Posted by: anotherworldip | 10/22/2011

periodismo

Los caminos del periodismo

La cultura digital le impone diversas transformaciones a la prensa. Las empresas y los reporteros afrontan desafíos donde se juega la manera actual de entender la información

Por Leonardo Tarifeño  

 
 

Cada vez que el teléfono sonaba en su casa del barrio Portales, en la capital mexicana, el gran periodista Carlos Monsiváis contestaba haciéndose pasar por su tía. Para eso simulaba una voz finita que no engañaba a nadie. Durante décadas, esa tía ficticia fue casi tan célebre como su sobrino. Si por algún motivo la conversación le resultaba interesante, la voz de “ella” cambiaba súbitamente y se transformaba en la de Carlos Monsiváis. Ahora que el extraordinario autor de Apocalipstick está muerto, pienso qué habrá sido de esa tía con la que yo mismo mantuve breves pero intensos diálogos (el dueño de casa jamás me atendió). Reconstruir la historia, las razones y las maneras de esa mujer inexistente quizás arroje nuevas pistas sobre el que ha sido uno de los principales reporteros y ensayistas latinoamericanos del siglo XX. Para conocer a Monsiváis, tal vez no esté de más intentar el retrato de su tía, sin duda una de sus máximas creaciones. El tipo de periodismo que él mismo ejercía se alimentaba de esa mirada lateral: para entender la identidad nacional pensaba la música popular (“Estilos del cancionero en teatros, carpas, salones, burdeles y demás antros del saber”), para hablar de la megalópolis en la que se convirtió el Distrito Federal narraba sus experiencias en el subte (“Sobre el metro las coronas”). La crónica y el perfil de un personaje se enriquecen cuando el acercamiento al protagonista es oblicuo, inesperado. Aunque hoy lo de veras inesperado es que, por causa de las premisas que se le exigen al periodismo actual, esa deseada investigación sobre la famosa y nunca vista tía de Monsiváis no tenga quien la escriba, quien la publique o quien la lea.

La revolución cibernética y los valores de la cultura digital han afectado todos los circuitos del proceso periodístico, y eso significa que tanto el modelo de negocios de las empresas como los formatos para el diseño de la información se encuentran en plena crisis. Los artículos de un diario en papel compiten en desventaja con el flujo informativo de la página web de ese mismo diario. Los portales de noticias se multiplican y el usuario prefiere construir su “diario a la carta” antes que mantenerse fiel a una publicación tradicional. Los intercambios y posteos de Facebook (650 millones de usuarios) y Twitter (175 millones) producen un vértigo informativo que ningún medio gráfico o audiovisual es capaz de igualar. El resultado de ese impacto es la imprescindible transformación de la empresa periodística, en un giro darwiniano que impone la supervivencia del más fuerte o, en este caso, del más lúcido.

La amenaza de extinción

En los últimos diez años, 130 diarios de Estados Unidos han desaparecido. El Jornal do Brasil, fundado en 1891 en Río de Janeiro, ha suprimido su edición en papel al igual que el bostoniano Christian Science Monitor, y el tradicional Evening Standard ya se entrega de manera gratuita por las calles de Londres. El Foro Mundial de Editores de Prensa pronósticó que en los próximos cinco años las ventas de los diarios sufrirán un descenso del 50% y que más de la mitad de los lectores consumirá los contenidos a través de las ediciones on line. Es evidente que la transición está en marcha, pero resulta difícil saber hacia dónde se avanza. ¿No hay ningún futuro posible para los diarios? ¿Los periodistas deben estar más atentos a lo que ocurre en las pantallas que a las circunstancias de la vida no virtual? ¿Y qué leen los lectores? Las preguntas se suman y las respuestas no aparecen. Mientras tanto, la New York Times Company, que edita el legendario The New York ?Times (un millón de ejemplares de edición diaria, tres millones de usuarios en su cuenta de Twitter), se cae por primera vez en su historia de la lista de las 500 principales empresas de Estados Unidos elaborada por Standard & Poor’s. No casualmente, ahora su lugar lo ocupa Netflix, la firma tecnológica especializada en el alquiler de películas para ver en streaming.

Como las compañías discográficas, que intermedian entre el creador y su público con la manufacturación de un producto, las empresas periodísticas afrontan el desafío de reinventarse en una época en la que esa mediación ya no es indispensable. La desaparición del soporte físico (el CD) para la música va en paralelo a la desaparición del soporte físico (el papel) de la información. Y así como el músico puede editar y difundir su obra en las plataformas virtuales (MySpace, Facebook, Twitter), el periodista también debe aprender a hablar el lenguaje cibernético para desarrollar un trabajo al que la democratización informativa conduce hacia un estatus inédito. “El consumidor de noticias ya no es un ser pasivo que recibe la información empaquetada por otros. Él también quiere producir contenidos”, ha dicho Rosental C. Alves, director del Centro Knight para el Periodismo en las Américas. El lector que construye su “diario a la carta” participa como comentarista de noticias on line, compara el tratamiento de un mismo tema en distintos medios, proporciona información nueva en redes sociales y blogs, y enlaza un contenido con otro a través de hipervínculos. Del otro lado de ese diálogo imprevisto, acostumbrados a brindar piezas informativas cerradas (los artículos de un diario en papel), los periodistas se ven obligados a adaptarse a un mundo en el que la nota más alta se la lleva el producto informativo abierto (los posteos de un blog, los documentos de Wikileaks), susceptible de todo tipo de modificaciones y enriquecimientos a escala global. El periodista tradicional es refractario a ese juicio de 24 horas que padece por obra y gracia del lector convertido en comentarista, pero el cambio de paradigma es tal que Jeff Jarvis, investigador de los medios y fundador de Entertainment Weekly, ha reclamado que se involucre al lector desde el inicio mismo de la escritura de un artículo. “Abrir las noticias a comentarios es insultante para el público -ha dicho, en una entrevista para el diario español El País-. Es como decirles: no quiero saber tu opinión hasta que termine mi trabajo. Hay que abrir el proceso mucho antes, mientras se está preparando la noticia.” La horizontalidad actual de la dinámica informativa, opuesta a la verticalidad del proceso que incluye a un emisor activo y un receptor pasivo, despista a los periodistas de la era analógica, que se amparan en sus años de profesionalismo para distinguir enciar entre el reportero de ley y el público, amateur hasta la médula, al que siempre se lo consideró no mucho más que una fuente. La publicación de un contenido informativo por parte de cualquier hijo de vecino conspira contra la exclusividad editorial del periodista, y ese coto cerrado terminó de estallar con el surgimiento del “periodista ciudadano”, que sólo necesita de alguien en el lugar de los hechos apenas con un teléfono celular. El “periodismo ciudadano” fue decisivo durante las revueltas árabes y reveló su importancia al resultar más confiable que los informes de los enviados especiales, en general reporteros que ni siquiera hablaban las lenguas locales, víctimas del escaso conocimiento del tema y subordinados a los criterios editoriales de sus jefes. En el mundo de la comunicación hoy cualquiera puede ser algo parecido a un periodista, el lector juzga los contenidos en tiempo real y una noticia parece alcanzar su máximo esplendor dentro de los códigos de la cultura 2.0. No es un panorama especialmente amable para el periodista, y menos aún cuando queda claro que, en el universo donde la información se desmaterializa, la palabra late con más fuerza en el dinamismo de un hipervínculo que como marca de estilo literario. ¿Todavía habrá alguien interesado en leer el retrato de la tía fantasma de un escritor que jamás tuvo un blog? ¿Y cuál será la mejor manera de contar la historia de alguien que, al mismo tiempo, existió y no existió?

Las teorías apocalípticas sobre el porvenir de las publicaciones en papel chocan con el insólito éxito de la revista alemana Die Zeit, que desde 2004 aumentó su circulación en un 60% y que en 2009 alcanzó los picos de venta más altos de su historia. El secreto de Die Zeit parece residir en una identidad firme, donde los artículos largos, documentados y complejos se yerguen como la contracara de la información no siempre contrastada que sobrevuela en los blogs y redes sociales. El monopolio de la información ya no es propiedad de los periodistas, pero el poder de la interpretación y el análisis inherente a cualquier proyecto editorial serio no es tal sin la experiencia y la preparación de los reporteros especializados. La orientación, la profundización y la puesta en escena de relaciones visibles en una noticia dibujan el campo de acción en el que los periodistas tienen mucho que decir. Y es que, aun cuando la información contemporánea prefiera adecuarse a un formato de work in progress o conversación incesante, el público es tan adicto a la realidad como a la narración de historias. La “comunidad informativa” hacia la que parecen dirigirse los diarios no excluye el tratamiento más pausado y reflexivo que permiten los artículos de fondo, las investigaciones y las crónicas. Es verdad que, por falta de espacio o de presupuesto, los diarios no siempre son muy proclives a publicar ese tipo de materiales periodísticos, pero el ejemplo de Die Zeit demuestra que en su experiencia hay un reacomodamiento posible del periodismo entrenado en la cultura analógica.

Al mismo tiempo, el caso de Die Zeit recuerda que el periodismo pertenece al árbol geneálogico de la literatura. En las veredas del ensayo o de la crónica, del relato de no ficción o del articulismo sesudo, los caminos de la prensa siempre son los de la narración. La pregunta es cómo narrar lo real en una época que apuesta al dinamismo, la exposición íntima, el exceso de opiniones y la interactividad. “La gente ya no compra los diarios para informarse; los compra para entender, comparar, analizar, confrontar, revisar el revés y el derecho de la realidad”, escribió Tomás Eloy Martínez en 2001. Casi veinte años antes, en su crónica sobre el grupo portorriqueño Menudo (reunida en Desde el país de Nunca Jamás), la periodista mexicana Alma Guillermoprieto demostraba que la magia de la palabra es imbatible a la hora de explicar y reflexionar. “Son tan adorables y tiernos como los osos de peluche que sus admiradoras les arrojan, tan latinoamericanos como el pastel de manzana, y más rentables que una cadena de comida rápida”, escribió en 1984. A través de la técnica del contrapunto, Guillermoprieto muestra a un cándido convertido en profesional (Ricky Martin) y a un profesional transformado en héroe del marketing (el mánager y coreógrafo José Luis Vega), en un doble retrato donde se juegan la gloria, las contradicciones y el drama que constituyeron la identidad de la banda de púberes, por esos días representantes de la Unicef. Hoy sabemos que Menudo no fue ni por asomo el rostro que la Unicef desearía para la imagen de la niñez en el mundo, y en el texto de Guillermoprieto brilla el germen del maltrato infantil que en 2008 denunció Xavier Serbia, ex integrante de la agrupación. Con la lupa puesta en lo que Menudo era, y no tanto en lo que la música y la vida de Ricky, Robby Rosa y Charlie Rivera despertaban en ella, la periodista sugería lo que cobraría forma años después. ¿Un post con una entrevista filmada habría tenido el mismo alcance? ¿El impacto del testimonio directo reemplaza la fuerza de la mirada personal? En el tratamiento periodístico de Menudo, da la impresión de que la pluma de Guillermoprieto realza y resignifica la crudeza de la denuncia que Serbia ensaya dos décadas después, hoy disponible para cualquiera en infinidad de blogs y páginas web. La crónica, que no juzga ni condena, revisa “el derecho y el revés de la realidad”, como quería Martínez.

En la misma línea de retrato interpretativo de Guillermoprieto, la obra del estadounidense Gay Talese también parece iluminar un rumbo posible para el periodismo actual. Su insuperable crónica “Frank Sinatra está resfriado” (compilada en Retratos y encuentros) es muy probablemente el mejor perfil de un personaje jamás escrito, y el trabajo que vibra en esas páginas esconde una lección aún vigente. Talese combina investigación histórica, entrevistas con las figuras que revoloteaban alrededor de La Voz y sincera admiración por su protagonista con una mirada abierta que entiende a Sinatra en sus alegrías y enfados, siempre a la altura de alguien a quien conviene observar en sus múltiples pliegues. Cómplice de la mafia, cantante maravilloso, amigo leal, amante cruel y actor déspota, Sinatra se refleja en el inmortal texto de Talese como el inaprensible manojo de virtudes, defectos y dones que todos llevamos dentro. No hay un abismo entre el artista y Talese, ni mucho menos entre el protagonista y el lector; el Sinatra de esta crónica es un hombre malhumorado porque se resfría, dispuesto a perderlo todo por el amor de una mujer y hostil cuando pierde la paciencia. Nada muy distinto de lo que puede ocurrirle a cualquier lector de ese texto, con la diferencia de que el personaje en cuestión es nada más ni nada menos que Frank Sinatra, el hombre que podía jactarse de ser el más poderoso de su tiempo. Ese detalle nada menor es el que no se le escapa a Talese, y narrar la doble condición extraordinaria y común de una estrella parece privilegio de la mirada periodística.

El valor literario

Escritores ajenos a los valores promovidos por Internet, Talese y Guillermoprieto representan lo mejor de un estilo que reivindica el peso de la literatura en el tratamiento de la información. A años luz de un tiempo como el actual, que estimula la subjetividad y la omnipresencia del yo, ellos observan a sus personajes desde una cercanía que evita el protagonismo. Parece difícil ver en esas estrategias narrativas una marca de épocas pretéritas y no un mandato eterno del buen periodismo, pero lo cierto es que, desde el New Journalism de Tom Wolfe hasta el apogeo de los blogs y las redes sociales, la figura del reportero protagonista ha ganado un lugar que hoy se revela más acorde con las pautas informativas contemporáneas que la exquisita precisión entomológica de la mexicana y el estadounidense. En la estela del gonzo Hunter S. Thompson y del pionero Günter Wallraff (que se hizo pasar por inmigrante no deseado en Cabeza de turco), la peruana Gabriela Wiener y la belga Florence Aubenas siguen, cada una a su manera, las reglas de una era para la que la exposición íntima es sinónimo de credibilidad. Con una potencia inusual en el periodismo latinoamericano, ?Wiener cuenta en Nueve lunas las alternativas de su embarazo en una primera persona que parece complacerse en no dejar nada por narrar. Cuando a Jeff Jarvis le detectaron un cáncer de próstata, lo primero que hizo el influyente analista de medios fue publicar la noticia en su blog. Del mismo modo, Wiener abre las puertas de su vida y ventila justo aquello que muchas veces es tabú en una embarazada: su vida sexual, los abortos previos, las dudas con respecto al niño que crece en su panza. A mitad de camino entre las memorias y el testimonio, el periodismo en primera persona de Wiener toma las herramientas literarias de la crónica para adaptarlas a un formato muy próximo al del blog.

¿Hay experiencia más veraz que la personal? ¿El mejor testimonio es el propio? ¿Puede haber un “periodismo del yo”? La obra de Wiener -también autora del provocador Sexografías- explora esas posibilidades y abre un sendero posible para el periodismo que renuncia a la pretensión de objetividad. Una brecha por la que avanza Aubenas, aunque en El muelle de Ouistreham la belga prefiere ponerse la máscara de la falsa identidad. Como Wallraff en Cabeza de turco, esta periodista, directora del Observatorio Internacional de Prisiones, se declara soltera y sin experiencia laboral para vivir personalmente las dificultades de los desempleados europeos durante el estallido de la crisis de 2009. Con esos datos en su nuevo currículum, Aubenas recorre oficinas de empleo, se hunde en el segmento de quienes tienen muy pocas posibilidades de salir adelante y consigue un magistral relato de la crisis contada una vez que se lo ha perdido absolutamente todo. En la historia de Aubenas hay dudas éticas (¿no le remordía la conciencia cuando, al obtener una cita para un empleo, le quitaba la posibilidad de trabajar a quien sí lo necesitaba?), pero su aventura, aun bajo el disfraz, es reveladora y escaloriante. En el caso de Wiener, ¿habría tenido más valor un blog en el que contara el día a día de su embarazo? Y en el de Aubenas, ¿en qué se hubiera convertido su historia si hubiera asistido a cada una de sus citas de desempleada armada con una cámara oculta? Hoy, el acceso a la información es múltiple; no parece difícil creer que los caminos del periodismo también lo son. La última vez que hablé con la tía de Carlos Monsiváis le pregunté si su sobrino estaría dispuesto a ser entrevistado a propósito de un libro sobre cultura contemporánea que él acababa de publicar. Con tono aflautado, tal vez demasiado chillón, me dijo que según ella no tenía tiempo, y que, además, “ya estaba todo en Internet”. Como siempre, tenía razón. Aunque hoy en la Red no veo ninguna entrevista a esa tía fantasma, pero sí las tantísimas maneras de contar y revivir su historia.

EN NUMEROS

1600

empleos, el 15% de su plantilla, es lo que eliminó Miami Herald ?en 2009

25%

las ventas que Le Monde perdió en los últimos diez años. Sólo durante un año (2009) las ventas de Libération bajaron un 10%

3.000.000

de usuarios tiene The New York Times en Twitter, cifra que triplica su circulación diaria en papel

2500

millones de dólares es la pérdida anual reconocida por los directivos de The Wall Street Journal desde 2009

La crónica como performance

La peruana Gabriela Wiener reivindica el periodismo “gonzo” y se expone a todo tipo de riesgos para contar historias en primera persona

Vestida de rojo de los pies a la cabeza, feliz de encontrarse por primera vez en la ciudad mítica de sus héroes literarios, la peruana Gabriela Wiener sonríe y dice que para ella “Buenos Aires es como una fantasía sexual”. El ¿elogio? resultaría extraño si no fuera porque viene de la periodista que, siempre en misión profesional, participó en orgías, se expuso a intercambios eróticos en clubes de swingers, puso sus pies a disposición de un fetichista y se dejó flagelar por una cruel dominatriz (antes de convertirse en su discípula). Cronista de las zonas clandestinas del deseo, Wiener utiliza las técnicas del periodismo gonzo para narrar el placer y el dolor en primera persona, convencida de que la veracidad y la verosimilitud sólo son tales cuando el Yo y el propio cuerpo están en juego. Así, a años luz de la búsqueda de objetividad que define a la prensa, esta reportera privilegió el testimonio autobiográfico en su espeluznante Sexografías (2008, Melusina), un impúdico retrato de travesías sexuales cuyo impacto en el lector imita el que la protagonista-narradora vivió en la cama y sus alrededores. A mitad de camino entre la performance y la lógica contemporánea de exposición de la intimidad, el trabajo de Wiener representa una opción en la que el periodismo asume la influencia de Tom Wolfe y Hunter S. Thompson para reinventarse con el escritor en el centro de la escena. Pero, en palabras de Wiener, nada de eso estaba planeado. “En mi vocación de subjetividad yo distinguiría tres momentos -afirma-; en primer lugar, las influencias literarias, que van de las poetas suicidas (Sylvia Plath, Anne Sexton, Alejandra Pizarnik) a las escritoras confesionales, como A. M. Homes y Joan Didion. En segundo lugar, la aparición de Gatopardo, El Malpensante y Etiqueta Negra, todas revistas latinoamericanas de periodismo narrativo. Y por último, la influencia de la época, que es adicta a la realidad e impone una cultura del Yo a través de los blogs y las redes sociales.”.

-En un tiempo en el que para convertirse en “periodista ciudadano” sólo se necesita un teléfono móvil y estar en el lugar donde se produce una noticia, ¿qué papel le corresponde a la prensa tradicional?

-Todos en la profesión nos preguntamos lo mismo. Más allá de los caminos que sigue cada uno, nadie tiene muy claro cuál es nuestra pertinencia en una coyuntura donde la tendencia permite, como dices, el surgimiento del “periodista ciudadano”. Definitivamente, estamos en un momento de transición en el que lo único que no deberíamos hacer es quedarnos quietos y creer que somos imprescindibles. Hasta una maestra como Alma Guillermoprieto ha manifestado sus dudas con respecto al futuro del periodismo y ha probado trabajar en formatos digitales interactivos. Es una ilusión pensar que los cronistas aportan una mirada indispensable, que la prensa necesita y necesitará siempre. Eso no es real, no somos imprescindibles, y creo que en este momento de transición el periodista debe reciclarse y aprender a hacer un poco de todo.

-En ese mundo, ¿la apuesta que representa la crónica (textos largos, estilo literario, lector con tiempo para leer) estaría en retroceso?

-Bueno, estamos arrinconados. Con Internet, el problema del espacio ha quedado atrás, puedes publicar una crónica en el tamaño que quieras; hoy el mayor obstáculo no es ése, sino el costo que debe pagar un medio, en tiempo y dinero, para que un periodista investigue y escriba una crónica que puede llevarle varios meses de trabajo. La transición es total: del modelo de negocio de las empresas periodísticas, de la credibilidad de nuestro trabajo, del formato en el que contar una historia. Una novedad es la actuación en vivo como tendencia, al igual que lo que ha ocurrido en el mundo de la música. La presencia del escritor o periodista explicándose en directo, en puestas en escena cada vez más elaboradas, es un camino performático que a todos nos sirve para mantenernos y, al mismo tiempo, contar experiencias relativas a esa crónica que hemos publicado en un blog, un diario o un libro.

-Esa puesta en escena que mencionás es performática, y el trabajo que desarrollas en tus libros también lo es. ¿Consideras que la performance es tu camino periodístico?

-Sí, absolutamente, y a partir de ahí me acerco cada vez más a las memorias y el testimonio. Eso me ha costado censuras estilísticas serias, ya que el periodismo tradicional está en conflicto con maneras de trabajar acaso más contemporáneas. Por ejemplo, para contar la historia de las donantes de óvulos en España me convertí en una de ellas, ya que en definitiva todas son migrantes latinoamericanas sin plata, como yo. Entrevisté a varias y me sometí al mismo abuso que vivieron mis entrevistadas, pero cuando entregué la nota, los editores de La Vanguardia me pidieron que eliminara la primera persona y la pasara a tercera. Como si hablara de otra chica. Valoraban más, preferían que yo fuera neutral y distante, a que diera un testimonio fresco, real y directo. Es sorprendente, pero muchas empresas periodísticas se manejan con esas pautas, que van en el sentido opuesto a las tendencias de la época.

-¿Los blogs y la autogestión tecnológica son alternativas para hacer un periodismo subjetivo y quizás más “real”?

-Sí, y esa alternativa ya está en marcha. En Lima, los textos periodísticos más leídos se han publicado en blogs, que de a poco se transformaron en portales con los mejores periodistas del país. Y es que la presencia de la voz, la cercanía, el testimonio de primera mano que incluye opinión, o una mirada, o un trabajo desde adentro del lugar de los hechos, todo eso enriquece al medio. El diario que va a sobrevivir es aquel que pueda integrar todas esas voces, opiniones, miradas y estilos siempre subjetivos.

-Durante mucho tiempo se vio al cronista como un personaje mitad periodista, mitad escritor. Por lo que planteás, hoy el periodista estaría más cerca de lo que en inglés se llama “escritor de no ficción”, sin limitarse a un género preciso.

-Me gustaría que fuera así. Yo siempre digo que hago narrativa, “narrativa de lo real”, que puede adaptarse a cualquier género o formato. En mi caso, creo que mis inquietudes son las mismas que las de cualquier escritor, nada más que orientadas hacia la no ficción. Cuando voy a donar óvulos es porque yo también, como cualquier otra migrante, necesito un dinero extra. Y cuando voy a un club de swingers con mi pareja es porque yo tengo ganas de que mi marido me vea en la cama con otro. Era algo que yo quería experimentar, él no. No se puede desconectar experiencia personal y tema periodístico. Son la misma cosa para mí..

fuente adnCultura:

http://www.lanacion.com.ar/1415735-los-caminos-del-periodismo

 

 


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