Posted by: anotherworldip | 03/04/2012

diván

Carne de diván

Algunas de las piezas más exitosas de la cartelera usan a la psicología como recurso temático. Desde grupos terapéuticos en clave cómica hasta un sesudo diálogo de Freud con el escritor C. S. Lewis, las obras ponen en tensión a dos tipos de espectador: el que busca alivianar el peso de su angustia y el que pide del teatro algo más que entretenimiento.

POR ALEJANDRA VARELA

¿Taquilla o terapia? Se multiplican obras con o sobre el psicoanálisis y su creador.

¿Taquilla o terapia? Se multiplican obras con o sobre el psicoanálisis y su creador.

 

Sigmund Freud se ha convertido en un personaje más de la escena porteña: con sólo entrar en una sala teatral, el espectador puede trasladarse a una réplica de su estudio en Viena, donde el padre del psicoanálisis (a través de una prodigiosa creación del actor Jorge Suárez) se enzarza en una discusión afilada con el escritor irlandés C. S. Lewis –autor de Las crónicas de Narnia –, que acabó por rendirse ante los misterios de la fe. Sin embargo, la pieza La última sesión de Freud no es un caso aislado. Un puñado de obras en cartel en el circuito comercial encuentra en la psicología, no tanto una herramienta de la estructura dramatúrgica, sino más bien un recurso temático que parece interesar mucho al espectador porteño, demasiado atravesado por la experiencia del diván.

¿Narradores o pacientes?

Toda producción estética se instala para discutir, para establecer una tensión más o menos fuerte con otras obras que circulan en su tiempo. No obstante, el diálogo no siempre está marcado por una intención. Mientras en las salas alternativas se persiste en despojar a la escena de teatralidad hasta llevarla a un punto donde los personajes sólo enuncian situaciones, un recurso que tiene algo de ejercicio psicodramático, el teatro comercial, en cambio, decide hacer con esas herramientas una gran construcción ficcional. No es ya la realidad que golpea en cada situación, como ocurría en Mi vida después, de Lola Arias –que pudo verse hasta el año pasado y que estaba construida a base de testimonios reales de hijos de víctimas de la última dictadura–, sino de un mecanismo que convierte esos dramas en espectáculo, en diversión.

Baby (2010), sobre un texto no teatral de Susan Sontag, puede haber funcionado como el negativo de una tendencia que se multiplicó en el teatro comercial. En esa obra, dirigida por Lorena Ballestrero, los personajes ya no realizaban acciones a los ojos de un público que buscaba entretenerse a partir de una seguidilla de peripecias, sino que preferían poner en palabras un pasado que los dejó quietos y convertidos en narradores puestos a interpelar al espectador, encargado de dar continuidad a los relatos dispersos de la memoria. Los pacientes que se acercan al consultorio del doctor Cooper en Toc Toc , del francés Laurent Baffie, sufren en cambio de algún trastorno obsesivo compulsivo que les provoca síntomas y padecimientos. En este caso, el dolor puede servir como recurso para la composición actoral, pero debe transformarse en expresión de una afectación psicológica y de cierto estereotipo para que provoque la carcajada en el espectador y la comedia sea efectiva. Así, la risa funciona como una válvula de distanciamiento y, por tanto, se transforma en catarsis tranquilizadora.

“Es un error tratar de hacerse el gracioso para abordar una comedia como Toc Toc , ya que eso es precisamente lo que no causa gracia”, dice su directora, Lía Jelín. “Le propuse a los actores que trabajaran desde la angustia que les produce su trastorno. Abordé Toc Toc haciendo concentrar a los actores en la dificultad que produce vivir con estos trastornos mientras son observados por los demás. Que los seis personajes sufran de lo mismo, aunque de manera diferente, los vuelve a veces solidarios y otras fuertemente competitivos, agraviantes y desconfiados entre sí. A pesar de las palabras fuertes, el público se identifica con las respuestas incisivas, dolorosas o irónicas .” A tanto llega la identificación, que la obra superó en venta de localidades a todas los espectáculos revisteriles de la temporada marplatense.

“Toc Toc es más una comedia desde la dirección que desde el texto”, dice el médico psiquiatra y psicoanalista José Eduardo Abadi. “Al elegir el humor y la sátira, al buscar los dibujos más gruesos, no por irreales, sino por contundencia, se establece una alianza con el personaje. Y una angustia, porque cuando hay un modelo identificatorio hay angustia que se descarga a través de la risa. A veces el público se ríe más por angustia que porque verdaderamente haya un chiste.”

¿Espectadores o terapeutas?

La necesidad de contar algo grabado en la biografía de los personajes como hecho traumático, sugiere la posibilidad de convertir al espectador en terapeuta, como ocurría con la mencionada Baby , donde tres parejas de padres desconsolados por las andanzas de sus hijos hacían del conflicto un dato interno que no generaba situaciones, sino que encontraba su modelo en un espacio de terapia real. Muy diferente de lo que ocurre en La última sesión de Freud , donde la idea de la acción como un motor permanente de hechos atractivos parece guiar la dramaturgia de Mark St. Germain “El diálogo entre Freud y Lewis demuestra que cada uno es un espectáculo para el otro. Si bien Freud lo es más para Lewis, ambos son un espectáculo en el sentido de decir y mostrarse.

Decir, en latín, tiene el doble sentido de mostrar y hablar; en la medida en que estamos involucrados, también son espectáculo para nosotros”, opina Abadi.

Son los procedimientos teatrales, entonces, los que establecen un puente con las posibilidades de recepción del espectador. En su obra Potestad (estrenada en 1985), Eduardo Pavlovsky utiliza la técnica psicodramática para interpretar a un torturador y apropiador de menores, al mismo tiempo que reconstruye episodios que durante mucho tiempo se buscó mantener en la oscuridad. El personaje de Potestad va detrás de la piedad del espectador al hacerlo partícipe del desgarramiento que le produce la restitución de su hija a la familia de origen. Pero este efecto se convierte en una trampa cuando el espectador descubre que su conmoción corresponde a la persona equivocada. El dolor del personaje de Potestad es injusto desde su lugar en la historia política, desde la parcialidad que rige su subjetividad. El espectador comprueba que pudo sentir empatía por un ser al que debería detestar. Pavlovsky no establece una relación complaciente con el espectador, no es indulgente con él, sino que lo ubica en un lugar de responsabilidad. Lo obliga a saber o a enfrentar la verdad.

En este puñado de obras en cartel, a la que se suma En el cuarto de al lado , de la estadounidense Sarah Ruhl, el objetivo pasa por abordar el complejo mundo de lo psicológico de un modo accesible, al crear una instancia dramática donde el espectador quede despojado de sus resistencias. El teatro como riesgo, como instancia de transformación, o el teatro como fiesta, como una celebración donde las personas puedan olvidarse por un rato de sí mismas. En el texto de Ruhl permanece ausente el componente conflictivo, el drama que se esconde detrás de una manifestación de histeria de una paciente que encuentra su tratamiento en el consolador que le provee su médico. Gracias a este ocultamiento del verdadero conflicto, se torna posible la comedia. Pero se trata de una comedia que elimina la tensión mediante el drama. En géneros como la farsa, la parodia, el humor negro o el absurdo, la risa siempre se encuentra en el límite de caer en lo trágico. Aquí se expresa un humor que busca aliviar, desdramatizar el dolor que se esconde detrás del malestar psicológico.

“El elenco de En el cuarto de al lado es muy joven”, dice su directora Helena Tritek. “Se trabajó desde el imaginar conductas de otro siglo. Se nutrieron con películas, libros. Hicimos un curso de protocolo para mantener las distancias. Partieron de afuera hacia adentro. Primero las conductas y después el conflicto. ¿Cómo hacés para que una chica de veinticinco años hoy pueda experimentar la vergüenza de una mujer de la época victoriana?”

¿Identificación o distanciamiento?

Si en textos como Potestad , Baby o Mi vida después , los personajes estiran su sombra sobre la platea, en el teatro comercial la distancia permite distenderse y los espectadores sospechan que ese conflicto no los involucra. La identificación con el héroe es un concepto que desarrolló Aristóteles como una pieza clave en la resolución de cualquier obra. Opera como un vehículo facilitador del adoctrinamiento político que pretendía el teatro clásico, su modo de educar.Fue Bertolt Brecht quien más tarde discutió este recurso para elaborar una técnica actoral y dramatúrgica que no abandonara totalmente la identificación, pero que construyera diversas formas de distanciamiento para lograr una reflexión crítica en el espectador: a partir del cuestionamiento de las acciones del personaje, el sujeto sentado en la platea se permite mirar con ojos extraños lo que la cotidianidad ha naturalizado. Dentro de los marcos sociales del siglo XXI el distanciamiento puede funcionar como una forma hábil de escabullirse del problema. Se convierte en un mecanismo más eficaz en el campo del teatro comercial, ya que le sirve para transformar el resorte dramático en entretenimiento. La clave, la línea divisoria, se encuentra en el lugar en que el autor y/o el director deciden ubicar el conflicto: si aparece como el motor de los personajes para lograr una destreza actoral o si, además, se traslada a la platea para que el público se sienta cuestionado sobre sus modos de vivir y comportarse más allá del teatro.

“Trato de aproximarme a lo que la obra dramáticamente me pide, no me sirve aproximarme de una manera real a Freud y que del resultado no devenga acción”, dice Daniel Veronese, director de La última sesión de Freud . “Necesito que la obra acontezca en el escenario y para que eso ocurra me baso exclusivamente en recursos teatrales. ¿Quién sabe realmente cómo se comportaría Freud en un encuentro con el escritor C. S. Lewis? ¿Serviría de algo ese conocimiento al no tratarse de un documental? Quizás Freud no haya sido una persona teatralmente interesante. Además, al entender que no estuvo Freud reunido con Lewis, ¿como reproducir una aproximación real de esos sujetos reales en este encuentro irreal? Creo que en el teatro es importante el latido que nos va dictando la obra. Y no temer a armar un plan en donde la suma de conocidos nos muestre algo desconocido. No sé si estos personajes se comportaban así en sus vidas. Y la verdad poco me importa.” Si bien no existe una validación fáctica de la discusión entre Freud y Lewis, su diálogo se presenta en escena como elocuentemente verosímil. Sin embargo, los modos no ortodoxos de tratamiento que se exponen en Toc Toc y En el cuarto de al lado , son absolutamente desopilantes, más allá de que puedan existir en algún manual psiquiátrico: la escena misma del tratamiento está parodiada, de esta forma, la verosimilitud no es un límite al que la producción estética deberá someterse. Por un lado, se intenta complejizar el teatro comercial con una temática que podría otorgarle otra densidad, pero, por otro, se busca que toda posibilidad de identificación encuentre una vía de escape para que el espectador no se sienta agobiado por los hechos que allí se presentan, que pueda vivirlos con la distensión de saber que esa vida le pertenece a otros y que él está a salvo.

“No nos olvidemos que la patología mental es móvil y responde a la subjetividad de cada época”, dice el psicoanalista y director Alfredo Martín. “En los tiempos de Freud predominaban las histerias de conversión que se internaban en la Salpêtrière, el hospital más famoso de París, y allí se hacían curiosas demostraciones: a partir de la presión ejercida en los puntos histerógenos del cuerpo de las mujeres histéricas internadas, se provocaban convulsiones que simulaban una relación sexual. Era algo verdaderamente teatral, un espectáculo a sala llena, con fotógrafos.”

Público y alienación

“Lo psicológico es, también, una posible lectura de un hecho dramático. No siempre la más interesante, a veces la forma más literal de aproximarse a un texto donde el dato anecdótico podría totalizarse. Separar lo psicológico del resto de los personajes o de las personas es mostrar a un ser incompleto”, dice Jelín. “Ahora bien: el teatro es entretenimiento y, como tal, tiene que cumplir su función. Es un arte de tracción a sangre y en esa realidad ficticia, pero creíble, que los actores repiten noche a noche no se puede separar lo psicológico, ya que el hombre y sus circunstancias son la base misma de la actuación”.

Bertolt Brecht, preocupado por crear un teatro político y pedagógico, sostenía que sus obras debían ser un espectáculo entretenido. José Eduardo Abadi recuerda que la diversión era uno de los objetivos del teatrista inglés Peter Brook al presentar su versión de Otelo . Así, el entretenimiento puede ser una categoría que atraviesa distintas experiencias teatrales, aun antagónicas, pero que incluye especialmente al espectador como un factor a tener en cuenta en el momento del armado dramático. Existe un teatro que se propone establecer una relación conflictiva con el público, que se vale de mecanismos irritantes para llevarlo a transitar por situaciones que implican cierto nivel de incomodidad. Otro, busca modos más amables que pueden funcionar como un abanico de astutas estrategias.

“Sabemos que el psicoanálisis tuvo en la Argentina a maestros extraordinarios”, dice Jelín. “Uno de nuestros grandes dramaturgos, Tato Pavlovsky, es psicoanalista. El público porteño, que en general ha pasado por experiencias de psicoanálisis, tiene una capacidad de introspección y de auto cuestionamiento superior a la de otros públicos y necesita, por su condición de alienados argentinos, toneladas de capacidad de aguantar la frustración.” “Siendo ateo y psicoanalizado, el tema de La última sesión de Freud me pareció atractivo desde la primera lectura”, dice Veronese. “No hay persona, creo, que pueda decir que esta obra no habla de algo que le interese. Casi todos deseamos vivir, todos tememos morir. Sintomáticamente, a priori me encontraba partidario de Freud, de la dictadura de la razón, pero luego de meterme en el trabajo tanto Freud como C. S. Lewis me resultaron cercanos. Freud, por ser quien produjo un gozne en la conducta y el pensamiento del siglo pasado, imposible no sentirse atrapado por la marea de su inteligencia; Lewis por hacerme comprender sus deseos, su sensibilidad; el sistema de creencias con el que convive y que pone en acción se asemeja mucho a la religiosidad que ponemos en juego quienes trabajamos sobre un escenario. Podemos ser de distintas maneras, a veces radicalmente opuestas, según las circunstancias que nos invaden. Lo maravilloso es que, tanto uno como otro estado, necesita ser escuchado, creído.”

 

FICHA 

“La última sesión de Freud”, de Mark St. Germain, por Daniel Veronese
Lugar: Multiteatro (Avda . Corrientes 1283)

“En el cuarto de al lado”, de Sarah Ruhl, por Helena Tritek
Lugar: Apolo (Avda. Corrientes 1372)

“Toc Toc”, Laurent Baffie, por Lía Jelín
Lugar: Neptuno, Santa Fe 1751 (Mar del Plata)

MÁS INFORMACIÓN

http://www.revistaenie.clarin.com/escenarios/teatro/Carne-de-divan_0_656934308.html


Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

Categories

%d bloggers like this: