Posted by: anotherworldip | 08/04/2012

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Libros y autores

Cómo salir de la depresión

Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, analiza la crisis financiera estadounidense que se inició en 2008 y propone algunas soluciones urgentes para que no se repita la historia

Por Ana María Vara  | Para LA NACION

 

Paul Krugman habla rápido y apasionadamente, pero casi no mueve los brazos. Como un maratonista de elite, controla sus movimientos para ahorrar energía. La estrategia tiene sentido: participa en una carrera de largo aliento, los competidores son muchos y el terreno no resulta neutral. Desde el estallido de la crisis financiera estadounidense en septiembre de 2008, el economista de Princeton y Premio Nobel parece haber asumido como misión representar la posición keynesiana, minoritaria en la academia y en los medios, en el debate sobre las medidas que deberían tomarse para dejarla atrás. ¡Acabemos ya con esta crisis! es una etapa clave de ese recorrido. Krugman es columnista del New York Times y tiene un blog, “The Conscience of a Liberal”, que le permiten intervenir ágilmente en los debates. El formato libro complementa esos medios, y le ofrece dos ventajas: presentar sus argumentos de manera orgánica y sustraerse momentáneamente de la batalla cotidiana, enrevesada y desgastante, con las espadas intelectuales del neoconservadurismo. Ya no se trata sólo de hacer diagnósticos ni de señalar culpables, sino de proponer soluciones. “En su mayoría, la floreciente bibliografía sobre nuestro desastre económico inquiere: ?¿Cómo ha pasado esto?’. Yo, en cambio, me pregunto: ?Y ahora, ¿qué hacemos?'”, desafía Krugman. El centro de su preocupación está un poco escondido en la versión en español, que sustituyó la palabra más fuerte del título en inglés: End This Depression Now!

Una depresión no es meramente una recesión: la segunda puede ser abrupta pero es breve; la primera designa un letargo prolongado de la actividad económica, y puede incluir más de una recesión. El ejemplo es la depresión de 1930, que incluyó dos caídas y dos recuperaciones. En la definición de John Maynard Keynes que cita Krugman, una depresión es “un estado crónico de actividad inferior a la normal durante un período de tiempo considerable, sin tendencia marcada ni hacia la recuperación ni hacia el hundimiento completo”. Krugman teme que se repita la historia. Su pesadilla es la falta de trabajo: el sufrimiento de los 24 millones de estadounidenses desocupados según las nuevas estimaciones, que incluyen no sólo a quienes buscan trabajo activamente, sino también a quienes ya no buscan o que trabajan media jornada cuando quisieran hacerlo a tiempo completo. Esta medición, conocida como U6 y producida por la Agencia Estadounidense de Estadística Laboral, coloca el desempleo de ese país en el 15 por ciento, casi el doble que antes del comienzo de la crisis. “Esto es algo totalmente nuevo en la experiencia de Estados Unidos”, alerta Krugman. El “casi” alude a la depresión de 1930. Queda claro el motivo de su urgencia.

Su propuesta es, ya dijimos, keynesiana: incrementar el gasto público. ¿En un país altamente endeudado por dos guerras? Sí, sin ninguna duda: Krugman cree que el déficit puede aumentar sin representar una amenaza para la economía de su país. Da como ejemplo el alto endeudamiento de Japón en años recientes, y los altos niveles del Reino Unido durante gran parte del siglo XX: ninguno de los dos significó un problema grave porque ambas deudas, como la norteamericana, estaban en las monedas nacionales. ¿No podrían dispararse las tasas de interés, la inflación? Contra muchas predicciones, la rebaja de la calificación de la deuda estadounidense que hizo Standard and Poor’s en 2011 no tuvo ningún efecto. Según Krugman, con los ajustes por inflación, hoy la tasa es negativa: “Los inversores están pagando al gobierno estadounidense para que éste preserve su riqueza”. Divertido, completa: “¡Ah!, y se trata de tasas de interés a largo plazo; así que el mercado no dice que las cosas vayan bien ahora , sino que los inversores no prevén problemas de calado en los años venideros”. Tampoco le preocupa la inflación, a la que llama “amenaza fantasma”: no cree que pueda dispararse y, en cambio, ofrece varios argumentos para sostener que una tasa de inflación ligeramente más elevada sería deseable, tanto en Estados Unidos como en Europa.

Por cierto, Krugman no habla de una crisis global sino “transatlántica”, y dedica un capítulo al Viejo Continente, embarcado con su país en una carrera “de cojos contra rengos”, por la torpeza para responder a la crisis. En ambos casos las políticas fueron de tibio estímulo inicialmente, y de recorte apenas se vieron indicios de una recuperación, en torno a 2010. A la retórica de austeridad, basada en la equivocada equiparación de la economía personal con la de un país, dedica otro capítulo, en el que argumenta contra el “imperativo moral” de los recortes frente a un supuesto “despilfarro fiscal”.

En busca de una explicación a tantos errores, revisa la cuestión del aumento de la desigualdad en los años previos a la crisis: el famoso “1 por ciento” que denuncia el movimiento Occupy Wall Street, cuyos ingresos se han cuadruplicado desde 1980. Según Krugman, a la elite de la elite le fue todavía mejor: el 0,1 y el 0,01 por ciento de la población ha tenido una ganancia de 660 por ciento. Tras analizar posibles explicaciones, se concentra en los conflictos de interés: las “puertas giratorias” y la confluencia de incentivos entre cargos de regulación y posiciones en financieras. Un dato: en 2006, los 25 administradores de los hedge funds mejor pagos ganaron 14.000 millones de dólares, que representa tres veces la suma de las remuneraciones de los 80.000 maestros de la ciudad de Nueva York.

También apunta a la complicidad de buena parte de la academia, que aborrece del keynesianismo y sigue apoyando medidas ortodoxas contra toda evidencia. Habla de una “edad oscura de la macroeconomía” y denuncia la influencia de las fuentes de financiación de los investigadores: “Aunque no fuera más, las preferencias de quienes hacen donaciones a las universidades, la disponibilidad de jugosas becas de investigación y lucrativos contratos de asesoría, etc., sin duda impulsó a la profesión no sólo a alejarse de las ideas keynesianas, sino también a olvidar mucho de lo que se había aprendido en los años treinta y cuarenta”. Está claro que las propuestas de Krugman para Estados Unidos y, en menor medida, para Europa, no son generalizables: no sirven para países que no controlan sus monedas, ni los que deben pagar altas tasas de interés por endeudarse, que necesitan buscar otras fuentes para estimular la economía, como hizo la Argentina. Su mirada, sin embargo, es más abarcadora y más crítica. Forma parte, junto con autores como Joseph Stiglitz, también Premio Nobel, de un movimiento de renovación de las ciencias económicas que reclama una revisión del pensamiento dominante y reivindica un papel para el Estado y la política. La crisis en los países centrales no ha traído sólo sufrimiento: son tiempos interesantes.

HACER CARRERA Y HACER POLÍTICA

Paul Krugman se graduó en Yale a los 21 años y obtuvo su doctorado en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) a los 24. Dio clases en Yale, el MIT, la Universidad de California en Berkeley, la London School of Economics y Stanford, antes de alcanzar su posición actual en Princeton como profesor de economía y relaciones internacionales. En 1991 recibió la reconocida medalla John Bates Clark, y en 2008 el premio Sveriges Riksbank en ciencias económicas en memoria de Alfred Nobel -verdadero nombre del Nobel de Economía otorgado por la Academia Sueca- por su teoría sobre el comercio internacional y la nueva geografía económica, que explica por qué determinadas áreas se especializan en ciertas industrias o productos. En los años noventa se concentró en el estudio de las depresiones, sobre todo la japonesa. Publicó unos 200 papers y dos decenas de libros. Ocupa el puesto 17 entre los economistas más citados y, según el proyecto Research Papers in Economics, el 14 entre los más influyentes.

No siempre le interesó la política: aunque colaboró unos meses con la administración Reagan, inicialmente se dedicó a “hacer carrera” en la universidad. Los excesos de George W. Bush lo impulsaron a intervenir en la arena pública.

Hoy dedica buena parte de su tiempo a discutir sobre cómo hacer frente a la crisis. Su última jugada es el “Manifiesto por el sentido común económico”, para promover “un debate económico racional”, que lanzó en junio junto con el británico Richard Layard y que ya recogió miles de firmas (ver: www.manifestoforeconomicsense.org )..

 

 

¡Acabemos ya con esta crisis!

Por Paul Krugman

Crítica

Trad.: Cecilia Belza y Gonzalo García

272 páginas

 

fuente:

http://www.lanacion.com.ar/1494981-como-salir-de-la-depresion


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