Posted by: anotherworldip | 12/17/2012

u.eco

Perdimos la capacidad de aceptar la muerte

POR UMBERTO ECO FILOSOFO Y ESCRITOR ITALIANO

Nos entrenaban con religión y literatura. Pero ahora, el fin se parece a un espectáculo.

La revista mensual francesa Syndicate Magazine Littéraire consagró su número de octubre a un solo tema: cómo trata la literatura el tópico de la muerte .

Quizás el problema actual esté arraigado en el hecho de que ahora se leen menos libros que en generaciones pasadas. Pero, sea cual fuere la causa, hemos perdido la capacidad de aceptar la muerte . La religión, la mitología y los rituales antiguos hacían a la muerte, si no menos temible, al menos sí más familiar para nosotros . A través de las celebraciones fúnebres, los gemidos de los dolientes y la gran misa de réquiem nos íbamos acostumbrando a la muerte . Nos preparaban para ella con sermones sobre el infierno e incluso de niño me alentaban a leer porciones del “Compañero de la Juventud”, que abordaba el tema de la muerte. Ese texto, un manual de oraciones editado por un sacerdote del siglo XIX, Don Bosco, era un recordatorio de que no sabíamos dónde ni cómo iba a venir la muerte por nosotros: en nuestra cama, en el trabajo, en la calle, con un aneurisma roto, fiebre, un terremoto o algo por completo diferente . En ese momento sentiremos que se nos nubla la cabeza, nos dolerán los ojos, tendremos la lengua reseca, la mandíbula caída, el pecho pesado, la sangre congelada, la carne consumida, el corazón atravesado. De ahí la necesidad de practicar lo que Don Bosco llamaba el ejercicio para una muerte feliz.

Eso era sadismo puro. Pero, ¿qué les enseñamos a nuestros contemporáneos hoy en día?

Que la muerte ocurre lejos de nosotros, en los hospitales; que los dolientes no tienen necesariamente que acompañar al ataúd al cementerio; que ya no vemos a la muerte.

O, más bien, que la vemos continuamente: personas golpeadas, baleadas o despedazadas en explosiones; hundidas en el fondo del río con los pies envueltos en concreto; tiradas sin vida en la acera, con la cabeza rodando en la cuneta. Pero esos no son ni prójimos ni queridos: son actores.

La muerte es un espectáculo; por supuesto en el cine y la televisión, pero también en la vida real.

Devoramos las noticias de los medios sobre la muchacha que fue violada y asesinada, o sobre las víctimas de un asesino serial. No vemos los cuerpos torturados, pues eso nos recordaría a la muerte en sí. Más bien vemos a los amigos llorosos que llevan flores a la escena del crimen u organizan una vigilia a la luz de las velas. O, mucho más sádico, vemos a los reporteros que tocan a la puerta de una madre en duelo para preguntarle qué sintió al enterarse del asesinato de su hija.

La muerte en sí se muestra sólo de manera indirecta, a través del dolor de los amigos y los padres, lo que nos afecta menos visceralmente.

La muerte ha desaparecido de nuestro horizonte de experiencia inmediato. El resultado es que habrá más gente aterrada cuando llegue el momento de enfrentarse al hecho que ha sido nuestro destino desde el nacimiento. Un destino que los hombres sabios dedican toda su vida a aceptar.

Copyright Umberto Eco / L’Espresso, 2012.

 


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