Posted by: anotherworldip | 01/28/2012

política

El año que redefinió la política

 

De Túnez a Madrid, pasando por Wall Street,

los “movimientos sociales difusos”

protagonizaron 2011. Aquí, qué son, qué

buscan y cómo sigue la historia.

POR Fernando Peirone

 

 

TODAS LAS PLAZAS, UN GRITO. Protestas en Libia, Wall Street, la Puerta del Sol y Grecia.

 

El ingreso al siglo XXI nos deparaba el agotamiento de una episteme política. El concepto político que gravitó gran parte de la vida moderna, para sorpresa de muchos, tenía fecha de vencimiento. Categorías como “partido”, “lucha de clases”, “ideología”, “utopía” y “proletariado” se volvieron inactuales y se usan más por la inercia de una época anochecida que por la fuerza de su vigencia. En ese contexto, en el momento más crítico de la representación y el de mayor subordinación de la política a manos del capital financiero, prorrumpe una diversidad de manifestaciones que alteran el escenario mundial. Expresiones políticas tan disímiles como las autocracias árabes, las democracias europeas, Rusia y EE.UU., se vuelven igualmente impotentes frente a colectivos con identidades y objetivos difusos que, montados sobre tecnologías interactivas de acceso masivo, dicen al unísono: “No nos representan” y “Somos el 99%”. Sus protagonistas, igualados por la careta de Anonymous (adoptada del cómic V de Vendetta) recorren el mundo como una reformulación de otros fantasmas, mientras twittean : “2011 quedará en la historia como el año en que redefinimos la política”.

¿Qué son los movimientos sociales difusos? ¿Fue una aparición súbita e imprevisible o había indicios y no se pudo controlar? ¿Cuál es su poder real de afectación? ¿En qué medida redefinen la política? ¿Cuál es su proyección? En diciembre de 2011, la revista Time distinguió con su ya célebre “personaje del año” a The protester . La tapa muestra a un sujeto anónimo, con el rostro tapado. Es el protagonista de los acontecimientos que van de Túnez y Atenas a Madrid, Wall Street y Moscú. Un año antes, el joven tunecino Mohamed Bouazizi se quemaba a lo bonzo por las condiciones económicas y el trato recibido por la policía. No era la primera inmolación pública en Túnez. La diferencia la marcó un grupo de jóvenes que, tras su muerte, subió a Internet la desgarradora protesta de la madre. Esa misma noche, en solidaridad, miles de manifestantes salieron a las calles autoconvocados a través de las redes sociales bajo una consigna reveladora: “Una piedra en una mano y un teléfono móvil en la otra”.

De ese modo, sobre la concurrencia de la comunicación y el dolor, comenzaba la Primavera Arabe y un efecto dominó que, como sabemos, se extendería con suerte diversa a Egipto, Argelia, Mauritania, Jordania, Siria, Libia, Yemen, y hasta el pequeño estado insular de Baréin. Occidente todavía estaba lejos de ver en esos estallidos contagiosos el germen de un colapso mayor. Seguía considerándose un remoto espectador de las revueltas que desde siempre habían caracterizado a Oriente Medio, y con acostumbrado desdén, decía: “Son las aspiraciones democráticas lógicas que engendran las autocracias”;“Nosotros somos el modelo”. Pero nadie estaba a salvo de la pandemia.

Los antecedentes daban a entender que los regímenes totalitarios no eran los únicos que podían ser afectados por esta hidra de mil cabezas. Las democracias liberales estaban incluidas. Bastaba con recordar “la manifestación de los celulares” que en dos días, tras los sucesos de Atocha, le había arrebatado la segura presidencia de Mariano Rajoy en 2004; o las revueltas que en 2009, fogoneadas desde las redes sociales, hicieron tambalear a Moldavia e Irán.

Pero no se dimensionó la vulnerabilidad de los Estados en general, independientemente de sus regímenes jurídicos, frente a estas intervenciones públicas. Los rasgos distintivos de su poder de afectación: 1) No presentan líderes ni autores definidos. 2) No quieren asaltar el poder. 3) Trascienden los gentilicios nacionales para darse una pertenencia mayor. 4) Logran una exposición internacional de los conflictos que condiciona las reacciones.

La urgencia periodística, en medio de una crisis económica mundial que demanda respuestas, los exaltó y minimizó con la misma irresponsabilidad. Pero no hay elementos suficientes para pronunciarse. Tenemos, sí, datos significativos. Hay una activa red de “indignados” que abarca casi toda Europa, el movimiento Occupy Wall Street se ha multiplicado por los EE.UU., y junto a otros colectivos, el 15 de octubre (15-O), realizaron la primera manifestación global de la historia, con un millón de personas en las calles de 1.000 ciudades del mundo y varios millones más expresándose en las redes sociales a través de hashtags (etiquetas) tan sugerentes como: #globalrevolution , #globalchange y #WorldwideProtests.

En este sentido, es la primera vez desde la caída del Muro de Berlín, que surge un antagonismo potencialmente equivalente a la hegemonía neoliberal. Es decir, es la primera vez que la lógica que convirtió a la política en una práctica subalterna del capital financiero y a los gobiernos nacionales en meros gerenciadores interinos, se enfrenta a una presencia tan difusa y elusiva como la suya.

Asamblea global

La sociedad de control, contra todos los pronósticos, habilitó el acceso masivo a un instrumental altamente interactivo, hiriendo de muerte su propio dispositivo de dominio (¿o son las reglas del capital que lo vuelven irrefrenablemente voraz y suicida?) La interacción, mientras muchos todavía dudan de la dimensión política de las Nuevas Tecnologías, posibilitó: 1) Dimensionar y difundir las consecuencias sociales del capitalismo financiero. 2) Reconocer interlocutores fuera de los circuitos tradicionales y más allá de las fronteras nacionales y culturales. 3) Descubrir que ya no hay minorías, sino muchos que comparten intereses, objetivos, sueños y dolores con muchos; 4) Experimentar una temporalidad y una espacialidad diferentes. 5) Una nueva morfología en las relaciones sociales. 6) Explorar variantes de un nuevo poder colectivo. Fue, por lo tanto, el acceso a una trama histórica común que permanecía encriptada, desafectada, despolitizada y desdibujada. La recuperación de esa perspectiva permitió que cada uno se pueda ver en relación a un contexto, unir lo más próximo con aquello que por distante, no deja de pertenecernos.

Cuando se cumplían 10 años del Mayo Francés, le pidieron a Foucault que hiciera una evaluación de los años sesenta. Dijo que aquello había producido cambios en relación a un conjunto de sistematizaciones filosóficas, teóricas y culturales, pero aún cuando las “cosas” estaban a punto de disociarse, faltó un vocabulario apropiado para expresarlo. Algo de eso vivimos hoy. Las categorías interpretativas y las referencias conceptuales que manejamos se vuelven inactuales frente a un desarrollo que se desmarca permanentemente. Mientras se escribe esta nota, por ejemplo, caducan o se reformulan conceptos tan explicativos como cultura, vanguardia, profundidad, conocimiento, humanismo; y emergen otros con una fuerte carga simbólica que hablan de aprendizaje colaborativo, asamblea global, extensión, inteligencia colectiva, sujeto multitudinario, cooperación social, comunidad abierta, convergencia, coalición de voluntades, ética hacker y transmediación. No sólo asistimos al final de una configuración política, también asistimos al final de una época y al comienzo de una nueva que plantea sus propios interrogantes. Este momento de vacilación, que llevado por el pensamiento tradicional podría leerse como anomia o decadencia, ofrece indicios para ser pensado y nombrado de otro modo.

La cultura emergente tiene una fuerte impronta colaborativa, horizontal, solidaria, creativa, pragmática, celebrativa y emprendedora. Contra la dialéctica iluminista, asume al planeta como su hábitat, y se ocupa del medio ambiente con la misma responsabilidad que asume lo común de esa nueva res-publica . Es decir, se podría pensar como un activo proceso de emancipación contracultural en el que grupos e individuos deciden prescindir de las respuestas menesterosas (espirituales, materiales, institucionales y políticas) que descienden de las elites, para generar las suyas. ¿Su procedimiento? Recusar el statu quo de un modo impreciso pero aglutinante, diciendo: “Sabemos lo que no queremos”. Es una desclasificación masiva de identidades impuestas y cristalizadas con el afán de vivir más satisfactoriamente. Por eso rechazan lo ideológico, porque es un pensamiento de ideas concluyentes y enemigos continuos. La ideología, como dice Amador Savater, reparte el mundo en un esquema binario y blindado, con un “nosotros” en el que no entran todos ni cualquiera. Se prefieren las acciones paradójicas, lejos de los dualismos cerrados. Pensar como se vive: en procesos subjetivos y sociales discontinuos y abiertos. Son damnificados de una lógica extensa y opresiva que recogen memorias anteriores, desde los zapatistas, los Sin Tierra y las ONGs, hasta el Foro Social y las contracumbres. Su interés está puesto en “hacer la sociedad” antes que en “hacer política”, porque –como anticipadamente decía Tilman Evers– su medida de la realización no está en el poder.

Los nuevos movimientos sociales emprendieron su propio camino y a medida que avanzan verifican su poder y aprenden de sí mismos (la rejerarquización de la política en los gobiernos sudamericanos forma parte del mismo proceso en tanto que fueron víctimas anticipadas de la expoliación y los primeros desengañados). Esto no quiere decir que estemos viviendo una revolución, tampoco que vayamos a ver el desenlace. Para que las instituciones de la modernidad tomaran forma más o menos definitiva pasaron centurias. Es, en todo caso, “un proceso necesariamente abierto, embrionario, discontinuo y permeado de contradicciones” del que ya formamos parte.

fuente:

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Movimientos-sociales-2011-Wall-Street-Tunez-Madrid_0_631736832.html


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