Posted by: anotherworldip | 07/15/2012

sandel

“Lo que el dinero no puede comprar”

En una “sociedad de mercado”, todo parece tener precio, afirma Michael Sandel, profesor estrella en Harvard, quien en su nuevo ensayo analiza por qué la economía no debe ser vista como una ciencia, sino como una filosofía moral.

POR DECCA AITKENHEAD

LA CLASE MAS POPULAR DEL PLANETA. Sandel en Harvard: es seguido por miles y televisado para millones.

LA CLASE MAS POPULAR DEL PLANETA. Sandel en Harvard: es seguido por miles y televisado para millones.

 
 

Algo curioso sucedió cuando hace poco intenté entrenar a mi hijo de dos años para ir al baño solo. En un primer momento, la idea lo entusiasmó. Había leído que el truco estaba en recompensarlo con una pastilla de chocolate cada vez que usaba el baño y durante uno o dos días funcionó a las mil maravillas –hasta que se percató de que las pastillas eran básicamente un soborno, y empezó a sospechar que había algo turbio. Al tercer día, se negó en forma contundente e invocar el premio no hizo más que volverlo más implacable todavía. Aun para la mente de un bebé, la lógica de la transacción era evidente –si tenía que ser sobornado, significaba que el baño no podía ser una buena idea– y en una semana se había vuelto tan desconfiado y estaba tan enojado que tuvimos que abandonar la empresa.

Fue una lástima no haber leído What Money Can’t Buy (Lo que el dinero no puede comprar) antes de embarcarme en la tarea, porque el delirio de la política de la pastilla de chocolate constituye el núcleo del nuevo libro de Michael Sandel. “Vivimos en una época en la cual casi todo se puede comprar y vender”, escribe el filósofo de Harvard. “Hemos pasado de tener una economía de mercado a ser una sociedad de mercado” donde la solución para cualquier forma de problemas sociales y cívicos no es un debate moral sino la ley del mercado, partiendo del supuesto de que los incentivos de dinero en efectivo constituyen siempre el mecanismo apropiado a través del cual se toman las buenas decisiones. Cada aplicación de la actividad humana tiene un precio y se mercantiliza, y todos los juicios de valor se reemplazan por la simple pregunta: “¿Cuánto cuesta?”

Sandel nos conduce a través de una serie de ejemplos, desde escuelas que les pagan a los chicos para que lean –2 dólares por libro en Dallas– hasta personas que en su viaje al trabajo compran el derecho a ir solos en los carriles de autos compartidos (US$10 en muchas ciudades estadounidenses) y lobbistas en Washington que pagan a personas para que hagan fila y les guarden su lugar en la cola para las audiencias del Congreso; en realidad, colándose y dejando atrás a miembros del público. A los drogadictos de North Carolina se les llega a pagar hasta US$ 300 por esterilizarse, los inmigrantes pueden comprar una tarjeta verde por 500.000 dólares, se pueden comprar discursos de testigos de casamiento en venta por Internet, y hasta se comercializan abiertamente partes del cuerpo en un mercado financiero de riñones, sangre y vientres sustitutos. Se vende incluso espacio en la cabeza. Air New Zealand pagó a gente para que se afeite la cabeza y camine usando tatuajes temporarios que promocionan la línea aérea.

Según la lógica del mercado, establecer si estas transacciones son correctas o no literalmente no tiene sentido. Simplemente representan acuerdos eficientes, que incentivan un comportamiento deseable y “mejoran la utilidad poniendo bienes subvaluados a disposición de quienes están dispuestos a pagar por ellos”. Para Sandel, en cambio, las dos preguntas importantes que debemos hacer en cada caso son: ¿Es justo comprar y vender esta actividad o producto? Y ¿hacerlo la/lo degrada? Casi invariablemente, sus respuestas son no y sí.

Sandel, de 59 años, enseña filosofía política en Harvard desde hace más de 30 años, y sus conferencias despiertan tanto entusiasmo que se suele decir que es como un ídolo del rock. En persona, no tiene mucho de ídolo del rock; se crió en una familia judía de clase media en Minneapolis, estudió para su doctorado en el instituto Balliol en Oxford, como becario Rhodes, y está casado desde hace decenios con una socióloga con la que tiene dos hijos adultos. Su carrera, por su parte, es estratosférica.

El curso de Sandel dedicado a la justicia es, según dicen, la clase universitaria más popular del planeta, seguida por más de 15.000 estudiantes hasta la fecha y televisada para un público mundial de millones de personas. Su libro Justice (2009), basado en el curso, llegó a ser un bestséller global,  desató una locura por la filosofía moral en Japón y le valió el galardón de “figura extranjera más influyente” en Newsweek China.

Respondiendo a su estatura de ídolo del rock, Sandel se embarcó en una gira mundial maratónica para promocionar su nuevo libro y cuando nos reunimos en Londres prácticamente no tiene voz. Prevé dormir dentro de una quincena y parece bastante debilitado por la diferencia horaria. Es comprensible que no me parezca tan imponente como me lo esperaba. Aunque su libro me resultó atractivo –confrontativo y a la vez profundamente emotivo– no me pareció tan persuasivo como suponía.

“Es más difícil hacerlo llegar en Estados Unidos que en Europa”, dice. “Va a contrapelo de los Estados Unidos”. Esto es más cierto ahora que antes, agrega, pues desde que empezó a enseñar, ha observado en sus alumnos “un cambio gradual a lo largo del tiempo, desde los ochenta hasta ahora, en la dirección de supuestos individualistas de libre mercado”. La línea de investigación más bien distante y desapasionada que presenta el libro sobre cada instancia de mercantilización –¿es justo y degrada?– fue pensada como una estrategia deliberada para “conquistar al público estadounidense que es muy pro-mercado” –y ciertamente contribuye a una lectura fríamente elegante, absteniéndose de la retórica de interrogatorio forense para atacar a la economía de libre mercado en los términos que la disciplina entiende. Pero no estoy segura de que funcione.
Si usted comparte, igual que yo, la visión de Sandel de que los valores morales no deben ser reemplazados por los precios del mercado, la forma interesante de leer What Money Can’t Buy es a través de los ojos de un fundamentalista a favor del mercado que considera esa noción como un absurdo sentimental. ¿Acaso así nos conquista?

Triunfalismo de mercado

Ciertamente da ejemplos interesantes de que el mercado no logra hacer las cosas mejor que las normas sociales o los valores cívicos cuando de lo que se trata es de impulsarnos a hacer bien las cosas. Por ejemplo, un grupo de economistas llevó a cabo una encuesta que abarcó a habitantes de pueblos en Suiza para ver si aceptarían un lugar de descarga de desechos nucleares en su comunidad. Aunque la descarga obviamente no era bien recibida, los lugareños reconocieron su importancia para el país, y votaron un 51% a favor. Los economistas preguntaron luego cómo votarían si el gobierno les diera una compensación por aceptar la descarga con un pago anual. El apoyo cayó enseguida al 25%. Era la repetición del síndrome de baño-y-chocolate. Del mismo modo, un estudio que comparó la práctica británica de la donación de sangre con el sistema estadounidense, donde los pobres pueden vender su sangre, constató que el enfoque voluntario funcionaba con mucha mayor efectividad. Una vez más, el deber cívico resultó ser más poderoso que el dinero.

Sin embargo, un verdadero creyente en la ley del mercado seguramente argumentaría que lo único que esto prueba es que a veces un dispositivo particular de mercantilización no funciona. Para él sigue siendo, no un debate moral sino simplemente relativo a la eficacia. Sandel escribe sobre lo errado que es un sistema médico en el cual los ricos pueden pagar por “médicos conserjes” que priorizan a los pacientes ricos –sin embargo, para alguien que cree en los mercados, la objeción de Sandel seguramente no tendría asidero. Diría que la cuestión es si el sistema cumple o no su objetivo. Suponiendo que el objetivo principal de un hospital particular es salvar vidas, entonces, si en tanto trata el dedo del pie magullado de un millonario el paciente más pobre muere de un infarto en la sala de espera, la mercantilización claramente no funcionó. Pero si la función del hospital es maximizar los beneficios, tratar primero el pie inflamado del millonario es perfectamente lógico, ¿no?

“Sospecho que usted tiene –que tenemos– una idea de para qué es un hospital, de modo que uno que apunte exclusivamente al lucro no cumple con su objetivo; es de alguna manera deficiente; no responde a aquello para lo cual sirven los buenos hospitales. En realidad, han identificado mal para qué es un hospital. Igual que si se tratara de una escuela que dice: nuestro objetivo primordial no es, en realidad, formar estudiantes, sino maximizar los ingresos –y maximizamos los ingresos ofreciendo ciertas credenciales, etc. Uno diría: ‘Bueno, eso no es una buena escuela, son deficientes en cierta medida.’”

Coincido con él. Pero un derechista furioso no lo haría. Diría que el motivo del lucro no es en sí mismo reprochable, y que llevarlo adelante reparando los cuerpos de la gente o ampliando sus mentes no difiere de fabricar automóviles, siempre y cuando funcione. “Lo que quiero dar a entender es que el debate, o la discusión, con alguien que tuviera esa opinión sobre el propósito del hospital sería una discusión moral referida a cómo entender adecuadamente el objetivo de un hospital o una escuela. Y sí, obviamente, habría un desacuerdo –pero ese desacuerdo, sobre el objetivo, sería, al mismo tiempo, un desacuerdo moral porque no es solamente un planteo empírico: ¿Cómo definió este hospital su misión? Es: ¿Para qué son los hospitales? ¿Qué es un buen hospital?

A esta altura, Sandel empieza a mirarme desde el otro lado de la mesa con una expresión de leve disgusto e incredulidad. ¿Esta mujer –casi puedo ver que se lo pregunta– realmente es de The Guardian? Entonces le explico que traté de leer su libro usando anteojos thatcheristas. “Se esforzó demasiado”, dice burlonamente. “No debió esforzarse tanto. Tendría que haber dejado que fluyera un poco más”. Lo cual me parece una respuesta decepcionante.

La ironía es que pienso que Sandel habría escrito un libro más contundente si no hubiera tratado de discutir el argumento en los términos de los propios economistas de libre mercado. Es, como él bien señala, el lenguaje en que se lleva a cabo la mayor parte del debate político moderno: “Entre los que están a favor de los mercados sin trabas y los que sostienen que las decisiones de mercado son libres sólo cuando se toman en un campo de juego parejo”. Al adoptar sus términos, se está obligando a mantener una discusión con una mano atada a la espalda. Sólo en el capítulo final se arriesga y plantea su argumentación en el lenguaje de la poesía.

“Analicemos el lenguaje utilizado por aquellos que critican la comercialización”, escribe. “Envilecimiento”, “deshonra”, “endurecimiento”, “contaminación”, “pérdida de lo sagrado”. Es un lenguaje con una carga espiritual que apunta hacia formas más elevadas de ser y vivir”. Y funciona, pues el libro de golpe tiene sentido para mí. Su elegía final a lo que pierde una sociedad que cede todas las decisiones al mercado me dio ganas de llorar.

“¿Significa que tendría que haber empezado y terminado con la poesía y olvidarme toda la parte argumentativa y analítica?”, pregunta. “Yo quiero dirigirme a personas que llegan a mi libro desde orientaciones ideológicas distintas”. Pero lo gracioso es que creo que la poesía podría haber sido más útil para convencer justamente a los escépticos que él se propone convertir.

Un tema fascinante que aborda es por qué la crisis financiera parece haber hecho muy poca mella en la fe de la gente en las soluciones de mercado. “Cualquiera hubiera creído que sería una oportunidad para la reflexión crítica sobre el papel de los mercados en nuestras vidas. Me parece que el dominio persistente de los mercados y los valores del mercado –aun ante la crisis financiera– indica que el origen de esa fe está muy arraigado; más arraigado que la convicción de que los mercados producen mercaderías. Yo no pienso que ese sea el mayor atractivo de los mercados. Uno de los atractivos de los mercados, como filosofía pública, es que parecen dispensarnos de la necesidad de participar en discusiones públicas sobre el sentido de los bienes. Por eso los mercados parecen habilitarnos a no tener criterio sobre los valores. Pero creo que eso es un error.”.

Ponerle un precio a una pantalla plana de TV o a una tostadora es completamente sensato –dice. “Pero cómo valoramos el embarazo, la procreación, nuestros cuerpos, la dignidad humana, el valor y el significado de la enseñanza y el aprendizaje –debemos razonar sobre el valor de los bienes. Los mercados no nos dan ningún marco para mantener esa conversación. Y nos sentimos tentados de evitar esa conversación porque sabemos que no estaremos de acuerdo respecto de cómo valoramos los cuerpos o el embarazo o el sexo o la educación o el servicio militar, sabemos que vamos a disentir. Por eso dejar que los mercados decidan parece ser una modalidad imparcial, neutra. Y esa es la parte más profunda del atractivo; que parece ofrecer una forma de valor neutro, imparcial de determinar el valor de todos los bienes. Sin embargo, la locura de esa promesa –aunque puede ser bastante válida para las tostadoras y las pantallas de televisión– no es válida para los riñones”.

Sandel hace la observación esclarecedora de que lo que llama “triunfalismo de mercado” en la política occidental de los últimos 30 años coincidió con un “vacío moral” en el centro del discurso público, que se ha reducido en los medios a enfrentamientos con gritos totalmente insignificantes en la TV por cable y entre los políticos electos, a desacuerdos tan tecnocráticos y tímidos que los ciudadanos pierden la esperanza de que la política aborde las cuestiones que más importan.

“Hay una conexión interna entre las dos cosas, y la conexión interna tiene que ver con esa huida del juicio en el discurso público, o la aspiración a valorar la neutralidad en el discurso público. Y eso está ligado a la forma en que la economía se ha moldeado a sí misma como una ciencia de valor neutro cuando en realidad probablemente debería considerarse –como antes– una rama de la filosofía moral y política.”

La popularidad de Sandel indicaría un apetito por algo más sólido y enriquecedor. Le pregunto si piensa que al mundo académico le vendrían bien algunos profesores más con estatus de ídolo del rock y hace una pausa antes de sonreír. “Me gustaría que usted contestara esa pregunta, no yo”. Yo diría que el hecho de que alguien tan poco llamativo y discreto como Sandel pueda generar más atención en los Estados Unidos que un académico emblemático de derecha como Niall Ferguson debería dar algunos motivos para ser optimista. En un nivel puramente personal, le pregunto, ¿comprometerse con el mundo a través de los ojos de la filosofía moral antes que la simple lógica de mercado, tiene algún aspecto negativo? “Ninguno, salvo el peso de la reflexión y la seriedad moral.”

© The Guardian, 2012. Traducción de Cristina Sardoy.

 

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Michael-Sandel-Harvard-sociedad-mercado_0_732526753.html


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