Posted by: anotherworldip | 09/22/2012

11-S

Le Monde Diplomatique - Edicion cono Sur

 

La impronta de una década

Por Juan Gabriel Tokatlian

 

Ante un nuevo aniversario del 11 S, Juan Tokatlian analiza en este prólogo los fenómenos e interrogantes que marcaron la década iniciada con el atentado a las Torres Gemelas en 2001.

os artículos que integran este libro abarcan un conjunto de fenómenos e interrogantes que han marcado la década que simbólicamente se inició el 11 de septiembre de 2001 con los atentados en Estados Unidos: el recurso al terror por parte de actores no estatales (y de algunos gobiernos), la tentación imperial de Washington y su “vía prusiana” de ejercicio hegemónico, la crecientemente peligrosa “excepcionalidad” estadounidense, la perpetua “guerra contra el terrorismo” urbi et orbi, el persistente desequilibrio en la ecuación seguridad-libertad –no sólo en Estados Unidos–, la cada vez más borrosa diferenciación entre George W. Bush y Barack Obama en materia estratégica, el cambiante y turbulento mundo árabe musulmán, la (¿olvidada?) tragedia de los palestinos, los nuevos gambitos geopolíticos en Asia Central, el papel y el aporte de Europa a la progresiva declinación de Occidente, el complejo ascenso de los poderes emergentes en un escenario tendencialmente multipolar mas no necesariamente estable y el lugar de América Latina en un mundo en franca mutación y con alta conflictividad.

A diez años de aquel doble acontecimiento en Nueva York y Washington es posible hacer un balance provisorio que dé cuenta de rupturas y continuidades, de cambios y contradicciones, de ilusiones y perplejidades: los claroscuros de un comienzo de siglo XXI tan sangriento como otras tantas décadas del siglo XX. Un punto de partida obligado tiene que ver con el acto terrorista mismo del 11 S. ¿Fue aquello algo particularmente nuevo? Muchas respuestas afirmativas a esta pregunta se han remitido a la novedad de la localización de dicho acto (Estados Unidos), a la letalidad del mismo (3.000 muertos), a los recursos tecnológicos utilizados (distintos medios facilitados por la globalización) y al fervor religioso (extremismo musulmán ligado a Al Qaeda) de los perpetradores. Sin embargo, aún restan reflexiones más hondas, desprejuiciadas, ponderadas y contextuales. 

Por ejemplo, es bueno recordar que en un septiembre distinto –el de 1970– el marxista y secular Frente Popular para la Liberación de Palestina llevó a cabo la más audaz y sincronizada acción de secuestros de aviones para entonces: desvió por la fuerza un avión de la TWA que había partido de Frankfurt, otro avión de Swissair que había salido de Zurich, un tercer avión de El Al que había despegado de Nueva York y un cuarto avión de Pan Am fue desviado hacia El Cairo. Finalmente, los cuatro aviones fueron destruidos en tierra aunque los cientos de pasajeros de esos vuelos terminaron ilesos después de esa cuádruple y espectacular acción. ¿Qué explica la diferencia entre los dos septiembres? ¿Qué nos indican aquel acto desesperado de 1970 y este acto feroz de 2001? ¿Qué impulsó aquel comportamiento violento pero no cruel de una agrupación ideológica radicalizada que aún conservaba una utopía y la conducta atroz de un grupo inspirado por un fundamentalismo religioso no exento de una mirada conservadora y ante un horizonte carente, al parecer, de futuro?

Una de las paradojas que se fue desarrollando al cabo de muy poco tiempo después de los atentados del 11 S –en esencia, después del ataque contra Irak por parte de Estados Unidos y su “coalición de voluntarios”– consistió en el hecho de que se eclipsó gradualmente el debate sobre lo que algunos autores (por ejemplo, David Rapoport) llaman la “cuarta ola” del terrorismo, sus causas profundas, sus diversas manifestaciones y las formas más sofisticadas para su abordaje, y ganó un espacio elocuente la discusión en torno a la pretensión de primacía incuestionable de Washington en los asuntos mundiales. Indudablemente Estados Unidos vivió en 2001 un “golpe de inseguridad”.

Pero, ¿cuándo se sentirá seguro Estados Unidos? ¿Cuándo se sentirán sus ciudadanos menos angustiados? ¿Cuándo logrará su gobierno atender urgencias que hoy afectan seriamente el futuro de esa potencia? ¿Cuándo se podrá anunciar el fin de su cruzada contra el terrorismo? Al parecer, Washington no puede superar su estado de inseguridad perpetua. Una década después de los atentados del 11 S no se han producido nuevos ataques terroristas en suelo estadounidense y la Casa Blanca (Bush y Obama por igual) ha logrado reubicar la mayor violencia ligada al terrorismo transnacional en donde Estados Unidos considera está su punto de origen: Medio Oriente y Asia Central. En los últimos diez años el número de civiles estadounidenses que han sido víctimas de actos de terror fuera del país es inferior al de las víctimas anuales de tornados y relámpagos en su país. La reciente ejecución de Osama Ben Laden en Pakistán, así como la muerte en Somalia de Fazul Abdullah Mohammed, responsable de los ataques a las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania en 1998, se suman a una larga cadena de acciones orientadas a debilitar a Al Qaeda y a los grupos afines a éste. Visto con un lente pragmático, y centrado en su propio interés nacional, ese conjunto de logros podría estimular un debate interno distinto, una recuperación del tacto diplomático
por sobre el músculo militar y una reflexión estratégica distinta a la del pasado reciente.

Sin embargo, nada de lo sucedido ha modificado la política de seguridad y defensa de Estados Unidos. El total de gastos del Pentágono entre 2001 y 2011 alcanzó los 6,2 billones de dólares, mientras las guerras en Irak y Afganistán han costado 1,26 billones de dólares. A su vez, lo asignado al Departamento de Seguridad Nacional llegó, en esa misma década, a 635.900 millones de dólares. Si a todo lo anterior se agrega el total destinado al Departamento de Energía para armas nucleares (204.500 millones de dólares) se alcanza la astronómica cifra de 8,3 billones de dólares en diez años. Esto equivale a aproximadamente dos veces la suma de los PIB de América Latina y el Caribe y al 57% del PIB de Estados Unidos en 2010. Año tras año, desde el 11 S, los gastos militares de Estados Unidos han ido superando la suma de lo gastado por los otros 191 países con asiento en Naciones Unidas.

En cuanto a los frentes de lucha se produjo una ampliación en los últimos tiempos: a Afganistán e Irak se añadió la intensificación de los ataques con misiles desde aviones no tripulados (los denominados drones), a cargo de la CIA, en Pakistán y el despliegue del mismo tipo de dispositivo de combate en Yemen y Somalia, así como el inicio de una nueva guerra en Libia. En términos de operativos ligados a la “guerra contra el terrorismo” han cobrado más importancia las llamadas Fuerzas de Operaciones Especiales (Special Operations Forces, SOF). Desde 2001 las SOF se han duplicado en hombres, triplicado en presupuesto y cuadriplicado en despliegues: están compuestas por 60.000 hombres, han solicitado un presupuesto de 10.500 millones de dólares para 2012 y se han desplegado en 75 países. En relación con la proyección de su presencia, Estados Unidos ya cuenta con unas 865 bases alrededor del mundo; bases cuyo costo anual de sostenimiento es de 102.000 millones de dólares y que representan el 95% del total de las bases militares desplegadas por el conjunto de los países más allá de sus propias fronteras.

Siempre se podrá esgrimir un argumento plausible para explicar la desmesura militar en la que está inmerso Estados Unidos. Para algunos, y a pesar de la voluntad de cambio del presidente Obama, son muchas las restricciones políticas que lo fuerzan a mostrarse como un hardliner que debe ceder ante la presión de legisladores, gobernadores, banqueros y militares. Para otros, Obama debe operar en un contexto social tan conservador y malhumorado, que su abandono de las promesas electorales debe ser comprendido, pues lo que se puede avecinar es un auge incontrolable de una derecha recalcitrante. Y otros piensan que el debilitamiento económico de Estados Unidos lo llevará, más temprano que tarde, a adoptar políticas menos agresivas y, en consecuencia, hay que esperar a un segundo gobierno de Obama para comprender en toda su dimensión por qué es un mandatario que mereció el Premio Nobel de la Paz. No faltan quienes remarcan que el multilateralismo acotado que Obama ha alentado es una demostración de un nuevo tono estadounidense, abierto a la consulta, así sea más formal que sustantiva, más ocasional que constante. Sin embargo, el meollo del asunto no está en la persona ni en la intención de un individuo, por más que se trate del Presidente de Estados Unidos. El núcleo básico en materia de política exterior y de defensa es un desequilibrio elocuente y peligroso entre militares y civiles y el avance de civiles militaristas. Y en ese sentido, mientras Estados Unidos persista en su estrategia de primacía, el desbalance cívico-militar persistirá y Estados Unidos seguirá sintiéndose inseguro, pues el mundo no se quedará impávido ante los excesos de su poder.

Ahora bien, si en el origen de lo anterior está, como se dijo, el “golpe de inseguridad” vivido por Estados Unidos a raíz de lo hecho por Al Qaeda en septiembre de 2001, el mundo es testigo de un “golpe de desorden” derivado, en gran medida, del comportamiento de Washington después del 11 S. El más reciente ejemplo es Libia; ejemplo que podría tener efectos imprevisibles para el mundo y para América Latina. En cuanto al plano más global, una de las consecuencias más graves que se podrían derivar del caso libio sería concluir que proliferar en materia nuclear es más racional que no hacerlo. Para comprender mejor este argumento hay que regresar a aquel fatídico septiembre. A partir de entonces Estados Unidos redobló sus esfuerzos en aras de la no proliferación, esto es: la preservación, el aumento y la intensificación de los controles sobre los materiales y las tecnologías que pudieran servir, directa o indirectamente, para la fabricación y el despliegue de armas nucleares. Sin embargo, incrementó, más que cualquier otro actor internacional, la contra proliferación, esto es: el conjunto de medidas diplomáticas, militares y de inteligencia orientadas a neutralizar y combatir frontalmente programas activos o potenciales destinados a producir u obtener armas de destrucción masiva.

En ese contexto se debe ubicar la identificación y el asedio sobre lo que se denominó el “eje del mal”. En enero de 2002, en el marco del Discurso sobre el estado de la Unión, el presidente George W. Bush acusó a Irán, Irak y Corea del Norte de apoyar el terrorismo transnacional y de procurar armas de destrucción masiva. En mayo de ese año, el entonces subsecretario de Estado para el Control de Armas y la Seguridad Internacional, John Bolton, agregó a Cuba, Siria y Libia a ese eje maléfico. Desde entonces, los hechos muestran que la tentación por proliferar puede ser la mejor alternativa para algunos Estados. Por ejemplo, a pesar de no disponer de armamento nuclear Cuba sigue siendo objeto de un bloqueo impuesto por Estados Unidos y mantenido por cualquiera sea la administración de turno. En 2003, y sin ninguna evidencia respecto de su presunto arsenal de armamento nuclear, Irak fue invadido y ocupado. En 2007, la Casa Blanca y la CIA confirmaron que Israel había llevado a cabo la “Operation Orchard” consistente en el bombardeo de un sitio en Siria en el cual presuntamente se estaba construyendo un reactor nuclear. Para 2010 se tenía la certeza de que Corea del Norte ya poseía al menos dos cabezas nucleares y contaba con la necesaria capacidad misilística de lanzamiento. En 2011 persiste un impasse internacional respecto al programa nuclear de Irán; programa que se presume, según informes de inteligencia estadounidenses, que en cinco años podría culminar en la construcción de un arma nuclear.

Después del ataque a Irak, el gobierno de Muammar Gadafi anunció en diciembre de 2003 la decisión de renunciar a su iniciativa nuclear, abandonar su proyecto misilístico y desmantelar su arsenal de armas químicas. Durante unos años, Occidente presentó el caso libio como un positivo ejemplo a imitar por parte de Irán y Corea del Norte: desarmar y eliminar programas nucleares con fines militares ponía fin al aislamiento y al ostracismo, facilitaba la reanudación de negocios e intercambios y le devolvía prestigio y reconocimiento a nivel regional y mundial. Pero el reciente ataque aéreo a Libia deja una lección bien distinta para muchos países. Parecería que perder el factor disuasivo que significa contar con un plan nuclear y tener la voluntad de sostenerlo facilita, antes que dificulta, el uso de la fuerza por parte de otros Estados, próximos o distantes. Cualquier abandono de la ambición nuclear sería la antesala a ser percibido como débil y vulnerable. No proliferar no paga; por el contrario, generaría nuevos costos derivados del comportamiento militar de los que supuestamente debieran estar más satisfechos porque se eliminó la amenaza. En breve, es bien probable que varias naciones con capacidad nuclear pacífica miren ahora a Irán y Corea del Norte y concluyan que proliferar desde la periferia es la mejor opción para afrontar una potencial agresión.

En el plano regional el efecto podría ser igualmente inquietante aunque se trata de un asunto distinto. En julio de 2011 Washington decidió referirse a los rebeldes anti-Gadafi –el llamado Consejo Nacional de Transición (CNT)– como el gobierno “legítimo”. Esto modifica una tradición jurídica estadounidense y genera serias dificultades en el terreno del derecho internacional. En efecto, Washington ha reconocido a nuevos Estados pero no a grupos armados que no poseen un control pleno sobre la totalidad del territorio de un país. Esporádicamente Estados Unidos aporta –por ejemplo, en lo que fue el caso de Irlanda– a una solución política negociada en la que opera un bando armado, pero Hillary Clinton fue más allá al reconocer a un grupo insurgente. Aparentemente, la secretaria de Estado procedió sin un categórico fundamento de la consejería legal de su Departamento. Sin embargo, las implicaciones de ese reconocimiento pueden derivar en un dolor de cabeza para la región.

Por años Latinoamérica acompañó a Colombia en el rechazo a admitir el “estado de beligerancia” buscado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), las cuales sostienen que su influencia o control en ciertas zonas limitadas por un largo período de tiempo las avala para recibir ese estatus. Más aún, América del Sur logró el ingreso de Colombia al Consejo de Defensa Sudamericano luego de que el presidente Álvaro Uribe obtuviera la garantía de que sólo serían reconocidas, en sus palabras, “las fuerzas institucionales consagradas por la Constitución de cada uno de los países signatarios”.

La determinación de Estados Unidos respecto al CNT abre una caja de Pandora. Se dirá que lo del reconocimiento no sería aplicable a Colombia pues se trata de un “país amigo”. Pero lo cierto es que la palabra de Washington no debe llamar a una confianza ciega: Libia fue el “ejemplo” a seguir después de desmantelar su programa de armas de destrucción masiva en 2003 y al cabo de siete años fue objeto de una guerra. Pero a su vez otros países pueden imitar a Estados Unidos como ya ocurre con la doctrina del “ataque preventivo”: después de lo sucedido en Irak en 2003 varias naciones –en especial en Asia– se reservan su versión de esa doctrina si lo consideran adecuado. En síntesis, el manejo del caso libio refleja, una vez más, que Washington tiende a convertirse en una fuente de desorden en la búsqueda de su propia seguridad y en aras de salvaguardar exclusivamente sus intereses nacionales.

En este contexto, el rol de Europa aparece, al menos visto desde América Latina, más desdibujado. Hay señales nítidas de la desorientación europea. Pero, ¿en qué momento ingresó Europa en un laberinto en el que parece atrapada? ¿Esa desorientación tiene que ver con el 11 S y sus efectos? ¿Con las experiencias en materia de atentados terroristas vividas en territorio europeo? ¿La Unión Europea (UE) fue forzada a ingresar a dicho laberinto?

Una lectura con una perspectiva de mediano plazo y mediante un enfoque comparativo con otras regiones parece indicar que los acontecimientos (propios y ajenos) ligados al terrorismo transnacional de alcance global poco tienen que ver con el ingreso a un laberinto. Hay que remontarse un poco más atrás. La UE delineó, en buena parte, su suerte con el fin de la Guerra Fría. En 1990-1991 la Unión Europea tuvo a su alcance varias alternativas y escogió, probablemente, las menos adecuadas: nadie obligó a los líderes europeos del momento a adoptar el conjunto de decisiones que finalmente prefirieron. No hubo un destino prefigurado.
Sí es evidente que existió y existe un sendero que se fue labrando y cuyos resultados son hoy palpables: una Europa extraviada, una Europa menos justa, solidaria y autónoma.

Los europeos pudieron acordar entre sí dos conductas bien diferentes frente a la implosión de la Unión Soviética (URSS): seguir aferrados al fantasma del “peligro rojo” todavía vigente en Occidente y acompañar, así sea pasivamente, a Estados Unidos en su actitud “victoriosa” ante el humillante colapso de la URSS, o bien recuperar sus tradiciones más pluralistas y avanzadas y contribuir activamente a una pronta reconstrucción rusa. Pudo entonces empujar sus fronteras hasta los límites de Rusia –y tácitamente alentar los peores miedos de una escuálida Moscú– o tender un puente estratégico para atraer a los rusos hacia su seno. En aquellas circunstancias Europa probó ser más anticomunista que progresista.

Ante la oportunidad de asegurarse, con sus importantes recursos de la época, una gradual autonomía militar o seguir supeditada –y condicionada casi inexorablemente– al paraguas estadounidense a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), los europeos eligieron la segunda alternativa. Siempre se podrá argumentar que Europa era fiel, en aquel contexto, a una doble convicción: reforzar su poder social interno y atestiguar su estatura de potencia moral internacionalmente. Sin embargo, ese tipo de razonamiento es insuficiente o, al menos, muy relativo: los europeos siempre han sabido que el poderío militar propio –así sea elemental– es indispensable para ser un actor gravitante en la política mundial. Recostarse en Estados Unidos y en una OTAN que ya no era tan vital con la disolución de la URSS fue una determinación consciente de quien acepta, extrañamente, que en materia militar ser pigmeo y free rider es bueno en el largo plazo.

Entre la profundización o la ampliación de su exitosa experiencia de integración posterior a la Segunda Guerra Mundial la UE se inclinó por la ampliación. Entre una Europa con más ciudadanía y una Europa de nuevos negocios la elección fue clara: se aceleró el ingreso de miembros a la Unión pero en medio de un paulatino desmantelamiento del Estado de Bienestar. Cuando se debió optar entre una arquitectura política más democrática y la preservación de una tecnocracia ajena a la rendición de cuentas, Europa se conformó con la segunda opción. Ante el auge sostenido de Asia y las recurrentes “burbujas” de corto plazo en Estados Unidos, Europa enfrentó un dilema: rediseñar un modelo industrial y productivo o asimilar, a su modo, un esquema financiero y especulativo. La UE cedió ante las fuerzas del mercado menos productivas y más despilfarradoras. En vez de gestar una base fiscal homogénea, las autoridades económicas de Europa decidieron apresurar la creación de una moneda común. Cuando Europa pudo –y debió– consensuar más y mejor políticas intra-región que, entre otros objetivos, robustecieran el bienestar de sus sociedades, elevaran realmente la calidad de su educación e incrementaran sensiblemente las inversiones en ciencia y tecnología, la UE proclamó una nunca realizada política exterior y de defensa común.

Después del 11S las equivocaciones europeas fueron en aumento. Es sorprendente cómo dejó prosperar la idea, de cuño estadounidense, de una “Nueva” Europa y una “Vieja” Europa. Es igualmente llamativo cómo una UE cada vez más dividida fue perdiendo la brújula en materia militar (en Asia Central y Medio Oriente) y en cuestiones humanitarias (en el norte de África). Europa sigue reaccionando frente a las solicitudes de acompañamiento militar de Washington y ante las crisis humanitarias de acuerdo a su tradición imperial; esto es, intervenir en algunas ex colonias y en viejas áreas de influencia si hay cuestiones clave (recursos estratégicos, por ejemplo) en juego o evitar la injerencia si la realpolitik indicaba que otros intereses circunstanciales (domésticos o externos) así lo sugerían. La estela de muertos no europeos en Irak, Afganistán, Libia y otros sitios en que la coalición occidental ha intervenido es tan dramática que habría que denominar al despliegue de fuerzas en esos lugares como un modelo de la irresponsabilidad de desproteger.

La resultante electoral de lo señalado es, emblemáticamente, la siguiente: a fines del siglo XX en la UE de los 15, 11 de esos 15 países eran gobernados por partidos de centro-izquierda. Eso equivalía al 73%. En la actualidad en la UE de los 27, en sólo 5 países –España, Grecia, Austria, Eslovenia y Chipre– hay gobiernos de leve inspiración progresista. Eso equivale al 18%, un porcentaje que próximamente se podría reducir todavía más después de los profundos ajustes de España y Grecia. Una Europa de las derechas se enfrentará, quizás, con los fantasmas de su pasado. Ese escenario, eventualmente, además de no ser bueno para los europeos sería malo para el mundo.

Mientras tanto, América Latina sigue –una vez más– mostrando sus peculiaridades. Por ejemplo, desde el 11 de septiembre de 2001 a la fecha Latinoamérica es la única región en el mundo que no ha padecido un acto terrorista perpetrado por Al Qaeda o los grupos afines a él (1). Desde ese día Europa (por ejemplo, Montenegro en 2006 y Kosovo en 2008), África (el reciente referendo de escisión de Sudán), Asia (el reconocimiento en 2008 de Rusia y otros países de Osetia del Sur y Abjasia), y el Pacífico (el caso de Timor Oriental en 2002) han conocido nuevos Estados: Latinoamérica no vivió tal situación a pesar de los impulsos secesionistas en ciertos países (por ejemplo, Bolivia). Desde aquella fecha América Latina no ha sido testigo –como sí lo fueron otras regiones del planeta– de conflictos armados entre Estados, preservando así la tradición de ser en los últimos ciento cincuenta años la región más pacífica del mundo. Desde aquellos atentados terroristas en suelo estadounidense Sudamérica, en particular y a través de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), pudo resolver, mediante la diplomacia, complejas tensiones intra e inter-estatales sin la participación de Washington. Pero América Latina conoció en la última década la expansión explosiva del crimen organizado a lo largo y ancho de su territorio. Asimismo, vivió cuatro golpes de Estado (Venezuela en 2002, Haití en 2004, Honduras en 2008 y Ecuador en 2010) que corrieron suertes diversas. Y además, América Latina, cuyo aumento en gastos de defensa había sido del 3,7% anual entre 2001-2009, se convirtió en la región con el mayor incremento de los mismos (5,8%) en 2010.

Esta dualidad regional se ha expresado en otros terrenos y refleja una constante que, seguramente, persistirá por un largo tiempo. En todo caso, y ante un entorno internacional crítico –por la persistencia de la crisis económico-financiera iniciada en septiembre de 2008– y conflictivo –con hotspots por doquier– América Latina debería persistir en sus esfuerzos históricos de preservar su condición de zona de paz. La década posterior al 11 S se presenta como un período cuya impronta ha sido la ascendente pugnacidad en distintos terrenos (estatales y no gubernamentales, nacionales e inter-estatales) en el marco de una acelerada redistribución de poder (de Occidente a Oriente, de Norte a Sur). En esa dirección, la región enfrenta grandes retos y nuevas oportunidades. Ahora bien, como pocas veces antes, América Latina goza de un espacio de autonomía relativa que bien puede contribuir a maximizar sus intereses y a lograr neutralizar potenciales costos. Pero ello dependerá, en gran medida, de nosotros mismos.

1. Cabe señalar, sin embargo, que a principios de la década del noventa Argentina padeció dos atentados –contra
la Embajada de Israel y luego contra la Asociación Mutual Israelita de Argentina (AMIA)– por parte del terrorismo
transnacional. Ambos casos siguen impunes.

 

*Este texto fue originalmente publicado como prólogo del libro A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo.

El libro incluye una destacada selección de artículos de Noam Chomsky, Eric Hobsbawm, Howars Zinn, Edward Said, José Saramago, Ignacio Ramonet, Slavoj Žižek, Serge Halimi, Mario Rapoport y otros.

 

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Ficha del libro

Cómo cambió el mundo
A diez años del 11 de Septiembre
Noam Chomsky y otros
Capital Intelectual, 2011
272 páginas

fuente: http://www.eldiplo.org/lanzamientos/la-impronta-de-una-decada


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