Posted by: anotherworldip | 07/23/2012

sinTecho

Los niños invisibles

 

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Por Juan Gelman

Hay estadísticas de todo tipo en cualquier país, pero una poco aflora públicamente entre las miles que cada año se compilan en EE.UU.: la de los niños sin techo del país, 1,6 millones en el año 2010, es decir, uno de cada 45, y un 38 por ciento más que en el 2007, según una investigación del National Center on Family Homelessness (NCFC) (www.homelesschildrenamerica.org, diciembre 2011). Nada mal para el país más poderoso del planeta.

El hecho cambia imágenes del sin techo en EE.UU. No se trata ya de un hombre solo y andrajoso que pide limosna en una esquina: el segmento de homeless que aumenta más rápidamente es de las familias con hijos. Tampoco de un haragán: unos 4 millones de familias perdieron su vivienda desde comienzos del 2007 a comienzos del 2012, informó The New York Times (//topics.nytimes.com, 19-7-12), al compás del crecimiento de la desocupación.

En el 2007 explotó el globo hipotecario que condujo a la crisis económica mundial que hoy castiga al mundo. Ese año, 2,2 millones de deudores hipotecarios perdieron su departamento o casa en EE.UU. y un millón en el 2010 (//utopianist.com, 18-1-11). Y aun los que trabajan con un salario exiguo no siempre pueden pagar un alquiler. En Orlando, el alquiler promedio de un departamento con dos dormitorios exige que el inquilino gane 18 dólares la hora. Una pareja que labore 40 horas por semana no la puede sufragar con un salario mínimo de 7,67 dólares la hora (//cfl.homeless.wordpress.com, 5-7-12).

En el estado de California hay que ganar 26 dólares la hora para alquilar esa clase de departamento, pero el salario mínimo que perciben muchos es de no más que 8 dólares la hora (//nlihc.org, 2012). No es sólo el desempleo, entonces.

El problema de los sin techo no tenía a comienzos de la década de los ’80 la calidad de endemia que alcanzó después. La tasa de familias neoyorquinas con hijos pequeños echadas a la calle aumentó un 500 por ciento entre 1981 y 1995 (www.eric.ed.gov, enero 1996) y el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano registró en su evaluación correspondiente al 2010 que el 35 por ciento de los homeless del país dormía en albergues del gobierno y de entidades caritativas (//portal.hud.gov, 14-6-11).

Ralph da Costa-Núñez, que fue funcionario del ex alcalde de Nueva York Ed Koch, señaló al ex presidente Ronald Reagan como el culpable de la veloz expansión del fenómeno: “Anuló todos los programas sociales que ayudaban a los pobres. ¿A dónde iban a ir? A la calle, a los albergues. Un día le dije al alcalde Koch que lo que empezaba así iba a permanecer” (www.alternet.org, 16-7-12). En tanto, Reagan mistificaba la cuestión.

“Lo que tenemos en este país –declaró en el programa televisivo TV Good Morning America el entonces presidente de EE.UU.– es un problema que siempre tuvimos, incluso en los mejores tiempos; tal vez somos ahora más conscientes de su existencia, y es la gente que duerme a la intemperie, los sin techo que no tienen techo, se podría decir, por elección” (//abc.go.com, 31-1-84). Sí, desde luego, cómo no. Bill Clinton continuó estas políticas de su predecesor republicano y sus reformas en materia de pobreza no tomaron muy en cuenta a las mujeres y los niños. La ley de ayuda temporaria a las familias necesitadas que se promulgó durante su mandato imponía rigurosas exigencias para acceder a la asistencia y ésta, como lo indica el nombre de la ley, era de limitada duración.

Los niños homeless, en este marco, devienen “los marginados más jóvenes de EE.UU.”, señala el informe del NCFC. “Se han convertido gradualmente –agrega– en una parte descollante de un Tercer Mundo que está emergiendo en nuestra nación. A pesar de que su número crece, los niños sin techo son invisibles para la mayoría de nosotros, no tienen voz ni audiencia. Sin una cama que puedan llamar propia, han perdido seguridad, privacidad y el confort hogareño, así como a sus amigos, pertenencias, mascotas, rutinas reposadas y a sus comunidades. Estas pérdidas producen una experiencia de vida perturbadora que inflige heridas profundas y duraderas.”

Seis estados solamente –de los 50, más el distrito federal, que constituyen la federación estadounidense– han desarrollado estrategias para enfrentar la situación. Otros han diseñado proyectos decenales para resolverla por completo, pero su eficacia está por verse. Se olvida, además, que los niños sin techo pasan hambre y son más proclives a contraer infecciones respiratorias y digestivas, asma, tuberculosis y otras enfermedades. Su desamparo no les permite asistir a clase con regularidad: los cambios de ubicación de sus familias son frecuentes. En este caso, mucho más que en otros y por otras razones, se aplica lo dicho alguna vez por Jean Cocteau: “La infancia sabe lo que quiere. Quiere dejar atrás la infancia”.

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Sin techo y sin cara: imágenes de la crudeza de la vida en la calle

POR PATRICIA KOLESNICOV

Durante los últimos dos años, Dani Yako, reconocido fotógrafo y editor de Clarín, tomó imágenes de gente que vive a la intemperie en la Ciudad. El resultado, una exhibición que impacta y conmueve por su tema y su belleza.

Imagen uno. Sobre la vereda, en plena avenida Caseros.
 

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22/07/12

–¿Una mujer que parece una estatua acostada? –¿Vos decís que es mujer? No lo había pensado.

Sin moverse, sin cruzarse en la vereda, sin cortarle el paso, la ¿mujer? que ¿duerme? en un portal de la calle Tacuarí, se metió hace dos años en la vida del fotógrafo Dani Yako. Quizás no lo sepa nunca. O quizás le llegue esta hoja de diario. Pero así fue: Yako es editor de Fotografía en Clarín y esta persona dormía a unos cien metros de la redacción. Lo que sigue es esperable, sobre todo si uno sabe que Yako (1955) es el autor de Extinción, últimas imágenes del trabajo en la Argentina , un libro con sus fotos –caras tiznadas, manos, herramientas– y textos de Martín Caparrós que trata sobre eso: sobre el fin de muchos trabajos, de una época, de muchas vidas.

Si se sabe esto y se sabe que hace años decidió dejar de manejar y caminar a casi todas partes, si se sospecha que anda siempre con una cámara en el bolsillo, entonces no sorprende cómo empezó todo: “Esa foto me marcó la consigna. Mucho de lo que hay acá tiene que ver con mi vida cotidiana, no es que haya salido a buscar.” El resultado de esos encontronazos fueron sesenta y pico de fotos, de las cuales treinta y dos forman la muestra La calle , que se expone en el Centro Cultural Borges.

Son dos años, en la ciudad de Buenos Aires. Son cartones, bolsas, maderas, colchones, mantas. Algunas piernas, ninguna cara. Paquetes que, se sabe, son gente. Gente embalada. Dos bultos en una glorieta y de fondo, el bello lago de Palermo. Una momia con rastas, en cuclillas, junto a una escalera. Una silla de ruedas al lado de una frazada que cubre a dos personas: “Esto es el Jardín Japonés –dice Yako–. Duermen acá y, de día, el hombre pide en la esquina”.

Después de ese click a la figura de la calle Tacuarí, cuando se metió a trabajar el tema, esto, dice Yako, “no era un tema”. Y de repente “aparece en todas partes”. Datos del gobierno porteño de noviembre hablaban de 876 personas en la calle, sin contar a los chicos ni a quienes van a los paradores. Hace un par de meses, Patricia Malanca, ex directora del Programa Buenos Aires Presente decía que eran unos 1200.

–Primero –dice Yako– mi consigna tenía que ver con los objetos: un colchón dejado, esas cosas. Pero luego sentí que la fuerza radicaba en que hubiese seres humanos. En todas las fotos, aunque en algunas uno tenga que buscarlos, hay un ser humano.

–Pero ninguna cara.

–No, eso fue una consigna. Después, eso dio lugar a discusiones. ¿No mostrar el rostro es negarlos como personas? Tuve dilemas morales. Como que nunca traté con ellos.

–¿Y nadie te increpó? –No, no, yo he aprendido a mimetizarme. Y ando con una camarita que nadie ve. Pero es la primera vez que hago fotos sin consenso y eso me crea conflictos. Es que en este caso tendría que haberlos despertado…

–¿No mostrar las caras es parte de lo mismo? –Le encontré un sentido, quizás tratando de justificarme. Que la fuerza de la foto radica en que todos nos podemos sentir en ese lugar. Que podemos ser nosotros. No ver las caras me hace pensar todo el tiempo en eso. Y mi pánico más grande de todos los pánicos es el pánico de no tener dónde pasar la noche. Ayer (por el martes) era un día…

–Lloviznaba.

–Un frío… Y vi mucha gente en la calle. Un tipo escuchando la radio a una cuadra de casa… Esto no es de esta Ciudad, está en todo el mundo, incluso en algún momento tenía algo romántico, como una elección de automarginarse.

–No parece ser el caso.

–No. Acá parece haber mucha gente. Y yo huí de los lugares donde hay más.

–Estas fotos exceden lo documental, son formas, texturas…

–Hay mucho juego estético. Y siempre pienso: “¿Hasta dónde podés? ¿Cuál es el límite?” Porque ves la imagen que buscás y también ves a alguien que no la está pasando bien.

–¿Y la contradicción es tener una linda foto y una realidad de porquería? –Sí, pero esa es la historia de la fotografía documental. Cuanto más desgarrador, cuanto más se ve, más bella es la foto. Ahí hay una contradicción.

–¿Qué tiene que ver esta muestra con Extinción? –Hace seis, siete años que estoy trabajando con la desocupación, no acá, en “El silencio”, un barrio de Concordia donde nadie tiene trabajo y que está al lado de un basural.

–Como corolario de Extinción. Primero se acaba el trabajo, después hay un barrio de desocupados…

–Sí. El corolario de Extinción sería “El silencio”. Y ahora veo esto como un eslabón.

Por Palermo anda Yako, a pie. De Charcas y Gallo al Jardín Japonés. Y por Constitución. De ahí son las fotos, sobre todo. Una vez se bajó del 12 para hacer una mujer en la vereda del anexo de la Cámara de Diputados. Una casita tenía, en la foto se ven las perchas.

Narra las fotos: acá, todo cerrado, la búsqueda de la privacidad. Acá, alguien en el medio de la vereda, donde hay “un poco de solcito”. Acá uno envuelto en aluminio, “la Guerra de las Galaxias”. Acá, “contra una pared del Museo de Bellas Artes”. Acá “el hombre alfombra”, que “me encanta, me mata”.

Yako trabaja las fotos cuerpo a cuerpo. Saca con film, con cámaras analgógicas, como antes; revela una, dos, cinco copias, hasta que ve lo que vio cuando disparó. Artesanales, son, dice. Si no “no me veo yo”.

Por artesanales, por discreción, las fotos no son enormes. Acá –como si Yako desafiara a los visitantes– para ver, habrá que acercarse. La ñata contra el vidrio, aunque en el Centro Borges no huela a calle.

Acá habrá, quizás, que verse. Como en la última foto, esa en la que la sombra alargada del fotógrafo se acuesta sobre un colchón descuajeringado. De lejos se ve venir un perrito. La calle.


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