Posted by: anotherworldip | 12/24/2011

erotismo

¿Es posible un erotismo igualitario?

 

En su último libro, la feminista Sheila Jeffreys

apunta contra la pornografía y la prostitución

y las desnuda: detrás del placer masculino,

señala, se esconde la subordinación de la

mujer y la eterna oposición víctima-victimario.

 

POR DANIEL ULANOVSKY SACK

 

PORNO. Show en el Festival de Cine Erótico de Barcelona.

 

 

Turbador. No hay palabra más adecuada para describir La industria de la vagina: la economía política de la comercialización global del sexo, un libro que –con un análisis desde la economía política– se atreve a cuestionar la cotidianidad sexual y erótica contemporánea. Sheila Jeffreys, reconocida militante del lesbianismo más radical, inglesa residente en Australia, profesora de la Universidad de Melbourne, describe algunas prácticas a las que nos hemos acostumbrado y que generan desazón. Pero el libro defiende, a la vez, una ética subyacente en la que las mujeres son víctimas y los hombres victimarios y lo hace con un fervor casi dogmático. Si bien este resulta su flanco cuestionable, hay que celebrar los datos que corren el velo de la “industria del entretenimiento”: el uso de mujeres muy jóvenes, poco preparadas y pobres que quedan marcadas por prácticas sin retorno en una especie de sinfín de carne joven renovable.

Vale en este sentido la narración de Raffaela Anderson, una ex estrella porno europea, que describe el inicio de una actriz: “Tome a una joven sin experiencia, que no hable el idioma, que esté lejos de casa, durmiendo en un hotel o en un set. Sométala a una doble penetración, un puño en la vagina, más un puño en el ano, a veces en el mismo tiempo una mano en el culo, a veces dos. Luego usted recibirá una niña llorando, que orina sangre a causa de las lesiones”. Dato corroborado desde otra perspectiva por la confesión de Rob Stallone, manager de Starworld Modeling, un negocio de pornografía y de acompañantes en los Estados Unidos: “¿Si una chica de entre 18 y 20 años se arruina la vida si hace esto? En el 90 % de los casos, sí. Ganan 1000 dólares por día y cuando dejan el negocio no tienen ni veinte centavos”.

Y suelen no tenerlo porque necesitan drogas para soportar las grabaciones. Por ejemplo, la revista digital Adult Video News dedicó un artículo en el año 2005 a una película que superó el récord de doble penetración anal: de 17 a 18 minutos. Uno de los actores parece exultante por su logro –habría que ver si su compañera piensa igual– y agrega: “Esto es mejor que unas vacaciones en Camboya”, en referencia a la facilidad con que se consiguen mujeres para todo entretenimiento en el país asiático. El mensaje es: no hace falta que vayas tan lejos, te lo damos todo en tu pantalla.

La investigación de Jeffreys sorprende con algunas cifras descomunales. La industria de la triple X mueve 97 mil millones de dólares a nivel mundial. En un país como China se estima que ejercen la prostitución entre 10 y 20 millones de mujeres y que el dinero que mueve el pago por sexo y las actividades vinculadas alcanzan el 8 % de la economía de ese país. Los diferentes capítulos navegan por varias regiones de las que ofrece datos, pero con una clara intensidad en Australia, Asia y los Estados Unidos.

Según la autora, el proceso de degradación femenina cuenta con una pátina de legitimidad, en parte como herencia del neoliberalismo. Criticar la prostitución parece fuera de época, incluso dentro del mismo movimiento feminista: muchas corrientes prefieren hablar de mujeres que desarrollan su propio trabajo de servicios y eligen libremente el oficio para mantener a su familia.

Así dejan de ser víctimas para convertirse en ciudadanas cuyas decisiones a nadie le compete cuestionar desde una mirada moral o de clase (de clase más alta, claro). Esto no resultaría errado si no fuera porque las mujeres que “eligen” el sexo como trabajo son –casi siempre– las marginadas de siempre.

Un informe de 2007 sobre el estado de la industria del sexo en Australia potencia esta intuición de que la prostituta no está calificada para otros ámbitos: señala, para beneficio de quienes quieren instalar un burdel, que el trabajo no requiere “capacitación laboral”.

En una entrevista mantenida con Ñ, Jeffreys asegura que su mirada sobre el sexo no es victoriana pero que sí se preocupa por el daño que la pornografía y la prostitución ocasiona. “El hombre que compra porno usa esos daños para su propio placer”, afirma sin medias tintas. Hasta aquí, se puede estar –o no– de acuerdo con la autora pero sus ideas alertan y llaman a la reflexión.

Pero en otro momento sus razonamientos se deslizan hacia un área más excluyente. Si algo queda claro en el libro, tanto subliminal como conscientemente, es que los varones somos –o tendemos a ser– malos. Uno de los capítulos del libro, “El matrimonio y la prostitución”, establece lazos entre el rol de esposa y el de prostituta. Claro que existen hombres de países ricos que buscan mujer a medida –linda, sumisa, que sepa cocinar y planchar– y las importan directo a sus casas a través de agencias ad-hoc. Pero también es cierto que la pareja en Occidente ha vivido cambios igualitarios fundamentales. Jeffrey lo ve de otra manera.

-Las formas modernas del matrimonio occidental incluyen el elemento fundamental del matrimonio tradicional: las mujeres están bajo una gran presión para permitir que sus cuerpos sean usados para el placer sexual de los hombres. Ellas no pueden decir no fácilmente o elegir una forma de satisfacción sexual focalizada en el clítoris que es la fuente del placer femenino. Toda la industria del sexo, los consejos de especialistas y la autoridad del marido imponen sexo ‘pene-vagina’ a las mujeres casadas.

-¿No hay entonces posibilidad de encuentro sin subordinación?
-Es posible una erotización igualitaria en la relación heterosexual pero requiere de un enorme cambio: el modelo dominante acerca de lo que el sexo es y debe ser se basa en la subordinación erótica de las mujeres. Ahí está lo que supuestamente excita.

En este análisis, la militante lesbiana colisiona con la profesora universitaria, investigadora en temas de género y autora de varios libros. No se brindan encuestas, datos o estadísticas que tiendan a probar que el sexo “pene-vagina” sea una imposición masculina. Ni que los varones no estemos preparados ni disfrutemos de otras formas de genitalidad. Es una extrapolación que a nivel de investigación social no condice con la seriedad de las cifras y de los procesos que sí avalan su descripción de la industria de la vagina comercial, la de la prostitución, los shows eróticos, el porno.

A medida que pasan los capítulos, el lector enfrenta una duda sobre si Jeffreys no siente ajenidad frente a la idea de la seducción como juego, del mirar, del conquistar, de sentirse atraída por el otro más allá de los géneros, como si la igualdad debiera ser el fundamento de una eroticidad biológica que quizá nos sea extraña. Este tema no es nuevo para ella: ha publicado otra investigación Belleza y misoginia (Beauty and misogyny, no traducida al español) en la que plantea la presión para que la mujer genere una estética sólo en función del hombre.

Su respuesta despeja algunas dudas: “Como lesbiana, la coquetería no es algo que haya practicado, incluso cuando fui heterosexual. Pero hasta los 25 años, antes de militar en el feminismo, usé maquillaje y realizaba prácticas de belleza. A los 29, elegí ser lesbiana y a mi entender en la comunidad feminista lesbiana la coquetería es algo casi imposible de imaginar. Requiere una inequidad en la que el integrante desigual de la pareja busca atraer la atención del poderoso con el único atractivo que tiene: sus recursos físicos. Los hombres no necesitan ostentar su cuerpo medio desnudo, maquillarse o utilizar tacos altos. Pueden correr, caminar y vivir confortablemente con ropas cómodas. Ese es el privilegio del poder”.

 

fuente revista Ñ:

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Sheila-Jeffreys-industria-vagina_0_610738950.html


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