidor”?
La noción de prosumidor apareció en la última década a partir de que en muchos procesos culturales y comunicacionales ya no se ve el circuito secuenciado de producción, circulación y consumo, sino que hay una cierta circularidad descentrada en la que los que reciben un mensaje y son consumidores pueden modificarlo, reintroducirlo en las redes o ponerlo en otro lugar. El arte y la publicidad lo han hecho a lo largo del siglo XX, pero las tecnologías recientes han permitido que todos nos podamos convertir virtualmente en “prosumidores”, en generadores de transformaciones de los mensajes que circulan. En su libro Post producción, Nicolás Bourriaud analiza obras de artistas contemporáneos que producen a partir de reciclajes, “remixeos” de lo que han hecho otros. El DJ sería un ejemplo típico.

¿Qué efectos puede tener esta nueva configuración en el ámbito de la producción cultural?
Las políticas fueron pensadas como oferta o democratización de obras preexistentes. Hoy, los modos de circulación de la cultura hacen que no haya esta precedencia de la creación sobre la comunicación y la recepción. Muchas creaciones artísticas son, a su vez, relecturas, remixeos. Por otro lado, los que estábamos destinados al papel de espectadores o lectores, aparecemos como re-configuradores, recreadores. Por supuesto que esto tiene muchos antecedentes: cuando Macedonio Fernández colocó 56 prólogos a una de sus novelas, estaba tratando de anticiparse a lo que iban a hacer los lectores. Pero hoy este procedimiento experimental está instalado en los modos de circulación de la cultura.

Según distintos autores, como Josefina Ludmer, esto no sólo afecta las prácticas de producción, circulación y recepción sino también contribuye a desdibujar los campos autónomos del arte, la economía, la cultura, la política. ¿Acuerda con esa idea?
Fue constitutiva de la modernidad la defensa de la autonomía de los campos artísticos, culturales, etc. Y en ocasiones todavía importa cuidar esa autonomía de la experimentación artística o mediática frente a poderes religiosos o políticos que quieren atacarla. Pero la dinámica de interacciones culturales produce un desdibujamiento de los campos, una cierta post-autonomía en que los productos culturales se entrelazan con aquello que no tiene una finalidad estética. (Como también existe una finalidad estética en muchos mensajes que no se exponen en galerías). Se trata de entornos tecnológicos que están buscando soluciones estéticas: experimentar con las formas, seducir de otras maneras.

En la conferencia que siguió a la suya, el investigador indio Arjun Appadurai dijo que el consumidor tiene ahora nuevas posibilidades de hacer una apropiación distinta de las formaciones culturales globalizadas. Esta mirada es relativamente alentadora. Sin embargo, usted señaló que eso se da en un marco de gran concentración de las industrias culturales. ¿Cómo analiza la combinación de ambas situaciones, que implican, pese a todo, una enorme desigualdad en las posibilidades de “prosumir”?
Hay que tomar en serio la concentración que se ha dado en la producción cultural. Concentración de grandes grupos editoriales, de la producción musical, donde cuatro grupos siguen abarcando el 90% del mercado, de la programación televisiva y así en cada espacio comunicacional. Sin embargo, creo que esa tendencia prevaleció en las dos últimas décadas del siglo XX. En la primera década del XXI encontramos, por un lado, el surgimiento de redes sociales y el avance generalizado de Internet, que facilita comunicaciones más horizontales, descargas libres, un abaratamiento del acceso a los bienes culturales. Frente a esta expansión “horizontalizada”, los grandes grupos comienzan a ver caídas en las ventas. Algunos, como EMI en música, negocian con productoras independientes. Ya no es sólo la compra voraz de catálogos de países periféricos por parte de grandes transnacionales, sino también la emergencia de muchas editoriales, productoras independientes, que reconfiguran el mercado. Son fenómenos minoritarios, pero algunas magnas empresas que controlaban el negocio todavía no saben qué hacer frente al desafío digital y frente a las nuevas maneras de asociarse, comunicarse y trasmitirse contenidos de los usuarios ordinarios.

¿En qué zonas de la cultura estas transformaciones son más visibles?
En una investigación que estamos haciendo en México, notamos que donde más está cambiando el paisaje es en la escena musical. Las nuevas generaciones casi no están interesadas en editar discos físicamente: prefieren la descarga en red. Pero en el ámbito editorial, aún en los sellos con más iniciativa, el e-book y los nuevos formatos de la escritura generan poco interés. Al mismo tiempo, las empresas editoriales nos están haciendo firmar dos contratos: el que autoriza la edición en papel y uno paralelo, sobre lo digital, aunque no sepan todavía a quién se lo van a vender.

Google está detrás de todo esto buscando leoninamente apropiarse de millones y millones de libros. Pero no está claro cómo se va a recomponer el panorama. Google es un monopolio aún más poderoso de lo que eran hasta ahora las cadenas televisivas o las cuatro empresas musicales. Está creciendo con un ritmo de apropiación de recursos que nunca habíamos conocido. Por ahora aparece como una actividad generosa, de apertura de contenidos, pero cuando multiplique su propiedad es previsible que Google quiera subir el costo restringiendo el acceso a los bienes culturales. Hay ya algunas iniciativas, por ejemplo de universidades, que están haciendo redes de escaneo de sus bibliotecas, que son las más grandes del mundo, para ponerlas al servicio de los investigadores y estudiantes bajo reglas más democráticas.

¿Como una forma de preservar esa información?
Y de compensar el poder, por ahora, casi exclusivo de Google.

En el congreso usted celebró que Appadurai ponga el acento más en los flujos que en el territorio. ¿Esto no entra en contradicción con las formaciones más interesantes que han surgido en los últimos tiempos, como fue el zapatismo u otros movimientos campesinos e indígenas, fuertemente asentados en, y defensores de, su territorio?
El territorio no va a desaparecer. Sólo que se reformula la noción de “local”, porque todas las localidades están interactuando con flujos. En América latina existen distintas situaciones. Los recursos naturales y culturales han sido saqueados, desde los recursos biomédicos hasta sus catálogos de producción musical. En ese sentido, son muy positivas las políticas de protección como se están intentando en Bolivia o en Argentina al limitar la posesión o la compra de terrenos en el país. Pero no podemos desconocer que estas afirmaciones territoriales se ubican en redes globalizadas que muestran cómo comportarse ante los atropellos globalizados y también muestran la virtualidad de esos recursos.

¿Esto significa que se puede reafirmar una territorialidad mientras no se cierren las fronteras semióticas?
El zapatismo, cuando amaneció en 1994, tenía tres agendas: una local, para Chiapas, de autonomía; una agenda nacional de cómo cambiar el país para inscribirse en una sociedad más democrática; y una agenda más globalizada. No es casual que hayan elegido el primero de enero de 1994 para irrumpir, o sea el mismo día en que empezó a aplicarse el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (ALCA). Después el zapatismo cambió, pero supo usar las redes, los flujos, para conseguir solidaridad, situarse en relación con la sociedad nacional e internacional. En la actualidad, no hay posibilidad de movimientos de emancipación atrincherados. Tienen que tener una agenda internacional.

Esa agenda internacional, sin embargo, está en transformación: pienso en la crisis en Europa y Norteamérica, y también en el nuevo interés que se ha despertado en Brasil por las ex colonias portuguesas en África, Mozambique y Angola, como posibles mercados, donde los actores no son sólo las grandes transnacionales, sino también nuevos centros de poder financieros e industriales, como China o Brasil. ¿Cómo se manifiesta esto en los flujos culturales?
Es cierto: hay una geopolítica muy distinta de la de hace diez o quince años. La centralidad cultural de Europa o comunicacional de Estados Unidos a través de Hollywood o Miami se está debilitando aceleradamente. Emergen muchos actores: India, China, algunos países africanos y por supuesto un crecimiento de la producción latinoamericana y la capacidad de instalar nuestro cine y nuestra literatura a escala internacional. Esto está modificando el juego, y entiendo que se cruzan muchas finalidades. En el caso de Brasil, hay una diversificación de sus relaciones internacionales. Desde el primer gobierno de Lula se apreció una retracción respecto de la dependencia con los Estados Unidos, la apertura mayor a Europa y luego a países asiáticos y el comercio creció fuertemente. Del otro lado, vemos que los países asiáticos, como China e India, están muy interesados en el resto del mundo. En este momento hay muchas universidades occidentales instaladas en China que enseñan, principalmente, inglés y negocios. China quiere esos conocimientos para formar a su personal empresarial, político, cultural, en un proceso de expansión. ¿Qué es lo que van a hacer de aquí a 20 años? Es “inadivinable”. China es un imperio, sin duda. Más bien la pregunta no es tanto qué va a hacer China, sino qué vamos a hacer nosotros.

fuente Revista Ñ:

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/tecnologia-comunicacion/Entrevista_Nestor_Garcia_Canclini_0_559144321.html


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