Posted by: anotherworldip | 11/12/2011

Kristeva

Julia Kristeva: “Psicoanálisis y literatura son la

misma cosa”

Referente ineludible de las teorías lingüísticas, la relación entre la literatura y el psicoanálisis y las políticas de género, esta discípula del Roland Barthes estuvo en Chile donde aportó sus nociones a las manifestaciones estudiantiles y por estos días llega a Buenos Aires para dictar una serie de conferencias y recibir un Honoris Causa en la UBA.

POR Mauro Libertella

 

TIEMPOS MODERNOS. “Estamos en la civilización de Internet. Es maravilloso, pero ambién tiene trampas”, sostiene Kristeva.

 

 

Tengo que confesar que cuando me hablan de Julia Kristeva, yo digo ¿quién es esa? Mi hijo me dice ‘no me gusta Julia Kristeva. Prefiero simplemente a Julia’. Yo estoy en un momento avanzado de mi vida, y al mismo tiempo no me siento en la hora de los balances. En mi familia, en Bulgaria, mi madre, de una genealogía de varias generaciones de misticismo judío religioso, era bióloga, y me había transmitido el darwinismo. Mi padre era muy creyente, y había hecho el seminario antes de ser médico; esa era su forma de resistir un poco al comunismo duro. A través de lecturas nos transmitió el amor por las lenguas, pero su religión era sobre todo la cultura. Me empujaban fervientemente a mí y a mi hermana a aprender lenguas extranjeras. Bulgaria, además, es el único país del mundo que festeja un día de la cultura, todos los 24 de mayo, que es el día de la creación del alfabeto eslavo. Sé, por lo pronto, que en ese contexto me crié. Cuando llegué a Francia, al alba del año 68, cuando la universidad francesa empezaba a desperezarse, recalé directamente en los cursos de Roland Barthes y de Emile Benveniste. Que yo fuera una mujer no era un obstáculo. No había muchas mujeres, y tampoco muchas extranjeras, por lo que me había erigido en una especie de curiosidad. Yo tuve suerte de haber caído en ese contexto; el grupo Tel Quel y mi marido Philippe Sollers estaban muy abiertos a lo que yo pudiera decir, y era paradójico ver a una joven que no era tan fea y decía cosas”. Suerte de autobiografía jibarizada, museo en miniatura de una educación intelectual, Julia Kristeva, tan joven como siempre, espeta estas palabras desde el escenario de un teatro en la ciudad chilena de Valparaíso. Las arroja como se lanzan dardos al vacío, pero ahí abajo es lo opuesto al vacío y sus ideas encuentran un eco efervescente: cientos de jóvenes chilenos anotan las palabras de la pensadora con la voracidad con la que se desgrana una letanía o se repite el estribillo de una canción de rock. Es el último día del Puerto de Ideas, la primera edición de un festival cultural que llevó a las costas de esta ciudad alucinante a estrellas intelectuales como Carlo Ginzburg, Marc Augé y la propia Kristeva, entre otros. Es el primer eslabón de una modesta pero largamente esperada gira por ciertos puntos neurálgicos de Latinoamérica, y que la trae por estos días a Buenos Aires a recibir el título Honoris Causa de la UBA e impartir dos conferencias en la UNSAM.

Ahí fuimos, entonces, para hacerle algunas preguntas a una de las más complejas y luminosas pensadoras de una camada francesa que cruza disciplinas y que caló en la academia y los libros de nuestro país con una hondura profunda y hasta ahora indeleble. Condensadísima hoja de vida: de formación lingüística y semiológica, llegó con 24 años a la París de la primavera convulsionada y se insertó rápidamente en los grupos intelectuales de avanzada. Se podría decir que la creación de las universidades interdisciplinarias que emergieron en esos meses fueron el toque mágico que las inquietudes de Kristeva necesitaban para terminar de materializarse. Su pareja, el escritor Philippe Sollers, la convidó a participar en las páginas y las reuniones de la revista Tel Quel, que supuso una modernizante cruza de teorías formalistas con psicoanálisis, lingüística, filosofía y literatura. Fueron los años, también, en que los teóricos franceses forzaron los cimientos del estructuralismo hasta hacerlo languidecer, y aparecieron entonces con fuerza las corrientes posestructuralistas que marcarían la impronta colectiva del grupo. Sus primeros libros son tratados recargados y puntillosos, apuntalados siempre por certidumbres teóricas bien de época.

Semiótica y La revolución del lenguaje poético se pueden leer en esa línea. Huidiza por natualeza y vocación, Kristeva sin embargo no se quedó encandilada por las propuestas juveniles de sus días de formación, y fue revisando sus postulados hasta el punto de repensar el hecho artístico más en términos de experiencia que de lenguaje puro, como quería el primer tel quelismo. Varios son los elementos que le permitieron “desencapsular” lo más rígido de las teorías del lenguaje: el psicoanálisis en general y el lacaniano en particular (que para la autora fue siempre un agente conflictivo, a veces dramático, en tensión permanente con lo freudiano), el feminismo, la política. En el prólogo a la edición correspondiente al año 1994 de Sentido y sinsentido de la revuelta apunta que “procuraré integrar en los ámbitos del arte y de la literatura, concebidos como experiencias, la noción de cultura-revuelta. E introducir una apuesta que consiste en superar la noción de texto a cuya elaboración contribuí junto con tantos otros, y que llegó a ser una forma de dogma en las mejores universidades de toda Francia, para no hablar de Estados Unidos y de otras más exóticas todavía. En su lugar, me esforzaré por introducir la noción de experiencia”. Cuando le pedimos que profundice en este paso de la textualidad pura a la experiencia en sentido amplio, Kristeva arquea las cejas, respira y dispara: “Para mí la noción de texto nunca ha superado la noción de experiencia. A lo mejor me entendieron mal. Una cierta recuperación estructuralista de la noción de texto sólo ve en el texto la técnica: cómo construir un producto de mercado, por ejemplo. A mí lo que siempre me interesó es el laboratorio en donde se producen los textos. Si mirás bien, hay artículos que escribí hace treinta años, como ‘La productividad llamada texto’, y con eso quería decir que para producir un texto hay que cuestionarse entero: la manera de sentir, la sexualidad, el lenguaje. Y desde este punto de vista se trata de una experiencia, pero no en el sentido de un científico que hace un ‘experimento’ con los conejillos de indias para buscar un resultado, sino como cuestionamiento de lo antiguo y posterior surgimiento de lo nuevo. Se parece más a la experiencia mística, si se quiere. Es una experiencia personal que va a contracorriente del mercado y de la comunicación. En un momento determinado voy a comunicarlo, pero primero tengo que transitar ese renacimiento para luego poder construir de manera comercializable. Que haya dos períodos en ese proceso no significa que sean consecutivos, ‘primero cambio y luego escribo’. Pasan al mismo tiempo. Si lo digo de este modo, enunciando dos momentos, lo hago para la claridad de la exposición, y que la gente que lea esto entienda que hay dos momentos en el acto creativo, pero finalmente esos dos momentos son uno solo y suceden de un modo simultáneo. La técnica es inseparable de esa transformación íntima, personal. En alemán hay dos términos: uno para cambiar la vida y otro que se refiere a la técnica”.

Lacan en la pampa

Una de las razones más nítidas por las que la obra de Kristeva tuvo semejante trascendencia en nuestras costas es, desde luego, el modo tan propio con el que reelabora y metaboliza las líneas centrales del psicoanálisis, una disciplina que encontró en nuestro país una devoción inaudita. Inclinada siempre a cruzar imaginarios, pensó el psicoanálisis a través de la literatura y la literatura a través del psicoanálisis, en un juego de espejos invertidos, ampliación del campo de batalla para una y otra disciplina. Así, en Sol negro. Depresión y melancolía , por ejemplo, lee la obra de Marguerite Duras para rastrear, en un gesto crítico quirúrgico, lo que llama “figuras melancólicas”. Pero, ¿cómo pensar simultáneamente la literatura y el psicoanálisis sin caer en la trampa del ‘psicoanálisis aplicado’?, le preguntamos. “El psicoanálisis y la literatura son la misma cosa –dice, y traza una conciliadora pausa antes de seguir–. Salvo que una publica, y la otra guarda su descubrimiento para vivir mejor. Pero es la misma dinámica psíquica, que consiste en barrer todo lo que es palabras cansadas y modos de vida aburridos, contar un nuevo aliento, cambiar el modo de hablarse a sí mismo y de nombrar las cosas y ligarse a los otros. Algunos logran darle un lugar a esa experiencia del lenguaje e inscribir esa recreación de la intimidad y de lo personal en una tradición cultural como la literatura. Hacer una obra que se sitúa después de Balzac, o Dostoievsky o Cervantes, formar parte de una memoria cultural… para eso toman la fuerza de pulir su lenguaje, buscar un editor, ir a la televisión a publicitar su libro. Otros no dan ese paso, y se contentan con volver a casarse, o cambiar de profesión, o dejar de beber, o simplemente estar enamorados habiendo pensado que eran incapaces de amar. El laboratorio donde sucede ese click es el mismo”. En su propia práctica profesional como analista, Kristeva dice profesar la sesión prolongada, de base más bien freudiana, que busca el punto ciego para destrabar la inhibición y el síntoma. Sin embargo, la idea lacaniana del inconsciente estructurado como un lenguaje le sirvió para pensar ese proceso terapéutico desde el prisma de la lengua, y conjugar así sus campos de especialidad. Una preocupación por el lenguaje en el interior del discurso y la práctica psicoanalítica que a su modo ya estaba en el primer Freud pero que Lacan, según Kristeva, amplificó y llevó a un estadio altísimo.

El segundo sexo

Julia Kristeva llegó a Valparaíso para hablar, sobre todo, del feminismo, una de las patas más importantes de su pensamiento. En los albores del siglo XXI, elaboró a fondo la cuestión en una trilogía que tiene edición argentina bajo el título El genio femenino . Ahí toma tres casos que le sirven como paradigma para edificar una lectura de la mujer como agente de transformación humano y esquirla revolucionaria en el campo del pensamiento (Hannah Arendt), el psicoanálisis (Melanie Klein) y la literatura (Colette).

En el segundo tomo del tríptico asegura que “es posible entrever algunas constantes comunes en los genios de Arendt y Klein: ambas se interesan por el objeto y el vínculo, se preocuparon por la destrucción del pensamiento, y rechazaron el razonamiento lineal”, a lo que añade, ya en el tercer tomo, que “al nomadismo de estas dos mujeres, a su reflexión reveladora que sólo se apaciguó pagando el precio de atravesar la tragedia, Colette agrega otra experiencia que también es uno de los rostros de ese mismo siglo”. Desde los micrófonos del Puerto de Ideas, agrega: “El movimiento feminista moderno pasó por tres etapas. Las sufragistas, de origen anglosajón, que provenían del protestantismo y querían obtener el derecho a voto después de largas luchas. Luego el gran momento de El segundo sexo de Simone de Beauvoir, de 1949, en donde declara que la palabra felicidad hoy es libertad, y que en esta libertad los hombres y las mujeres son hermanos; hay una igualdad de las exigencias y también de los derechos. Fue un momento radical en la historia de la humanidad para la posición de la mujer, y sabemos que muchas de estas cosas se fueron consiguiendo, sobre todo en las democracias avanzadas, y tenemos que luchar ahora por la paridad a nivel económico, social y político. Esta universalidad no fue dejada de lado por el movimiento siguiente, fue más bien completado ese movimiento, que data de la Francia del 68, en el que yo participé sólo brevemente por cuestiones que no vienen al caso. Este movimiento se planteó una vuelta de tuerca: la mujer tiene esos derechos, sí, pero es distinta. Tiene una sexualidad diferente, una creación literaria diferente, y esto es importante”.

¿Y de qué modo ese tercer movimiento del feminismo, el de Francia en 1968, abrió caminos para que hoy en Latinoamérica, por ejemplo, tengamos ya presidentas mujeres?

Tengo la impresión de que en ese momento participamos en un movimiento que era general y colectivo, cada una desde su lugar particular. Teníamos entonces la exigencia de superarnos a nosotras mismas y superar así las normas de la sociedad. Todas esas mujeres eran unas “revueltas”, y esa revuelta fue conduciendo a esta aparición, en Latinoamérica y en otros lados, de una serie de personalidades inclasificables, singulares, animadas por una gran energía, y que tratan de trascender con los otros hacia un universo ideal, espiritual, pero tratando de cambiar las leyes y los lenguajes de la cadena humana, de la globalización. Estoy muy orgullosa de todas nosotras.

Recrear nuevos ideales

El concepto de revuelta es, desde luego, otro de los pilares centrales de la arquitectura kristeviana, y es uno de los tópicos de mayor longevidad en su derrotero pero que, al mismo tiempo, encuentra hoy una pertinente actualidad. Su último trabajo en esa línea tuvo edición española en 2000 y se tituló El porvenir de una revuelta .

Escuchémosla: “Dediqué muchos años a estudiar lo que llamo la revuelta. Como soy de formación lingüística, me dediqué primero a entender el significado de la palabra, que tiene origen sánscrito, y quiere decir pasar hacia atrás y volver hacia el futuro. Una memoria fuerte de la transformación, pero que no es nunca una negación del tipo ‘estoy en contra y mato eso’. El sentido profundo de la revuelta tiene que ver con revalorizar los antiguos valores para que surjan otros, nuevos. La palabra ‘volumen’, por ejemplo el volumen de un libro, cuyas páginas doy vuelta para aprender, viene de la misma raíz. Esa fuerza que mira hacia el futuro aprendiendo algo del pasado es la que me interesa. Otra significación que es muy querida es la que desarrollé en La revuelta íntima . Acá va a hablar la psicoanalista. Contrariamente a lo que se dice, el psicoanálisis no es algo viejo o rígido. Es una técnica que consiste en reapropiarse del pasado propio, de los padres y de generaciones anteriores, para construirse una secularidad: ¿quién soy, cuál es mi singularidad, como la puedo compartir con los otros? Estamos en la civilización de Internet, de los mensajes de textos, de Facebook. Es algo maravilloso, que incita a revueltas en el mundo árabe, por ejemplo, pero como otras cosas también tiene trampas. La trampa que me interesa puntualizar es que nos mantenemos a un nivel horizantal, no acelera la comunicación pero no se cuestiona aquello que se comunica. Uno no se pregunta por los sistemas de comunicación. Y en Francia se llega a decir incluso que la gente comunica por ‘elementos de lenguaje’. Lo que se pierde en este proceso es el lugar de interrogación de la persona, y es allí donde se ubica la especificidad de nuestra civilización, la de las luces, en la que cada ser humano es capaz de poner en problematización a sí mismo y a los otros. Y es esa capacidad de problematización que crea la experiencia humana lo que hace de cada uno de ustedes un maestro. Hannah Arendt, cuando se le preguntó cuál es la manera de combatir contra la banalidad del mal, dice que hay que restituir la capacidad de pensar libremente, plantearse preguntas, que es lo contrario de calcular mensajes. La mayoría de ustedes acá son universitarios: la universidad tiene como finalidad evitar que las personas se vuelvan calculadores de mensajes. Y para eso hay que apropiarse del pasado, pensarlo, y hacer algo nuevo. Esa es la revuelta contemporánea”.

Usted habla de la experiencia-revuelta y pone el concepto en sintonía y actualidad con los movimientos de indignados y las protestas estudiantiles en Chile. En uno de sus últimos trabajos habla de la adolescencia como un grupo “enfermo de ideales”. ¿Cómo piensa esa enfermedad de ideales en el contexto mundial de hoy?

Yo sé que, por ejemplo en el caso chileno, los jóvenes buscan una revuelta que modifique las estructuras pragmáticas, como los subsidios y las becas, pero al mismo tiempo buscan un cambio en los valores. Recrear nuevos ideales: ese es el sentido real de la palabra revolución. Eso es posible solamente si uno se cuestiona a sí mismo, si es capaz de atravesar experiencias interiores, y recién después uno podrá traspolar eso a una sociedad encadenada por las finanzas y por los elementos del lenguaje. Eso está en la base de lo que buscan los estudiantes. Hay muchos jóvenes que no participan de estas manifestaciones, y que cuando van al analista nosotros percibimos en ellos la experiencia de la revuelta, pero ellos todavía no lo saben o no pueden expresarlo. En ese sentido, y esto tiene que ver con lo que está pasando en el mundo, el psicoanalista está ahí para comprender al que busca nuevos ideales, al que está cansado, aburrido e indignado de los antiguos ideales. Pero cuidado: el psicoanalista no es un sacerdote o un educador que le va a dar a esos jóvenes un guión moral. El psicoanalista les puede legar, solamente, una confianza. Les va a decir ‘ustedes tienen que crear, vayan’”.

 

Próxima estación: Buenos Aires

En Buenos Aires, el pensamiento kristeviano y el de todo su grupo –la escuela francesa, diríamos– pegó con fuerza en la Academia argentina de la reconstrucción democráctica e hizo metástasis en las aulas de los años ochenta y noventa de un modo profundo. Las cátedras de Pezzoni, Panesi, Ludmer, Sarlo y tantas otras acusaron recibo de ese pensamiento disrruptivo y pusieron a jugar aquellas teorías con la tradición local. De una manera tremendamente vital, estos textos funcionaron como un deshielo o un golpe de luz para modernizar la Academia y el pensamiento argentino después de los años oscuros. Con la década de 2000, las inquietudes de Julia Kristeva siguieron transformándose y diversificándose. Ningún volantazo atomizó su inspiración, lo que demuestra una vez más, por si hacía falta, que la persistencia acrítica de las taras juveniles, por más exitosas o productivas que hayan sido, es lo que verdaderamente envejece un pensamiento. Así, sus múltiples líneas de sentido se estudiaron aquí en círculos bien distintos: la Escuela de Orientación Lacaniana, la Asociación Psicoanalítica Argentina, la Facultad de Filosofía y Letras, los estudios de género, la facultad de Sociales. Algunas traducciones argentinas acompañaron a lo largo de los años el desembarco de este pensamiento, y otros libros españoles o en su idioma original circularon de mano en mano o en gastadas fotocopias. Esa misma experiencia transmitían los lectores de Kristeva en Valparaíso, y esa es, sin dudas, la experiencia compartida de un continente que, además de leerla, ha encontrado muchas veces en el día a día político, social, psicoanalítico y literario de sus países la materialización de esa vasta teoría de vida.

fuente:

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/julia-kristeva-entrevista_0_589141333.html

 

Una arqueología de la maternidad

 

POR Nora Dominguez – Directora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, UBA.

 

 

La presencia de Julia Kristeva en la Argentina completa la lectura de una obra que se difundió en el país desde los años 80. Reconocida en los tempranos 70 como lingüista y semióloga, sus primeros libros y artículos llegaban con la marca de la ruptura y la transgresión que le había dado tanto el marco del maoísmo como las relecturas del psicoanálisis de Lacan.

En ese contexto se asentó su grupo de pertenencia, Tel Quel, una vanguardia teórica que consideró a la literatura como una experiencia radical del lenguaje y revitalizó la teoría literaria como un campo específico y una práctica significante.

Es conocido que cada uno de sus integrantes construyó una obra propia y que fueron trazando las líneas principales de un pensamiento que se abrió en diferentes direcciones.

Como Foucault, Derrida, Deleuze, Barthes o Sollers, sus compañeros de ruta de entonces, Kristeva se afincó en un camino que en un principio punzó al discurso literario, principalmente en sus legados vanguardistas, para luego articularlo con el psicoanálisis.

El acoplamiento le resultó altamente productivo. Fue más allá del gesto de Freud de descubrir en el teatro y la literatura las escenas fundantes donde forjar relatos y traumas pero compartió con él su intención de que el inconsciente y la literatura se echaran luz mutuamente.

Su libro La revolución del lenguaje poético (1974), centrado en los modos de construcción del sentido, que ella llama significancia, atiende también a la idea de un sujeto en proceso inscripto en el discurso. Aquí da a conocer su aporte que interpela al modelo lacaniano mediante una distinción entre lo simbólico y lo semiótico. Se trata de una instancia previa al momento de la instalación paterna del lenguaje donde se distinguen sonidos, tonos, ecolalias infantiles que también pueden ser recuperadas en los registros de la vanguardia. Con esta teoría el lugar central que adquirirá la experiencia materna en su pensamiento, ligada con ese espacio semiótico y postergada como relación fundante de la subjetividad, está echado.

Desde los 90 una parte de su producción, por lo menos la que circuló y se tradujo en el país, se dedicó a estudiar la idea de revuelta o la de genio femenino, desplegadas en tríadas relacionales (revuelta íntima, formal o metafísica) que apuntaban tanto a una polivalencia de sentidos de los conceptos como a una pluralidad interna de los sujetos (Aragon, Sartre, Barthes), radicales inquisidores de los sentidos de sus prácticas (el surrealismo, la política, el carácter semiológico de toda ideología). Los “genios” femeninos, Hannah Arendt, Melanie Klein y Colette, fueron estudiados en libros individuales que se ocupan de capas superpuestas de vida y obra, sus acciones, deseos y fecundas innovaciones en la filosofía política, el psicoanálisis o la literatura durante el siglo XX así como de sus saltos hacia la singularidad. Aun en estos libros la maternidad sigue concitando su atención.

Puede afirmarse que las múltiples definiciones que formuló sobre el tema: base de una teoría de la ruptura literaria, del lenguaje y la subjetividad, experiencia de la división y de la separación de los cuerpos, modelo material del amor y la pasión religiosa, catástrofe de identidad pero lugar de transformación de las emociones, sellaron una renovación en los modos de pensarlo que no la eximió de una serie de desacuerdos y malentendidos con algunas corrientes feministas.

Sus libros construyen una arqueología para la maternidad, como concepto, como experiencia, como práctica. También siguen las huellas de su abultada genealogía. Un proyecto similar podía leerse en el capítulo de El segundo sexo que Simone de Beauvoir le dedica con similar erudición. Aunque Kristeva discutió inicialmente sus posturas, desde 2008 preside el premio que lleva el nombre de la escritora y que distingue a mujeres o asociaciones que luchan por los derechos de las mujeres.

En octubre de este año Julia Kristeva fue invitada como representante de no creyentes a participar de una jornada de reflexión por la paz y la justicia, convocada por el papa Benedicto XVI en Asís. Allí planteó algunos principios de un nuevo humanismo para el siglo XXI: “El humanismo es un feminismo. La liberación de los deseos sólo puede conducir a la emancipación de las mujeres. Las luchas por la paridad económica, legal y política necesitan de una nueva reflexión sobre la elección y la responsabilidad de la maternidad. La secularización es hasta hoy la única civilización que no ha elaborado un discurso sobre ella.”

fuente:

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Julia-Kristeva-Nora-Dominguez_0_589741029.html

Hubo crisol de mentes en la ciudad puerto de

Valparaíso

Festival Puerto de Ideas, encuentro de pensamiento y arte contemporáneos en Chile. Charlaron con la gente grandes como Julia Kristeva y Marc Augé, entre otros.

POR Mauro Libertella

 

COLMADO. Así estuvo el Festival. En la foto, Julia Kristeva, escritora y psicoanalista francesa.

 

 

Fernando Pessoa aseguraba que únicamente en las calles de Lisboa se podía entender de un modo nítido y tangible el concepto portugués de “saudade”. Mezcla exacta de alegría y melancolía, esa sensación emigró en algún momento a las ciudades brasileñas y encontró en el Valparaíso chileno su centro de operación perfecto. Patrimonio de la Humanidad desde 2003, la ciudad de los cerros recibió el último fin de semana a un puñado de intelectuales, artistas, científicos y escritores de lujo para darle play a la primera edición del Festival Puerto de Ideas. Era dificil dimensionar, antes de recorrer las calles de esta ciudad onírica, el fervor que iba a producir el Festival para los chilenos que llegaron desde los cuatro puntos de su cartografía (ver recuadro). Pero así fue, y los encargados de animar el Festival con sus charlas estaban, por supuesto, felices.

La charla inaugural fue, quizás, el punto más alto del encuentro. A cargo de Alfredo Jaar, arquitecto y artista plástico adorado por los chilenos, se dilató por casi dos horas y podría haber durado toda la noche. Escoltado por una pantalla gigante y una computadora portátil, fue repasando uno a uno sus “proyectos” mas emblemáticos. ¿De qué se tratan? Cada tanto, Jaar, que vive en Nueva York, es invitado por alguna ciudad para hacer un proyecto, de tema libre. Recorre entonces las calles de este lugar que puede ser un archipiélago de las Filipinas o el barrio gótico de Barcelona y en algún momento le cae una ficha. Entiende entonces cuál es el punctum de la ciudad, eso que el lugar le está pidiendo, y recién entonces erige su intervención que es siempre, en el fondo, un mensaje político a los ciudadanos de ese paraje. La charla fue un recorrido vertiginoso, con fotos y videos, por esos proyectos a través de mundo.

Otros de los grandes momentos del Festival fueron las charlas de Carlo Guinzburg, Marc Augé y Julia Kristeva, power trio y plato fuerte de las visitas internacional. Guinzburg, italiano histriónico y entrador, abordó problemas específicos del historiador como las fuentes, la relación entre ficción e historia, el concepto de prueba y la relación del historiador con el compromiso civil y político. Como muchos de los exponentes, terminó haciendo una referencia lateral para significativa al movimiento estudiantil que copó las calles de Chile en los últimos meses. Todo el Festival estuvo atravesado por ese clima de efervescencia política, y eso le confirió al pensamiento intelectual una vitalidad inesperada.

El antropólogo Marc Augé, un poco mas repetitivo, abordó su concepto-fetiche, el “no lugar”, y lo puso a jugar con la noción de “sobremodernidad” en la que viene trabajando.

Julia Kristeva, que llega este viernes a la Argentina por primera vez, respondió a una entrevista pública de alto vuelo retórico, donde repasó los nudos que vertebran su poética: el genio femenino, la experiencia-revuelta, el psicoanálisis, el grupo Tel Quel.

De Argentina sólo estuvo Alan Pauls, porque Leila Guerriero se tuvo que bajar a ultimo momento. Pauls dialogó con Rafael Gumucio, escritor chileno, a propósito de la autobiografía y las marcas personales en la escritura de ficción. Cuando terminó, llegaron preguntas clásicas como la relación del escritor con el mercado (¿qué se querrá preguntar, exactamente, cuando se pregunta eso?). El resto fue música, teatro, debates y pura saudade en la ciudad de los cerros de colores.

fuente:

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/puerto-Ideas-Valparaiso-Chile_0_587941407.html


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