Posted by: anotherworldip | 03/25/2012

guerra

Guerra: la excepción permanente

El belicismo es un estado perpetuo para la humanidad contemporánea. Desde los tiempos más lejanos, el hombre ha combatido por territorios, por causas religiosas o étnicas. Hoy, aunque las excusas cambien, la barbarie continúa.

POR HECTOR PAVON –

OCUPACION. En 1956 el Ejército Rojo invadió Budapest para aplastar una rebelión.
PRISIONEROS. Levantamiento del Gueto de Varsovia, Polonia, en mayo de 1943.
GUERRA DE TRINCHERAS. Fue el fin de la paz total y mundial.
UN SIMBOLO. El helicóptero fue el vehículo y el arma clave de los estadounidenses en Vietnam.
HIROSHIMA. Lo único que quedó en pie luego de que Estados Unidos arrjara la primera bomba atómica sobre Japón.
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OCUPACION. En 1956 el Ejército Rojo invadió Budapest para aplastar una rebelión.

 

Hubo una primera batalla. Diversas fuentes históricas refieren que la primera gran refriega documentada fue la de Megido en el siglo XV aC. El faraón Tutmosis III, al mando de las fuerzas egipcias, combatió contra un grupo de guerreros cananeos al mando del rey de Kadesh. El motivo de la disputa era la propiedad de Retenu, una zona que hoy pertenece a Palestina y Siria. Ganaron los egipcios y los cananeos debieron retirarse a la ciudad de Megido donde fueron sitiados y derrotados. Esta batalla sería el punto de partida para el esplendor egipcio. Se la cita como la primera batalla porque se ha constatado el uso de “arco compuesto” y también porque por primera vez se contaron las bajas.

La guerra fue un estado excepcional. Hoy ya no. Poco a poco se convirtió en uno de los motores principales de la historia universal y en un hecho repetido.

El filósofo italiano Giorgio Agamben ha señalado en su libro Homo sacer que el estado de excepción se ha convertido en la condición permanente de la política actual. Ya desde 1914, cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, el mundo perdió para siempre la noción de paz total. Desde entonces, enormes hechos históricos agilizaron el correr del siglo XX. La Guerra Civil Española fue la antesala de las grandes batallas y matanzas de la Segunda Guerra Mundial que culminó con el terrorífico nacimiento de la era nuclear.

El triunfo de los Aliados no trajo el estado pacífico que el mundo esperaba. Automáticamente comenzó la Guerra Fría, ese nuevo enfrentamiento casi silencioso entre las potencias de Occidente y Oriente; entre el mundo capitalista y un mundo comunista que durante décadas iba a generar un equilibrio de fuerzas con Washington. Se trataba de una nueva forma de combatir. En secreto, de forma indirecta, en territorios lejanos a los de la Unión Soviética y de EE.UU. La guerra de Corea en los años cincuenta iba a dejar su marca permanente con un final que dejó un país dividido.

Los años sesenta iban a poner nuevamente a EE.UU. participando de una guerra muy lejos de su territorio. Vietnam, la “amenaza comunista” que debía ser combatida y detenida para evitar que la “mancha roja” se expandiera por el mundo. Vietnam no fue una guerra más para el imperio norteamericano. Si bien, al principio los propios estadounidenses desconocían, incluso, la existencia de este lugar en el mapa, poco a poco fueron convencidos de su necesidad por la clase dirigente que hablaba de una causa épica y heroica. Según el historiador Christian G. Appy, los líderes estadounidenses aducían la necesidad de tropas para ayudar a una “pequeña democracia luchadora” de Vietnam del Sur a mantener su independencia de una agresión comunista externa lanzada desde Vietnam del Norte y diseñada por la Unión Soviética, y la China comunista. Y afirmaban que si EE.UU. no lograba evitar el despegue comunista, un país tras otro caería en el poder de sus enemigos durante la Guerra Fría. Pero EE.UU. fue derrotado por el ejército vietnamita.

Al mismo tiempo, guerras cortas y largas se vivían en Oriente Medio que tenía como protagonista al joven Estado de Israel que combatía con sus vecinos árabes para hacerse un lugar en la geografía y en la historia. La Guerra de los Seis Días fue un conflicto bélico que enfrentó a Israel con una coalición árabe formada por Egipto, Jordania, Irak y Siria entre el 5 y el 10 de junio de 1967. Israel terminó conquistando territorios clave de la región.

Durante la segunda mitad del siglo XX el continente africano se desangró ante la cadena interminable de guerras civiles que no sólo aducían motivos políticos, sino también raciales y religiosos.

El último cuarto de siglo conoció la cruenta guerra entre Irán e Irak; la guerra surgida luego de un partido de fútbol entre Honduras y El Salvador; Malvinas; Perú y Ecuador, entre muchas otras.

Más cercano en el tiempo, ocurrió el tremendo atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York y con la vida de más de 3 mil personas. Inmediatamente EE.UU., con George Bush a la cabeza, ponía en marcha la maquinaria de la guerra contra el terrorismo. El ataque de Al Qaeda dejaba de ser un simple atentado para transformarse en un acto de guerra. Así lo calificaron los norteamericanos y así se justificó la invasión a Afganistán. De algún modo cumplió la función de Pearl Harbour, ese ataque aéreo japonés que implicó la inclusión de EE.UU. en la Segunda Guerra.

Luego vino la segunda invasión a Irak en 2003 (la primera fue en 1991) y en la década de 2010 la democratización de los países árabes incluyó el bombardeo a Libia por parte de EE.UU. y el Reino Unido para terminar con Kadafi.

“Hoy ocurre que quien produce violencia se justifica con una razón metafísica –protestaba recientemente el filósofo Gianni Vattimo–. Por ejemplo el bombardeo sobre Irak; todas las guerras llamadas humanitarias no son guerras normales. Es como si uno dijera: hay un pedazo de tierra, que nos disputamos, hagamos una guerra para quedárnoslo. No. Decimos que los otros son criminales y nosotros los matamos, los ajusticiamos, los metemos en la cárcel. Para bombardear Libia se acusa al gobierno de violar los derechos humanos. Sí, pero se violan en muchísimas otras partes del mundo. ¿Por qué bombardean sólo ahí? La ideología de la criminalización del disenso es la que triunfa en la globalización.” A su vez, el pensador alemán Rudiger Safranski sostenía: “Seguramente vamos a ser testigos de más guerras y matanzas, aunque quizá ya no de guerras mundiales como las del siglo XX: más bien guerras locales, ‘asimétricas’, estados desintegrados, guerras de bandos, terroristas, etcétera. No olvidemos que sigue habiendo armas nucleares, esto es, el potencial de autodestrucción de la humanidad sigue disponible. Y tampoco se puede descartar un desvío de armas nucleares ‘sucias’ hacia la circulación ‘privada’. La brecha entre ricos y pobres crea conflictos que la escasez de recursos energéticos y el cambio climático no hacen más que enardecer. De ahí que no se pueda garantizar un mundo en paz. La experiencia también enseña que la supuesta ‘bondad’ natural del hombre no garantiza la paz. El hombre tan bueno no es y para conservar la paz necesita de la justicia, pero también la protección por medio de las armas. Al parecer, la paz seguirá siendo siempre una paz ‘armada’”.

En este número especial de Ñ hemos abordado la guerra y las guerras, como fenómeno permanente que se recicla a sí mismo y no encuentra nunca su fin. Las tropas estadounidenses no se pueden retirar, no pueden vivir en paz. Y esa sensación de inseguridad perpetua ha sido motivo de análisis. Bauman nos habla de una situación que se perpetúa en la búsqueda y fabricación de enemigos para mantener entretenidos a los guerreros. Un presidente es ungido con el Premio Nobel de la Paz y continúa las guerras que le dejó su antecesor. Las Malvinas, la derrota militar y su reflejo en la literatura. Siria y su laberinto de fuego. México y el terror cotidiano. La etapa superior del capitalismo concretada en los ejércitos privados. Las nuevas tecnologías, las armas biológicas, las guerras por el petróleo, la arriesgada misión de los corresponsales de guerra. Y también el espejo bélico que devuelven la literatura, el cine, el arte y los juegos de computadora. Todas las formas para hablar de los contenidos de la barbarie.

Sun Tzu en El arte de la guerra , libro escrito en el siglo IV antes de Cristo enseñaba: “Un soberano no puede convocar un ejército porque está enfurecido, ni un general pelear porque se siente agraviado. Porque mientras un hombre colérico puede recobrar su felicidad, y un hombre agraviado puede llegar a sentirse satisfecho, un Estado destruido no puede restaurarse ni pueden los muertos ser devueltos a la vida”.

fuente:http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Guerra-excepcion-permanente_0_669533047.html

 

Historia de la guerra: Una dinámica siniestra

El devenir del mundo parece movilizarse al ritmo de la metralla. A lo largo de los siglos, los hombres y sus naciones pelearon para delimitar territorios. Nuevos conflictos y armas sofisticadas llevan a destrucciones masivas.

POR JORGE SABORIDO

GUERRA DE TRINCHERAS. Fue el fin de la paz total y mundial.

GUERRA DE TRINCHERAS. Fue el fin de la paz total y mundial.

 
 

En 1914, imágenes de los informativos cinematográficos de la época mostraban el entusiasmo con el que los soldados franceses se montaban en los trenes para marchar hacia el frente, vitoreados además por sus familiares. Por supuesto, ese fervor desapareció en poco tiempo pero ha sido utilizado como un elemento más en una polémica que parece no tener fin, y que puede resumirse en la respuesta a la pregunta ¿el hombre es belicoso y tiene una tendencia natural a pelear con sus semejantes? A lo largo de la historia y hasta la actualidad las respuestas se han agrupado en dos grandes líneas, cada una de ellas defendida por pensadores ilustres: mientras que, por ejemplo, para Thomas Hobbes (1588-1679) el hombre en su estado natural se encuentra en una situación de enfrentamiento con los otros hombres –“una guerra permanente de todos contra todos”–, haciendo imprescindible la existencia de una autoridad para controlar esos impulsos y conformar una sociedad; para Juan Jacobo Rousseau (1712-1788), “el hombre es un ser naturalmente bueno, amante de la justicia y el orden”, siendo las instituciones políticas y sociales –en particular la propiedad– las grandes corruptoras de su inocencia; autores tan influyentes como Karl Marx (1813-1883) han reforzado esta idea. Emanuel Kant (1724-1804) planteó la cuestión de una manera diferente, puntualizando lo que denominaba la “insociable sociabilidad” del hombre, que lo lleva a necesitar de la vida en común pero a la vez a aborrecer la presencia de los demás, que le sirven de estorbo.

Sin embargo, –está claro que las estructuras económicas, sociales y políticas, así como las concepciones ideológicas, crean las circunstancias, proveen las motivaciones y brindan las justificaciones necesarias para desencadenar una guerra.

Hacia el comienzo del tercer milenio antes de Cristo el desarrollo de la agricultura de regadío en Egipto y el Oriente Cercano cambió las características de la guerra, que hasta entonces se reducía a pequeñas escaramuzas entre los integrantes de tribus nómadas, o a conflictos de carácter ritual en los cuales luchaban unos pocos. Sólo cuando los excedentes alimenticios superaron las necesidades de la población se crearon las condiciones como para que una parte de ésta estuviera en condiciones de dedicarse a combatir. Pero como esta relativa “prosperidad” dio como resultado un importante crecimiento demográfico del grupo humano asentado, la defensa de las tierras en las que estaban instalados y más aún la búsqueda de nuevas extensiones cultivables se convirtieron en motivaciones para la conformación de una fuerza militar –una casta liberada de las necesidades de proveer a su subsistencia–, en condiciones de dedicarse a la guerra “a tiempo completo”. A pesar de la significación de este proceso, el hecho más importante fue tal vez la aparición de concepciones políticas y religiosas que justificaban tanto la existencia de un ejército como la necesidad de acabar con quienes eran presentados como “enemigos”.

Desde ese momento, la guerra acompañó a la evolución de las sociedades, con independencia de su organización socioeconómica, de las formas de ejercicio del poder político y de las concepciones ideológicas dominantes. Las motivaciones para su desencadenamiento han sido objeto de estudios variados, que han dado por resultado una amplia gama que van desde las consideraciones ligadas estrechamente a cuestiones económicas hasta las que afirman que la existencia de dificultades domésticas difíciles de resolver generan tensiones a las que se encuentra salida a través de la guerra.

A lo largo de la historia, la guerra fue con harta frecuencia aceptada y valorada positivamente, y no sólo en términos militares: para los griegos, el hombre sólo podía mostrar su verdadera condición moral en el campo de batalla; quien no combatía o se oponía a la guerra era colocado en un rango inferior. Incluso para el cristianismo, a pesar del mensaje pacifista que emerge de las palabras de su fundador, la guerra no es objeto de cuestionamiento; sólo se preocuparon por establecer los requisitos de una “guerra justa”. El pacifismo, entendido como la “no resistencia”, durante siglos quedó limitado a sectas muy minoritarias.

Génesis

Si nos remitimos a Occidente, los hoplitas de las ciudades-estado griegas –campesinos organizados en grupos compactos tanto para defender su territorio como para conquistar el vecino; las legiones romanas, que asombraron a su época por su capacidad de conquista, y los caballeros medievales embarcados en interminables guerras de asedio, fueron etapas en un proceso evolutivo en el cual las innovaciones fueron numerosas e importantes, desde la ballesta al estribo y desde las gruesas armaduras a los castillos fortificados. Las tácticas de combate, sin embargo, no experimentaron cambios de importancia desde la época del Imperio Romano hasta los últimos siglos de la Edad Media. En ese largo período de más de un milenio, Europa se vio sometida a sucesivas invasiones, y además se produjeron continuos enfrentamientos entre los numerosos estados que conformaban un verdadero mosaico territorial. Justamente la existencia de múltiples zonas en disputa por parte de varios oponentes es considerada una de las razones principales de la búsqueda continua de innovaciones, y la introducción de armas de fuego y de defensas artilladas fueron en los siglos XIV y XV factores fundamentales de la “revolución militar” que marcó la superioridad de Occidente a partir de ese momento.

Táctica y estrategia

Desde luego, los cambios que se fueron introduciendo tuvieron una consecuencia inevitable: las guerras fueron cada vez más costosas, con la participación de un número cada vez mayor de combatientes, hasta el punto que sólo una estructura política centralizada dotada de amplios recursos podía embarcarse en ellas con éxito. Los estados nacionales que se consolidaron en los siglos XV y XVI fueron los encargados de organizar la vida económica de tal manera que estuviera en condiciones de sostener un ejército permanente (el primero fue el ejército español instalado en Flandes, movilizado desde 1567 hasta 1706). En este aspecto, el amplio desarrollo del comercio y las primeras manifestaciones de la industria capitalista moderna hicieron posible el desarrollo de un sistema fiscal centralizado, a lo que habría que agregar los cuantiosos recursos provenientes de la explotación colonial.

Justamente, a la hora de explicar la supremacía militar occidental es preciso siquiera hacer referencia a la importancia que tuvo el control de los mares, producto de la utilización de embarcaciones cada vez mejor preparadas para incorporar con éxito un arma letal, los cañones, que si bien fueron utilizados por primera vez por los chinos tuvieron su aplicación más eficaz en Europa.

Los ejércitos que se enfrentaron en las guerras europeas que se libraron entre los siglos XVI y XVIII estaban compuestos por oficiales de carrera ordenando el accionar de miles de soldados voluntarios que no necesariamente eran de la nacionalidad por la que luchaban; en algunos casos se recurría a la leva forzosa, generalmente en poblaciones campesinas. Los únicos países en los que existía un sistema similar al servicio militar obligatorio que se generalizó en el siglo XIX eran Finlandia y Suecia.

Los métodos de combate, a pesar de las innovaciones producidas en la tecnología militar, permanecieron sin mayores variantes hasta la Revolución Francesa: la mayor parte de las guerras que se libraron se caracterizaron por una estrategia de desgaste, de lenta acumulación de pequeñas victorias y un ejercicio “controlado” de la violencia, de la cual quedaba excluida la población (salvo que residiera en el lugar donde se desencadenaba una batalla).

La “doble revolución” que se produjo a partir de fines del siglo XVIII –la Revolución Francesa en el campo político y la Revolución Industrial en el escenario productivo– tuvo una enorme incidencia en los conflictos armados.

–Los acontecimientos que se desencadenaron en 1789 y que dieron lugar a una serie de guerras que se prolongaron casi sin interrupción hasta 1815 tuvieron como consecuencia la introducción del nacionalismo como argumento para convocar a los ciudadanos a la defensa de la patria, “hasta que todos los enemigos hayan sido expulsados del suelo de la República”. A partir de ese momento, la apelación a la nación en peligro, convenientemente manipulada desde el poder, se convirtió en una justificación para la adopción de medidas destinadas a encuadrar en términos militares a todos los habitantes de la nación, a la vez que se procedía a alimentar el odio hacia el “enemigo”, el (real o supuesto) “ofensor”.

–Las innovaciones tecnológicas de la Revolución Industrial tuvieron repercusión directa e indirecta sobre la actividad militar. Por una parte, la utilización del acero mejoró enormemente la calidad del armamento, y nuevos avances como el fusil de repetición y la ametralladora ampliaron las posibilidades de matar. Pero además, el desarrollo del ferrocarril cambió la manera de hacer la guerra, al extender los teatros de operaciones, facilitar la rápida concentración de tropas para el ataque o la defensa, su aprovisionamiento, la evacuación de heridos y prisioneros y otros aspectos de importancia. A su vez, la invención del telégrafo permitió establecer redes de comunicación que incidieron en la toma de decisiones.

Las nuevas guerras, de las cuales la Guerra de Crimea (1854-1856) que enfrentó al imperio zarista con una coalición anglofrancesa fue la primera manifestación significativa, constituye el arranque de un proceso que se desarrolló paralelamente en la expansión colonial europea que se inició a fines de la década de 1870. Lo que se produce es el comienzo de una progresiva “deshumanización” de la guerra a partir de la idea de exterminio del enemigo, al que no sólo hay que vencer sino que hay que destruir. En el ámbito de las campañas imperialistas, el darwinismo social sirvió como justificación de las masacres que se perpetraron, de las cuales fueron víctimas “razas inferiores”, pero la idea también se plasmó en la guerra generalizada que dio comienzo en 1914. En ella se alcanzó un nivel de violencia extrema sin precedentes, en el que la muerte anónima en masa, los atentados contra los derechos de los civiles, se convirtieron en prácticas habituales. Fue en ese momento en que el general Erich Ludendorff, responsable del esfuerzo bélico alemán durante el conflicto, expuso la noción de “guerra total”, que suponía la completa subordinación de la política a la guerra y la asunción de que la victoria total o la derrota total eran las únicas opciones. La guerra no sólo hizo tambalear las estructuras políticas; influyó de manera decisiva en los comportamientos de las sociedades involucradas durante las tres décadas siguientes.

Sin compartir la tesis de la existencia de una “guerra civil europea” entre 1914 y 1945, hay sin duda una continuidad entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial en cuanto a la idea del exterminio: los horrores de la guerra en el frente oriental y la matanza de judíos muestran la persistencia de esta voluntad de destrucción del enemigo.

La ciencia y el mal

El conflicto que estalló en 1939 introdujo una nueva realidad: el advenimiento de la ciencia como factor dominante en la práctica bélica. El extraordinario desarrollo tecnológico tuvo una estremecedora manifestación con el lanzamiento de sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y de allí en adelante el imparable desarrollo de las armas nucleares creó las condiciones como para que se pensara que era posible la destrucción del planeta. La carrera armamentista fue la manifestación de un nuevo tipo de enfrentamiento. Con notable percepción, el teórico prusiano Carl von Clausewitz (1789-1831) definió a la guerra como “un camaleón”, que cambia adaptándose a las condiciones sociopolíticas en que se libra. Al poco tiempo de concretada la derrota de las potencias del Eje, los vencedores se embarcaron en la denominada “guerra fría”, un enfrentamiento ideológico entre las dos grandes potencias emergentes de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética, o también entre el capitalismo y el modelo económico que se autodefinía como “socialista”. En esta guerra particular, caracterizada por la inexistencia de un enfrentamiento directo entre los dos adversarios, se sucedieron una serie de conflictos localizados en los que el mundo vivió sometido a un “equilibrio del terror”, pendientes de la posible puesta en marcha de un mecanismo de destrucción del que nadie se iba a librar.

Simultáneamente, los horrores de 1939-45 dieron lugar a la aparición de una serie de iniciativas destinadas a humanizar la guerra, de las cuales la Convención de Ginebra de 1949 fue la más importante; sin embargo, los horrores vividos en Vietnam y en algunos otros conflictos muestran que las mejores intenciones no son acompañadas por resultados equivalentes. Por otra parte, las ideas pacifistas fueron ganando fuerza, sobre todo a partir del ejemplo de figuras como Mahatma Gandhi.

La Guerra Fría finalizó en 1989-91, y para algunos analistas el triunfo del capitalismo y de la democracia occidental marcaba el comienzo de una era en la que si bien no podía asegurarse la paz, se había dejado atrás el riesgo de una guerra generalizada, ante la inexistencia de un desafío de orden ideológico a la potencia triunfante. Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 mostraron hasta qué punto estaban errados los pronósticos. Desde ese momento se materializó el desafío de quienes carecen de desarrollo tecnológico en escala comparable a las de las potencias occidentales pero en cambio, a partir de una convicción religiosa que los lleva incluso a entregar su propia vida, están en condiciones de utilizar los logros del enemigo en su provecho, a la vez que elementos rudimentarios –una navaja puede servir para secuestrar un avión y estrellarlo contra un edificio– pueden hacer temblar los cimientos de una superpotencia.

La agresión perpetua

Una vez finalizado este apresurado recorrido histórico cabe formular una pregunta: a la vista de lo ocurrido en la primera década del nuevo siglo, ¿qué puede aventurarse respecto de las (inevitables) guerras futuras? En principio, habría que afirmar que nos encontramos ante “guerras asimétricas” –con importantes desequilibrios en el desarrollo tecnológico de los contendientes–, lo que implica que la parte más débil utiliza recursos excepcionales –la guerrilla, los atentados terroristas– para agredir a un aparato militar superior. Esto implica hablar de una “desmilitarización” de la guerra, es decir, que no se librarán exclusivamente con soldados y, ya se ha visto, no estarán dirigidas sólo contra objetivos militares.

Por otra parte, se ha empezado a utilizar la expresión “guerra transnacional”, un conflicto en el que los límites entre los estados ya no son determinantes, las autoridades fracasan en su responsabilidad de mantener el orden y con frecuencia se llega a un punto en el que los actos de guerra no se distinguen de la pura criminalidad.

Finalmente, no caben dudas respecto de que el mundo venturoso prometido por los partidarios de la globalización no se ha hecho realidad y todo indica que amplios sectores de la población mundial, afectados por la escasez de agua, la desertización, la persistencia (y en muchos casos el crecimiento) de las desigualdades, pueden pensar en el uso de la fuerza para superar su situación, incluso librando guerras asimétricas contra enemigos superiores. Y es muy difícil que penetren los mensajes pacifistas en sociedades en las cuales la difusión de los medios de comunicación permite apreciar los enormes desequilibrios sociales, y su persistencia.

fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/edicion-impresa/dinamica-siniestra_0_669533050.html

 

Crear dos, tres, muchos enemigos

Para Zygmunt Bauman vivimos un interregno entre la paz y la guerra donde la soberanía flota sin ancla y todo puede pasar. En esta entrevista dice que el humanismo no está de regreso y que las luchas por territorios dieron lugar a las disputas por recursos.

POR HECTOR PAVON

Primera Guerra. Soldados franceses en 1916 en el este  de Francia listos para combatir.

Primera Guerra. Soldados franceses en 1916 en el este de Francia listos para combatir.

 
 

Zygmunt Bauman ha vivido gran parte del siglo XX y hoy transita los años de otro siglo. La mayor parte de sus años vividos transcurrieron bajo un cielo bélico. Ese contexto ha acompañado su vida personal y lo ha marcado para siempre. Bauman es un filósofo polaco que nació en Poznan, una ciudad alemana que se convirtió en territorio polaco al final de la Primera Guerra Mundial. Luego debió huir de su país en los años 50 cuando el antisemitismo lo acorralaba. Se refugió en la Unión Soviética y finalmente, recaló, ya en los sesenta y para siempre en Leeds, ciudad británica con una universidad que lo cobijó. Con el correr de los años, su pensamiento se afianzó, abandonó los andamios y se erigió como una estructura segura capaz de soportar el peso de los procesos políticos y sociales que vivió como testigo y protagonista.

Hoy es profesor emérito de la Universidad de Leeds. Estudió las estratificaciones sociales y las relacionó con el desarrollo del movimiento obrero. Después analizó y criticó la modernidad y dio un diagnóstico pesimista de la sociedad. Ya en los 90 teorizó acerca de un modo diferente de enfocar el debate cuestionador sobre la modernidad. Ya no se trata de modernidad versus posmodernidad sino del pasaje de una modernidad “sólida” hacia otra “líquida”. Al mismo tiempo y hasta el presente se ocupó de la convivencia de los “diferentes”, los “residuos humanos” de la globalización: emigrantes, refugiados, parias, pobres todos.

En su papel de analista social, económico, político, también se situó como observador testigo de las guerras que vivió. De las que los países por los que transitó afrontaron. En este diálogo por escrito, Bauman disecciona esta era desde la óptica bélica, la de un estado que pasa de la guerra a la paz armada, o de vigilia ante el ataque inminente.

¿Cómo caracteriza a esta era? ¿Es una era de paz, de guerra o una combinación de ambas posibilidades?

Habiendo unas cincuenta guerras en curso, desde Aceh, pasando por todo el alfabeto hasta Yemen, ¿podemos llamar a esta época “una era de paz”? Difícilmente. No obstante, tampoco podemos llamarla una era de guerras. Los conflictos armados en este tiempo tienden a comenzar sin ser declarados y continúan aparentemente en forma indefinida, convirtiéndose en el camino en un “estado normal”…. Terminan lentamente, por agotamiento, por cansancio, por desgaste antes que dramáticamente, mediante conferencias de paz y firmas de acuerdos. Además, la mayoría de las guerras que se libran en la actualidad no se llevan a cabo entre Estados, sino entre las “dirigencias” y los “rebeldes” o entre dos o más partes hostiles del mismo país –regionales, tribales, étnicas, religiosas, ideológicas- cuando no son simplemente pandillas rivales financiadas por fuentes en conflicto.

¿Crear enemigos es parte del juego de la guerra? ¿Es un elemento clave de la naturaleza del capitalismo?

Sí… Además de todos sus fines explícitos o tácitos, las guerras (hostilidades abiertas contra un enemigo designado, derramamiento de sangre, creación de hechos consumados con la esperanza de que lleguen a un punto de no retorno) son una forma importante de asertividad en una campaña hacia el papel de actor importante en el juego de poder. Frederic Barth, gran antropólogo noruego, observó que contrariamente a la creencia general, las fronteras no se trazan (y no se excavan trincheras) debido a las diferencias entre poblaciones vecinas, sino que las diferencias se espían, agudizan y magnifican debido a fronteras que después de haber sido trazadas están exigiendo explicación y consolidación… Mientras que Carl Schmitt, revalorizado actualmente como un importante teórico político del siglo pasado, optó por la “designación de un enemigo” como el acto constitutivo de toda la política y un rasgo determinante de la soberanía política, Carl von Clausewitz sugirió, como es sabido, que la guerra es una extensión de la política por otros medios. Yo me pregunto si el orden ahora no se habrá invertido…

El filósofo italiano Giorgio Agamben dijo que después de 1914 vivimos en un estado de excepción y, por consiguiente, en un estado permanente de guerra. ¿Qué piensa de esa opinión?

En mi vocabulario hay otro término: interregno. Declarar y mantener un “estado de excepción” es una prerrogativa y un signo de un Estado soberano: “interregno” (un término que tomé de Antonio Gramsci) es por otro lado un estado que deriva de una condición con múltiples centros: de una soberanía que flota sin un lugar obvio donde echar anclas y que se convierte en un objetivo en la lucha de poder. Yo reconozco la condición planetaria actual como un caso de interregno. De hecho, tal como postuló Antonio Gramsci, las viejas formas de hacer las cosas ya no funcionan, en tanto todavía no se han diseñado e implementado formas más nuevas y efectivas. El viejo orden fundado hasta hace poco sobre un principio igualmente “trino” de territorio, Estado y nación como clave de la distribución planetaria de la soberanía, y sobre el poder aliado aparentemente para siempre a la política del Estado-nación territorial como su única representación operativa, está muriendo a esta altura. La soberanía ya no está pegada a ninguna de las entidades ni elementos del principio trino; como mucho, está atada a éstos pero sin rigor y en proporciones mucho más reducidas en tamaño y contenido. El supuestamente inquebrantable matrimonio del poder y la política está, por otro lado, terminando en una separación con una perspectiva de divorcio. Por esa razón, justamente, todo puede llegar a pasar en el estado de interregno, mientras que nada puede emprenderse con una seguridad de éxito.

Hay corrientes y filósofos diversos que piensan que estamos viviendo una época en la que ha vuelto el humanismo, donde la persona es el centro de las discusiones. Pero, ¿es posible cuando persisten guerras permanentes?

¿El “humanismo’”ha vuelto? ¿De dónde? En toda la era moderna no se movió demasiado –estuvo constantemente en el horizonte, como un objetivo más que como una descripción del status quo– un ideal todavía no alcanzado pero deseable y deseado y del que se hablaba de la boca para afuera ocasionalmente; pero, al mismo tiempo, mayormente conspicuo por su ausencia de las realidades de la vida cotidiana o con cierta forma de presencia –pero de una manera muy alejada del ideal. Y “humanismo” significa más, mucho más que “poner a la persona en el centro de la discusión”. Significa, como dijo Richard Sennett recientemente, una “cooperación informal, abierta” –un precepto considerado crucial para elevar la integración social desde el nivel de los Estados-nación al de la humanidad planetaria… “Informal” significa: la cooperación no se introduce con normas de procedimiento preconcebidas –las normas para proceder surgen durante la cooperación. “Abierta” significa: ninguna parte considera su posición a priori buena o apropiada, cada parte se abre a los argumentos de ambas partes, acordando tanto aprender como enseñar. Y “cooperación” (distinto de la mera “discusión”) significa que todos los participantes se benefician, en vez de caer en ganadores y perdedores… Este tipo de “humanismo” está actualmente en el horizonte de nuestra interdependencia planetaria –pero repito, hasta ahora no tanto cerca de la realidad como en su horizonte… De todos modos, su presencia no carece de significado: obliga a los agresores militares a pedir disculpas por matar “civiles inocentes”, aunque no necesariamente implique detener la matanza. Las víctimas tienden a ser “justificadas” como “daño colateral” causado inadvertidamente en la lucha por una causa justa…

¿Cómo se expresa la idea de liquidez, en tanto cambio, transitoriedad, en la guerra? ¿O, en realidad, debemos hablar de paz líquida?

En nuestra condición de interregno, la “liquidez” se manifiesta principalmente en lo tenue, lo contencioso y lo frágil de la línea que separa la guerra y la paz, así como también en un carácter “no estructurado” de gran número de hostilidades. Rara vez enviamos hoy ejércitos expedicionarios para destruir al adversario. Tendemos a recurrir a medios más “humanos”, como por ejemplo sanciones punitivas; éstas, no obstante, castigan principalmente a los mismos “civiles inocentes”. Según muchas estimaciones, murieron más niños iraquíes debido a la desnutrición causada por las sanciones impuestas de los que resultaron muertos en el transcurso de la acción de guerra…

Desde la más temprana antigüedad, los países luchaban por territorios. ¿Se podrían imaginar guerras por el agua, distintas clases de energías o el oro, por ejemplo?

Históricamente, sí; quizá, de manera más espectacular en la era de la construcción de país y la soberanía territorial (distinta de controlada a distancia). Pero desde entonces hemos tenido (y todavía tenemos y muy probablemente tendremos) un número creciente de guerras por otros intereses: petróleo, minerales, pero principalmente por la eliminación de líderes políticos “recalcitrantes” o regímenes que tratan de desarrollar una política económica autárquica y resistente a las presiones de los mercados globales y la circulación global de los productos básicos, las finanzas y los capitales. A medida que disminuyen los recursos naturales, el acceso a éstos podría desempeñar perfectamente un rol creciente entre los factores que llevan a la guerra.

¿Qué simboliza la existencia de ejércitos privados operando como si nada en las guerras de esta época?

Lo más seminal y amenazador es la tendencia a apartar del control político (democrático, popular) las acciones militares y la responsabilidad por sus consecuencias; tal vez sea un primer paso hacia la sujeción del uso de la fuerza y el ejercicio de la coerción a las fuerzas del mercado y a los criterios que éstas despliegan y promueven. Asimismo, es un medio de silenciar de antemano el probable disenso popular contra la guerra; cuando mueren en acción, los soldados profesionales por contrato que prestan servicio por su propia voluntad a las empresas que los contrataron muy probablemente desatarían una indignación mucho menor a nivel nacional y provocarían mucho menos resentimiento popular y protesta que los soldados conscriptos llamados a servir al país y que eran sometidos a corte marcial en caso de desobedecer al llamado o si se negaban a prestar servicio. Es probable que la actividad de soldado se convierta en otro empleo voluntariamente aceptado, que traiga aparejados como todos los empleos, sus propios riesgos profesionales específicos… De esa forma se podría extraer el veneno político de los aguijones de la guerra…

fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/edicion-impresa/entrevista-Zygmunt-Bauman_0_669533049.html


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