Posted by: anotherworldip | 12/24/2012

china

CHINA

Revueltas obreras

ELI FRIEDMAN

 

La clase obrera china representa un doble papel en el imaginario político del neoliberalismo. Por un lado, aparece como la vencedora competitiva de la globalización capitalista, el gigante arrasador cuyo ascenso supone la derrota de los trabajadores del mundo rico. ¿Qué expectativas tienen las luchas obreras en Detroit o Rennes cuando el emigrante de Sichuán está feliz de poder trabajar por una fracción de sus salarios? Por otro lado, los trabajadores chinos se presentan al mismo tiempo como pobres víctimas de la globalización, encarnación de la conciencia de culpa de los consumidores del primer mundo: semiesclavos pasivos y explotados, sufren estoicamente para que nosotros gocemos de nuestros teléfonos inteligentes y nuestras toallas de baño. Y somos nosotros los únicos que podemos salvarles, absorbiendo sus flujos exportadores o batallando caritativamente por que reciban un trato humano por parte de “nuestras” multinacionales.

Para una parte de la izquierda del mundo rico, estas dos narrativas opuestas se justifican porque entienden que en nuestras sociedades la resistencia de los trabajadores está condenada al cubo de basura de la historia. Para ella, esa resistencia es, ante todo, perversa y decadente: ¿qué autoriza a los mimados trabajadores del Norte, con sus problemas “primermundistas”, a exigir reivindicaciones materiales a un sistema que ya les ofrece tanta abundancia generada por los parias de la Tierra? Y en cualquier caso, la resistencia a una fuerza competitiva tan grande tiene que ser forzosamente inútil.

Al presentar a los trabajadores chinos como “otros” –subalternos abyectos o contrincantes competitivos–, falsean de forma flagrante la realidad del mundo laboral de la China actual. Lejos de cantar victoria por su supuesto triunfo en la globalización, los obreros chinos se enfrentan a las mismas brutales presiones competitivas que los trabajadores de Occidente, a menudo a manos de los mismos capitalistas. Es más, no se puede decir que se distingan de nosotros por su estoicismo, ni mucho menos: hoy, la clase obrera china está luchando. Tras más de treinta años de reforma de mercado impulsada por el Partido Comunista, China es sin duda alguna el epicentro de la conflictividad laboral mundial. Aunque no existen estadísticas oficiales, la verdad es que en este país se producen miles, por no decir decenas de miles, de huelgas todos los años. Todas ellas son huelgas salvajes, ya que este derecho no está legalizado en China. Así, es probable que en un día cualquiera estén en produciéndose media docena a varias decenas de huelgas en algún lugar.

Además, lo importante es que los trabajadores están ganando, y muchos huelguistas consiguen grandes aumentos salariales por encima y más allá de lo que prevé la legislación. La resistencia obrera supone un grave problema para el Estado y el capital chino y, como ocurrió en EE UU en la década de 1930, el gobierno central se ha visto forzado a promulgar un montón de normas laborales. Los salarios mínimos suben en proporciones superiores al 10 % en ciudades de todo el país y numerosos trabajadores reciben prestaciones de seguridad social por primera vez. La conflictividad laboral ha estado creciendo durante dos décadas, y los dos últimos años han sido testigos de un avance cualitativo de la naturaleza de las luchas obreras.

Pero si la experiencia de los trabajadores chinos encierra algunas lecciones para la izquierda del norte, definirlas exige un análisis de las condiciones insólitas a que se enfrentan y que dan pie tanto a un gran optimismo como a un gran pesimismo.

De la lucha defensiva…

A lo largo de las dos últimas décadas de revuelta se ha configurado un abanico relativamente coherente de tácticas de resistencia obrera. Cuando surge un conflicto, lo primero que suelen hacer los trabajadores es hablar directamente con la dirección de la empresa. En esta fase, sus reivindicaciones caen casi siempre en saco roto, sobre todo si son de naturaleza salarial. Las huelgas, en cambio, dan resultado. Sin embargo, nunca las organizan los sindicatos oficiales, que están formalmente subordinados al Partido Comunista y suelen estar controlados por la dirección de cada empresa. En China, todas las huelgas son autoorganizadas, a menudo en oposición directa al sindicato oficial, que anima a los trabajadores a canalizar sus protestas a través de los cauces oficiales.

Los mecanismos legales, que incluyen la mediación en el lugar de trabajo, el arbitraje y el recurso judicial, tratan de individualizar los conflictos. Esto, combinado con la colusión del Estado con el capital, supone que este sistema en general no puede satisfacer las reivindicaciones de los trabajadores, ya que está destinado en gran medida a prevenir las huelgas. Hasta 2010, el motivo de huelga más común de los trabajadores era el impago de los salarios. En esas huelgas, la reivindicación era clara: pagadnos el salario que nos corresponde. Las demandas de mejora más allá y por encima de la normativa legal eran escasas. Dado que el incumplimiento de las leyes era y sigue siendo endémico, había terreno abonado para esas luchas defensivas.

Al comenzar las huelgas, los trabajadores suelen dejar de lado las herramientas y permanecer dentro de la fábrica, o al menos dentro del recinto. Sorprendentemente, el recurso a los esquiroles es muy escaso en China, por lo que tampoco suelen organizarse piquetes./1 Cuando la dirección se muestra recalcitrante, los trabajadores a veces intensifican la presión saliendo a la calle. Esta táctica apela al gobierno: al alterar el orden público, llaman inmediatamente la atención de las autoridades. A veces, los manifestantes se dirigen a las oficinas de la administración local o simplemente cortan el tráfico. Esta forma de lucha es arriesgada, ya que el gobierno puede apoyar a los huelguistas, pero con la misma frecuencia recurre a la represión. Aunque al final se llegue a un acuerdo, las manifestaciones públicas dan lugar a menudo a la detención, el apaleamiento y el encarcelamiento de los organizadores.

Todavía más arriesgados, pero bastante comunes, son los sabotajes, daños materiales, disturbios, ataques a los directores de la empresa y enfrentamientos físicos con la policía. Estas formas parecen producirse sobre todo en respuesta a los despidos masivos o las quiebras. A finales de 2008 y comienzos de 2009 hubo una serie particularmente intensa de enfrentamientos en respuesta a los despidos masivos en empresas exportadoras a raíz de la crisis económica de Occidente. Como veremos más adelante, los trabajadores parecen estar adquiriendo conciencia del papel antagonista que desempeña la policía. De todos modos, el telón de fondo de todos estos cambios lo constituye un aspecto muchos menos espectacular de este abanico de formas de resistencia: cada vez más, los migrantes internos se niegan a aceptar los puestos de trabajo indignos a los que antes solían acudir en masa en la industria transformadora y exportadora del sudeste del país.

En 2004 empezó a escasear la mano de obra, y en un país que todavía cuenta con más de 700 millones de habitantes en zonas rurales, la mayoría de observadores pensaron que sería un fenómeno pasajero. Ocho años después está claro que está produciéndose un cambio estructural, y hay un acalorado debate entre economistas sobre las causas de la escasez de mano de obra (debate que no voy a reproducir aquí). Base decir que buena parte de los empresarios de las provincias costeras de Guangdong, Zheyiang y Yiangsu no han sido capaces de atraer y retener a trabajadores. Al margen de las razones concretas, lo que hay que destacar es que la escasez ha empujado al alza los salarios y reforzado la posición de los trabajadores en el mercado, una ventaja que estos han sabido aprovechar.

… a la lucha ofensiva

En el verano de 2010 se produjo una inflexión en forma de una memorable ola de huelgas que comenzó en la fábrica de transmisiones de Honda en Nanhai. Desde entonces ha cambiado la naturaleza de la resistencia obrera, como han señalado numerosos analistas. Sobre todo, las demandas de los trabajadores han dejado de ser defensivas –reclamando aumentos salariales superiores a lo que les reconoce la ley– y en muchas huelgas han exigido elecciones libres de sus representantes sindicales. No han propuesto crear sindicatos independientes al margen de la Federación China de Sindicatos (el sindicato oficial), ya que esto provocaría sin duda la represión violenta del Estado. Sin embargo, la insistencia en las elecciones supone la germinación de reivindicaciones políticas, aunque solo se planteen a nivel de empresa.

El detonante de la oleada de huelgas fue la lucha en la fábrica de Nanhai, donde los trabajadores estuvieron quejándose durante semanas de los bajos salarios y barajando la idea de organizar un paro. El 17de mayo de 2010, apenas ninguno de ellos sabía que un único obrero –identificado desde entonces en muchas informaciones de prensa por el alias de Tan Zhiqing– llamaría a la huelga por iniciativa propia pulsando simplemente el botón de alarma general, parando de golpe las dos cadenas de producción de la factoría. Los trabajadores salieron de la fábrica y aquella tarde la dirección les rogó que volvieran al trabajo y se sentaran a negociar. De hecho, la producción se reanudó ese mismo día y los trabajadores plantearon su reivindicación inicial: un aumento salarial de 800 yuanes al mes (algo menos de 100 euros), lo que suponía un incremento del 50 % para los empleados fijos.

Después formularon más demandas, como la “reorganización” del sindicato oficial de la empresa, que prácticamente no les había prestado ningún apoyo, o la readmisión de dos compañeros despedidos. Durante las conversaciones, los trabajadores volvieron a abandonar las naves, y al cabo de una semana de huelga todas las plantas de montaje de Honda en China tuvieron que parar debido a la falta de piezas. Mientras, las noticias de la huelga de Nanhai echaron leña al fuego del amplio malestar existente entre los trabajadores industriales de todo el país. Los titulares de la prensa china de entonces reflejan la evolución de los acontecimientos: “Cada ola es más grande que la anterior: también estalla la huelga en la fábrica de cerraduras de Honda”; “En la ola de huelgas de Dalian han participado 70.000 trabajadores de 73 empresas, que consiguen un aumento del 34,5 %”; “ Las huelgas en Honda por aumentos salariales son un golpe para el modelo de fabricación a bajo coste”. En cada huelga, la reivindicación principal se centraba en la demanda de aumentos salariales cada vez mayores, aunque en muchas también se plantearon reivindicaciones de reorganización sindical, lo que suponía un avance político de gran importancia.

Una de estas huelgas “clónicas” destacó especialmente por su combatividad y su grado de organización. Durante el fin de semana del 19 y 20 de junio, un grupo de hasta 200 trabajadores de la empresa japonesa Denso, que fabrica componentes de automóvil para Toyota, se reunieron clandestinamente para discutir planes. En la reunión decidieron una estrategia de “tres noes”: durante tres días no habría actividad, ni reivindicaciones ni representantes. Sabían que al interrumpir la cadena de suministro, la planta de montaje vecina de Toyota tendría que parar en cuestión de días. Al comprometerse a parar durante tres días sin reivindicaciones, anticiparon pérdidas crecientes tanto para Denso como para la cadena de producción más amplia de Toyota. El plan funcionó. El lunes por la mañana iniciaron la huelga saliendo a la calle y cerrando el paso a los camiones que se llevaban las piezas. Esa misma tarde ya tuvieron que parar otras seis fábricas de la misma zona industrial y al día siguiente la falta de piezas forzó el cierre de la planta de montaje de Toyota. Al tercer día, tal como habían planeado, los trabajadores eligieron a 27 representantes y entablaron negociaciones con la reivindicación central de un aumento salarial de 800 yuanes. Al cabo de tres días de negociaciones con el consejero delegado de Denso, que había acudido desde Japón, se anunció que habían conseguido ese aumento.

Si el verano de 2010 se caracterizó por una resistencia radical pero relativamente ordenada al capital, el verano de 2011 trajo dos revueltas masivas contra el Estado. En la misma semana de junio de ese año 2011, inmensos disturbios agitaron las zonas industriales urbanas de Chaozhou y Guangzhou, que causaron daños materiales amplios y selectivos. En la ciudad de Guxiang, en Chaozhou, un trabajador sichuanés que exigió el pago de salarios atrasados fue atacado brutalmente por una banda de matones y su antiguo jefe. En respuesta a esta agresión, miles de trabajadores inmigrantes empezaron a manifestarse ante la sede del gobierno local; muchos de ellos habían estado soportando años de discriminación y explotación por parte de los empresarios en connivencia con las autoridades. La protesta estuvo organizada supuestamente por una “casa de Sichuán”, una de las organizaciones de tipo mafioso que habían proliferado en un entorno en que no estaba reconocido el derecho de asociación. Después de rodear la sede oficial, los inmigrantes centraron su ira en los lugareños, que ellos consideraban que los habían discriminado. Después de quemar docenas de coches y saquear tiendas, intervino la policía armada para poner fin a los disturbios y disolver los grupos de vigilancia organizados por los habitantes locales.

Justo una semana después, a las afueras de Guangzhou, en Zengcheng, tuvo lugar una revuelta todavía más espectacular. Una mujer embarazada de Sichuán que vendía productos en una acera fue agredida por agentes de policía, que llegaron a tirarla violentamente al suelo. De inmediato, entre los trabajadores de las fábricas de la zona comenzaron a correr rumores de que la mujer había abortado a raíz de la agresión; pronto dejó de importar si este fue el caso o no. Soliviantados por otro incidente de violencia policial, los obreros indignados protagonizaron disturbios en todo Zengcheng durante varios días, quemando una comisaría de policía, enfrentándose a la policía antidisturbios y bloqueando una carretera nacional. Al parecer, otros inmigrantes de Sichuán acudieron a Zengcheng desde Guangdong para unirse a la protesta. Finalmente intervino el Ejército de Liberación Popular para poner fin a la insurrección, enfrentándose a los manifestantes con fuego real. A pesar de los desmentidos del gobierno, es probable que hubiera muertos en la refriega.

En pocos años, la resistencia obrera ha pasado de la defensiva a la ofensiva. Incidentes menores como los mencionados han desencadenado revueltas masivas que reflejan un malestar generalizado. Además, la ya endémica escasez de mano de obra en zonas costeras revela la existencia de cambios estructurales más profundos que han cambiado también la dinámica del movimiento obrero. Todo esto supone un grave desafío para el modelo de desarrollo basado en la exportación y en los bajos salarios que ha caracterizado hasta ahora la política económica de las regiones costeras del sudoeste de China desde hace más de dos décadas. Al término de la oleada de huelgas de 2010, comentaristas de los medios de comunicación chinos declararon que la era de la mano de obra barata había llegado a su fin.

El callejón sin salida político

Sin embargo, si estas conquistas materiales alientan el optimismo, la arraigada despolitización hace que los trabajadores no puedan sacar mucho partido de esas victorias. Cualquier intento de articular alguna reivindicación política explícita es aplastado al instante por la derecha y sus aliados gubernamentales, que sacan a relucir el espectro del “señor del desgobierno”: ¿de verdad queréis volver al caos de la Revolución Cultural? Si en Occidente “no hay alternativa”, en China hay dos alternativas oficiales: o bien una tecnocracia capitalista engrasada y eficiente (la fantasía singapurense), o bien la violencia política salvaje y profundamente irracional. A resultas de ello, los trabajadores se someten conscientemente a la separación impuesta entre luchas económicas y políticas y califican sus demandas de económicas, jurídicas y acordes con la ideología idiotizante de la “armonía”. Lo contrario provocaría una dura represión por parte del Estado.

Los trabajadores pueden conseguir un aumento salarial en una fábrica, o la garantía de prestaciones sociales en otra, pero esta clase de protestas dispersas, efímeras y desubjetivizadas no ha logrado cristalizar en ninguna forma duradera de organización capaz de disputar la hegemonía al Estado o al capital a nivel de clase. El resultado es que cuando el Estado interviene en nombre de los trabajadores –bien en apoyo de las reivindicaciones inmediatas durante las negociaciones en torno a una huelga, bien promulgando leyes que mejoran su situación material–, su imagen de “Leviatán benevolente” se ve reforzada: ha hecho esas cosas no porque los trabajadores las reclamaran, sino porque se ocupa de los “grupos débiles y desfavorecidos” (como se califica a los obreros en el terminología oficial).

Sin embargo, si el Estado es capaz de sostener que los trabajadores son de hecho “débiles” es gracias a la separación ideológica de causa y efecto en el plano simbólico. Visto el éxito relativo de este proyecto, la clase obrera es un agente político, pero está alienada de su actividad política propia. Es imposible comprender cómo se mantiene esta situación sin entender la posición social y política actual de la clase obrera. El obrero chino de hoy está muy lejos de los proletarios heroicos e hipermasculinizados de los carteles de propaganda de la Revolución Cultural. En el sector público, los trabajadores nunca fueron “dueños de la empresa”, como se afirmaba oficialmente, aunque tenían garantizado el empleo de por vida y su empresa también sufragaba el coste de la reproducción social prestándoles vivienda, educación, asistencia sanitaria, pensión de vejez e incluso servicios nupciales y funerarios.

En la década de 1990, el gobierno central emprendió una política de privatización masiva, desmembrando o dejando de subvencionar a muchas empresas públicas, lo que provocó importantes dislocaciones sociales y económicas en el “cinturón de óxido” del noreste de China. Aunque las condiciones materiales de los trabajadores en las empresas públicas que quedan siguen siendo mejores en términos relativos, actualmente estas empresas se gestionan cada vez más de acuerdo con la lógica de la maximización de beneficios. Reviste un mayor interés inmediato la “nueva” clase obrera, compuesta por habitantes del medio rural que emigraron a las ciudades del “cinturón del sol” en el sudeste. Con el comienzo de la transición al capitalismo a partir de 1978, los campesinos resultaron al principio favorecidos, ya que el mercado fijaba precios más altos para los productos agrarios que los que había establecido el Estado en el pasado. Sin embargo, a mediados de la década de 1980, estos avances empezaron a desvanecerse a causa de la inflación galopante, de modo que la población rural se puso a buscar nuevas fuentes de ingresos. Cuando China abrió sus puertas a la fabricación orientada a la exportación en las regiones de la costa sudoriental, estos campesinos se convirtieron en obreros emigrantes.

Al mismo tiempo, el Estado descubrió que una serie de instituciones heredadas de la economía de “ordeno y mando” eran útiles para intensificar la acumulación privada de capital. La principal era el hukou o sistema de empadronamiento, que vinculaba las prestaciones sociales individuales a un lugar concreto. El hukou es un instrumento administrativo complejo y cada vez más descentralizado, pero la clave está en que institucionaliza la separación territorial y social entre las actividades productivas y reproductivas de los trabajadores migrantes, es decir, entre su vida laboral y su hogar y vida familiar. Esta separación ha condicionado todos los aspectos de las luchas de los trabadores migrantes. Las y los jóvenes migrantes van a las ciudades a trabajar en fábricas, restaurantes y tajos, dedicarse a la pequeña delincuencia, a la venta callejera de alimentos, a la prostitución. Sin embargo, el Estado nunca ha considerado que los migrantes sean formalmente iguales a los residentes de las ciudades o que puedan permanecer en estas a largo plazo.

Los migrantes no tienen acceso a ninguno de los servicios públicos de que gozan los residentes de las ciudades, como asistencia sanitaria, vivienda y educación. Requieren un permiso oficial para permanecer en la ciudad, y durante la década de 1900 y los primeros años de la de 2000 hubo muchos casos de migrantes que fueron detenidos, maltratados y “deportados” por carecer de papeles. Por lo menos durante una generación, el objetivo primordial de todo trabajador migrante era ganar tanto dinero como fuera posible antes de volver a la aldea a mitad de camino entre los veinte y los treinta años de edad, casarse y fundar una familia.

Existen también otros mecanismos formales para impedir que los migrantes se instalen duraderamente en las ciudades. El sistema de seguridad social (incluido el seguro de enfermedad, pensiones de vejez, desempleo, maternidad y accidentes de trabajo) está organizado a escala municipal. Esto significa que los pocos migrantes que tienen la suerte de contar con un seguro social apoyado por su empresa  cotizan a un sistema del que nunca se beneficiarán. Si no hay “portabilidad” del derecho a pensión, ¿por qué iba el trabajador migrante a reclamar su mejora? Por tanto, las reivindicaciones de los trabajadores se centran, lógicamente, en cuestiones salariales inmediatas. Así, en el plano subjetivo, los migrantes no se consideran “obreros” ni creen que forman parte de la “clase obrera”. Se autocalifican de mingong, o campesinos-trabajadores, y se dedican a “vender trabajo” (dagong) en vez de tener un oficio o una carrera profesional. Puede que el carácter temporal de esta relación con el trabajo sea la norma en tiempos del capitalismo neoliberal, pero la tasa de fluctuación del personal en muchas fábricas chinas es asombrosa, superando en ocasiones el 100 % anual.

Las repercusiones de todo ello en la dinámica de la resistencia obrera han sido inmensas. Por ejemplo, se conocen muy pocas luchas en relación con la duración de la jornada. ¿Por qué iban a querer los trabajadores permanecer más tiempo en una ciudad que les rechaza? El “equilibrio entre vida laboral y vida familiar” no interesa para nada a un migrante de 18 años de edad que trabaja en una fábrica de las afueras de Shanghái. En la ciudad, los migrantes viven para trabajar, no en el sentido de autorrealización, sino en un sentido muy literal. Si un trabajador asume que a fin de cuentas no hace más que ganar dinero para llevárselo finalmente a casa, no tiene motivos (ni oportunidades) para pedir más “tiempo libre” que tendrá que pasar en la ciudad.

Otro ejemplo: todos los años aumenta el número de huelgas en el sector de la construcción justo antes del Año Nuevo chino. ¿Por qué? Esta festividad es la única en que la mayoría de migrantes vuelven a sus poblaciones de origen, a menudo es la única vez que pueden ver a sus parientes, incluidas sus mujeres y sus hijas e hijos. En general, los obreros de la construcción solo reciben la paga cuando se concluye el proyecto, pero el impago de los salarios ha sido endémico desde la desregulación del sector en la década de 1980. La idea de volver al pueblo con las manos vacías es inaceptable para los trabajadores, pues la razón por la que se fueron a la ciudad es ante todo la promesa de unos salarios marginalmente más altos. De ahí las huelgas. Esto significa que los trabajadores migrantes no han intentado asociar las luchas en la producción con otros aspectos de la vida o con cuestiones sociales más amplias. Los segregan de las comunidades locales y no tienen ningún derecho a expresarse como ciudadanos. Las reivindicaciones salariales no se han asociado a demandas de jornadas más cortas, mejores servicios sociales o derechos políticos.

El traslado al interior y sus consecuencias

El capital, mientras tanto, ha recurrido a diversos métodos conocidos y probados para incrementar la rentabilidad. Dentro de las fábricas, el cambio más importante de los últimos años les resultará muy familiar a los trabajadores de EE UU, Europa y Japón: el drástico aumento del trabajo precario, en forma de contratos temporales, prácticas de estudiantes y sobre todo de subcontratas de empresas de trabajo temporal. El efecto evidente de estas últimas es que oscurecen la relación contractual con el patrón y potencian la flexibilidad para el capital. El trabajo subcontratado constituye actualmente un elevado porcentaje de la mano de obra (en muchos casos de más del 50 % en un lugar de trabajo dado) en toda una variedad de sectores, como los de fabricación, energía, transporte, banca, sanidad, limpieza y el sector servicios. Esta tendencia se observa tanto en empresas privadas nacionales y extranjeras como en empresas conjuntas y públicas.

Pero lo más importante que ha ocurrido en los últimos años ha sido el traslado del capital industrial de las regiones costeras al centro y el oeste de China. De este “arreglo territorial” se derivan enormes consecuencias sociales y políticas, que brindan a la clase trabajadora un conjunto de posibilidades novedoso y potencialmente transformador. Por supuesto, está por ver si estas posibilidades se aprovechan o no. El caso de Foxconn, la empresa privada más grande de China, es instructivo al respecto. Foxconn se trasladó de su sede original en Taiwán a Shenzhen, en la cosa continental, hace más de una década, pero a raíz de los suicidios de trabajadores ocurridos en 2010 y del escrutinio público en curso de su entorno de trabajo sumamente militarizado y alienante, en estos momentos se ve forzada a trasladarse de nuevo. La empresa está reduciendo ahora su personal de taller en Shenzhen, después de haber construido grandes plantas nuevas en provincias del interior. Las dos más grandes se hallan en las capitales provinciales de Zhengzhou y Chengdu.

No cuesta mucho entender por qué el interior del país tiene tanto atractivo para estas empresas. A pesar de que los salarios en Shenzhen y otras regiones del litoral siguen siendo bastante bajos en comparación con los niveles internacionales (menos de 200 dólares estadounidenses al mes), en provincias del interior como Henan, Hubei y Sichuán apenas llegan a la mitad de esto. Asimismo, muchas empresas suponen, tal vez con razón, que habrá más migrantes disponibles cerca de la fuente, y un mercado de trabajo más distendido comporta ventajas políticas inmediatas para el capital. Esto tampoco es nada nuevo en la historia del capitalismo: Jefferson Cowie, historiador del movimiento obrero, descubrió un proceso similar en su relato de los “setenta años de búsqueda de mano de obra barata” por parte de la empresa fabricante de componentes electrónicos RCA, una estrategia que la llevó de Nueva Jersey a Indiana, de ahí a Tennessee y finalmente a México. Si el litoral chino ha ofrecido al capital transnacional unas condiciones sociales y políticas muy favorables en las dos últimas décadas, las cosas serán distintas en el interior. El antagonismo entre el trabajo y el capital puede ser universal, pero el conflicto de clases se desarrolla en el terreno de la particularidad.

¿Qué tiene de particular el interior de China, y por qué podría alimentar cierto optimismo prudente? Mientras que los migrantes de las regiones costeras son necesariamente temporales, y sus luchas por tanto efímeras, en el interior tienen la posibilidad de establecer comunidades duraderas. Teóricamente, esto significa que hay más posibilidades de que confluyan las luchas en la esfera de la producción y la reproducción, cosa que no era posible cuando esos dos ámbitos estaban separados geográficamente. Pensemos en la cuestión del hukou, el registro del domicilio. Las grandes megalópolis orientales a las que afluían masivamente los inmigrantes en el pasado mantienen restricciones muy severas a la concesión de permisos de residencia locales. Incluso los trabajadores de cuello blanco con título universitario pueden tener que pasar mucho tiempo antes de obtener un hukou pekinés.

Sin embargo, las ciudades más pequeñas del interior han puesto el listón mucho más bajo para obtener el permiso de residencia local. Aunque sea a título especulativo, vale la pena imaginar cómo esto cambiará la dinámica de la resistencia obrera. Si antes la perspectiva del migrante consistía en ir a trabajar a la ciudad por unos años para ganar dinero y luego volver a casa y fundar una familia, los trabajadores del interior podían tener una visión muy distinta. De repente, ya no solo “trabajan”, sino que también “viven” en un lugar concreto. Esto implica que los migrantes tenderán a asentarse permanentemente en los lugares en que trabajan. Querrán casarse, tener su propia vivienda, criar hijos, enviarlos a la escuela; en suma, realizar la reproducción social. Antes, las empresas no tenían que pagar a los trabajadores un salario viable y tampoco se esperaba de ellas que lo hicieran, pues estaba claro que los trabajadores acabarían volviendo a sus pueblos, pero en el interior es probable que los migrantes reclamen todo lo que uno necesita para llevar una vida digna: vivienda, atención médica, educación y alguna protección frente a los riesgos de desempleo y la vejez. También querrán tener tiempo libre para ellos y para hacer cosas por su comunidad, una demanda que hasta ahora no se ha planteado nunca.

Esto incrementa la posibilidad de que el malestar de los trabajadores adquiera una dimensión política. Los migrantes nunca esperaban contar con servicios públicos dignos en las regiones costeras, pero si consiguen establecerse con derecho de residencia en las del interior, las demandas de servicios sociales podrían generalizarse fácilmente, con lo cual las luchas en las empresas tendrían la oportunidad de romper su aislamiento. Las reivindicaciones de protección social se plantearán más bien al Estado que no al empresario individual, sentando así las bases, en el plano simbólico, de una confrontación generalizable. Aunque es fácil dibujar una imagen romántica de la valiente resistencia de los trabajadores migrantes, la realidad es que la respuesta más frecuente a las malas condiciones de trabajo ha consistido simplemente en buscarse otro trabajo o volver a casa. Esto también podría cambiar si la gente vive donde trabaja. Es posible que ahora se den las condiciones para que los migrantes se planten y luchen por su comunidad y en su comunidad en vez de huir.

La vida de los trabajadores en el interior también puede brindarles oportunidades para potenciar su combatividad. Muchos de esos migrantes ya han hecho la experiencia de trabajar y luchar en las regiones costeras. Los de más edad carecen tal vez de la pasión combativa de los jóvenes, pero su experiencia en el trato con empresarios explotadores y sus aliados públicos podría ser una baza importante. Finalmente, los trabajadores contarán con más recursos sociales. En las grandes ciudades de la costa no era probable que se granjearan las simpatías de la población local, como se puso de manifiesto dolorosamente en los disturbios de Guxiang. En el interior, en cambio, los trabajadores vivirán entre amigos y familiares, personas que no solo tenderán a ponerse del lado de los trabajadores, sino que también dependerán muy directamente de la cuantía de los salarios y de los servicios sociales. Esto plantea la posibilidad de que se extiendan las luchas más allá de las empresas aisladas e incorporen cuestiones sociales más amplias.

Tal vez algunos de la izquierda se sientan optimistas con respecto a la resistencia perpetua en sí misma. Además, la forma del conflicto de clases que ha prevalecido en China ha causado efectivamente importantes trastornos en el proceso de acumulación de capital. Sin embargo, los trabajadores están alienados de su propia actividad política. Existe una profunda asimetría: los trabajadores resisten sin orden ni concierto y sin ninguna estrategia, mientras que el Estado y el capital responden a esta crisis de un modo planificado y coordinado. Hasta ahora, esta forma de lucha fragmentaria y efímera ha sido incapaz de hacer mella en las estructuras básicas del Estado y del partido único ni en su ideología dominante. Y el capital, como tendencia universal, ha demostrado su capacidad para someter una y otra vez las actitudes combativas. Si la resistencia obrera obliga a las fuerzas del capital a destruir una clase obrera para producir otra nueva (y antagonista) en otra parte, ¿podemos hablar realmente de victoria?

La nueva frontera de la acumulación capitalista brinda a la clase trabajadora china la oportunidad de crear formas de organización más duraderas y capaces de ampliar el ámbito de la lucha social y formular demandas políticas de base amplia. Hasta que esto ocurra, seguirá yendo un paso por detrás de su antagonista histórico, que también es el nuestro.

Nota:

1/ No está del todo claro por qué las empresas solo han tratado en pocos casos de romper las huelgas con ayuda de esquiroles. Una posible explicación es que el Estado no apoyaría este tipo de iniciativas, ya que contribuirían a incrementar las tensiones y a provocar reacciones violentas o importantes desgarros sociales. Otro factor es que las huelgas no suelen durar más de uno o dos días, puesto que los huelguistas no cuentan con el apoyo institucional de un sindicato y a menudo se ven muy presionados por las autoridades. El resultado es que tal vez las empresas tengan menos necesidad de recurrir a esquiroles.

7/12/2012

http://jacobinmag.com/2012/08/china-in-revolt/

Traducción: VIENTO SUR

 

fuente: http://vientosur.info/spip/spip.php?article7542


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