Posted by: anotherworldip | 02/17/2013

pardos

EUROPA: EXTREMA DERECHA

Conocer a esa marea parda

BERTOLD DU RYON

 

Aquellas y aquellos militantes de izquierda que están convencidas de que conocen de sobras la “naturaleza de la extrema derecha” por el hecho de haberse visto confrontadas con un grupo o una corriente de ese espectro político, están en un error. En efecto, la extrema derecha es una familia política que muta con suma facilidad. Al carecer de principios filosóficos o de un verdadero proyecto de sociedad –salvo la idea de que “los seres humanos son desiguales” y de que sus miembros se sitúan en el bando de quienes han de ocupar los mejores puestos–, es capaz de adaptarse, en función del periodo histórico, al público al que se dirige y a las contradicciones sociales. Sin embargo, es posible discernir distintas categorías en el interior del espectro de la extrema derecha europea. Así, en Europa existen principalmente dos subgrupos de formaciones de extrema derecha.

Privilegios y desigualdad

Por un lado se encuentran las fuerzas cuya filosofía podría resumirse muy sucintamente con la consigna: “¡No queremos pagar por ellos!” Estas formaciones políticas defienden a las categorías sociales a las que se dirigen, sobre todo frente a la exhortación a la solidaridad, a pagar más impuestos, a “sufragar el coste” de grupos humanos calificados de irremediablemente inferiores. La diferencia principal con las fuerzas conservadoras o liberales –defensoras del orden social establecido y de las jerarquías existentes– es que las fuerzas en cuestión reclamarán que los “autóctonos” o los titulares del pasaporte “adecuado” formen parte siempre, al margen de su condición social concreta, de las capas relativamente privilegiadas frente a las demás. Integrarán a una parte de los trabajadores en su discurso, dirigiéndose a ellos para defender que otros grupos deban ser tratados siempre peor que ellos: los inmigrantes, los “parásitos sociales”.

Estas fuerzas de extrema derecha basan su discurso, bien en la experiencia del colonialismo y del imperialismo, en la experiencia de un “proletariado blanco” que ha visto cómo otros ocupan un estrato social claramente inferior al suyo, bien en el rechazo de un “Estado providencia” que a sus ojos está demasiado desarrollado. Así, en los países escandinavos surgieron, a partir de la primera mitad de la década de 1970, los llamados “partidos del progreso” (Fremskrittsparti, en Noruega o en Dinamarca), que se oponían sobre todo a una carga fiscal calificada de excesiva, antes de enjaezar el caballo de batalla del rechazo a la inmigración. Este partido figura actualmente, en Noruega, entre las tres primeras fuerzas políticas, aunque haya perdido terreno –en los sondeos electorales y en los comicios municipales de finales de 2011– a raíz del atentado y los asesinatos cometidos por un antiguo miembro, Anders Behring Breivik, el 22 de julio de 2011. En Dinamarca, el “Partido del Progreso” de Morens Glistrup fue sustituido, alrededor del año 2000, por otra formación de perfil similar, el “Partido del Pueblo Danés” (DFP). Desde las elecciones de octubre de 2001 hasta las de septiembre de 2011, este partido ha formado parte de la mayoría parlamentaria con la coalición gubernamental del primer ministro conservador-liberal, Anders Rasmussen, hoy secretario general de la OTAN.

Complot y alternativa

Junto a esas fuerzas, que podríamos calificar de nacional-liberales o nacional-conservadoras (hostiles a la inmigración, ante todo extraeuropea o musulmana), nos encontramos con otro tipo de partidos cuya filosofía fundamental podría expresarse con la frase: “los que nos gobiernan nos destruyen y forman parte del complot contra la nación”. Estas fuerzas no solo luchan contra un enemigo que consideran situado en lo “más bajo” de la jerarquía social, sino en todos los peldaños de la escala social. Recurren a menudo a las teorías del complot, como las relativas a los judíos o los masones, desarrolladas a partir de finales del siglo XVIII (primero para explicar la “catástrofe” de la revolución francesa a los ojos de los contrarrevolucionarios, y después para justificar las crisis del capitalismo y la acumulación de riquezas). Estas formaciones pueden calificarse más bien de “nacionalistas-revolucionarias”, de “nacionalsocialistas” o de “rebeldes antisistema”.

En esta categoría podríamos incluir tanto el Nationaldemokratische Partei Deutschlands (NPD) como el “Jobbik” húngaro, un partido prácticamente neonazi. Sin embargo, pueden existir ambigüedades y algunas formaciones importantes pueden oscilar de un polo al otro. Este es el caso del Front National (FN) francés durante una parte de su trayectoria, en la que pasó de ser un partido que buscaba alianzas en la derecha (y contaba con electores procedentes sobre todo de esta) en la década de 1980, para presentarse cada vez más como un “partido antisistema” y atraer asimismo a electores frustrados y desorientados de la izquierda a partir de comienzos de la década de 1990. Es el periodo en que ciertos estrategas del FN apuestan a que con la caída del bloque soviético “el marxismo ha muerto definitivamente” y a que su propio partido constituye “la única alternativa” para las víctimas sociales del sistema. Esta estrategia no funcionará según lo previsto, pero es cierto que se constata cierta “proletarización” del electorado del FN entre los comicios de 1986-1988 y los de 1995. Sin embargo, más tarde se abandonará una parte de esta estrategia, el denominado “viraje social” del FN.

La extrema derecha se adapta

También influyen elementos de la historia social de cada país. Así, en Europa del Este (aparte de Bulgaria, que cuenta con una minoría musulmana) un discurso poscolonialista y dirigido sobre todo contra los inmigrantes musulmanes carecería de sentido: no tendría nada que ver con la realidad sobre el terreno. En estos países nos encontramos sobre todo con un racismo dirigido contra los gitanos, aunque también un antisemitismo complotista a menudo más fuerte que en Europa occidental, que supuestamente ayudaría a explicar las transformaciones económicas y sociales radicales que han tenido lugar a partir de 1989.

En países que tienen conflictos de redistribución interna, como en Bélgica entre Flandes (históricamente dominada, pero desde hace 40 años más rica y contraria a la perecuación) y Valonia, o en Italia entre el norte y el sur, pueden surgir discursos nacionalistas de tendencia etnicizante y xenófoba, apoyados en un regionalismo exacerbado. En sus comienzos, por ejemplo, la “Liga Norte”  italiana vociferaba contra sus compatriotas del sur proclamando que “la barbarie africana comienza al sur de Roma”. Actualmente ha redondeado un poco las aristas, cultivando proyectos políticos en torno a un Estado federal italiano; en enero de 2013, la Lega Nord se ha aliado (por tercera vez) con la derecha de Silvio Berlusconi de cara a las elecciones legislativas de finales de febrero.

La internacional parda, vista desde el FN

La cooperación internacional de los partidos de extrema derecha no ha sido nunca cosa fácil. Sus líderes aspiran demasiado a menudo a la condición de jefe situado por encima de los demás. Hay que tener en cuenta asimismo las enemistades subyacentes a unos nacionalismos que compiten entre sí, por no hablar de odios históricos tenaces enraizados en el pasado. Cuando se fundó el FN francés, en octubre de 1972, buscó el apoyo de un partido que ya estaba bien implantado en un país vecino: el Movimento Sociale Italiano (MSI), el partido neofascista heredero del legado de Mussolini. Por cierto que el FN copió de su mentor lo que sería su futuro símbolo, el emblema de la llama tricolor; en su versión original, esta llama se presenta con los colores verde, blanco y rojo –los de la bandera italiana– y tiene un significado histórico concreto: tras la Segunda Guerra Mundial, simboliza el alma de Benito Mussolini, fundador del fascismo histórico, que escapa del ataúd para “ascender al cielo”. No obstante, a pesar del hecho de que un partido “extranjero” hubiera contribuido a llevarle a la pila bautismal, el FN francés no se integró en ninguna forma de “internacional” parda. Sus colaboraciones internacionales serán siempre más informales, menos estructuradas.

Tensiones en el seno del Parlamento Europeo

Las cosas cambiarán en 1989, cuando varios diputados del FN acceden por segunda vez al Parlamento Europeo. A partir de junio de 1989 estarán representados en esta institución varios partidos de extrema derecha, lo que les permite formar un grupo propio (Europa todavía estaba formada entonces por 15 Estados miembros). Así nacerá el grupo “de las derechas nacionales” a partir de la colaboración entre el FN, el partido alemán “Die Republikaner” (que accedió por primera vez al Parlamento con el 7,1 % de los votos) y viejos lobos del MSI italiano. El grupo de deshará de hecho al cabo de pocos meses a raíz de varios litigios entre sus componentes: en primer lugar, en torno a reivindicaciones territoriales y ambiciones expansionistas inherentes a ciertas visiones del nacionalismo, especialmente entre alemanes e italianos; en segundo lugar, los franceses del FN y los alemanes de “Die Republikaner” están claramente más obsesionados por la cuestión de la inmigración que el MSI de la época, ya que Italia era hasta entonces esencialmente una tierra de emigración. Por tanto, los italianos luchan por otras cuestiones ideológicas –orden moral, lugar de la religión, autoridad del Estado– y menos por la de la inmigración.

¿La internacional de los nacionalistas?

Durante varios años no habrá ya ningún grupo común en el Parlamento Europeo, pero sí existirán otras formas de cooperación. Jean-Marie Le Pen proseguirá, a lo largo de la segunda mitad de la década de 1990, con su proyecto de construcción de una “Internacional de los nacionalistas”, bautizada “EuroNat”. En el congreso del FN celebrado en Estrasburgo a finales de marzo y comienzos de abril de 1997 se rendirán honores a los invitados de los partidos hermanos que formaban parte de “EuroNat”. Junto a partidos de Europa occidental más bien pequeños estaba “Fiamma Tricolore”, un grupo de nostálgicos del antiguo MSI (convertido en “Alleanza Nazionale” en 1995) que rechazan la transformación “posfascista” impulsada en este partido por Gianfranco Fini. Acudieron en particular partidos de Europa central y oriental, como el “Partido de la vida y la verdad” (MIEP) del escritor antisemita húngaro Istvan Csurka, uno de los predecesores del futuro “Jobbik”. Le Pen se enorgulleció no poco, por cierto, de señalar a los congresistas reunidos en Estrasburgo que había conseguido reunir a representantes del partido ultranacionalista croata HOS y del “Partido Radical Serbio” (SDS), y eso que Serbia y Croacia habían estado en guerra hasta hacía poco. Le Pen justificó, no obstante, que a su modo de ver esto no era un obstáculo: “En la familia de los nacionalistas no hablamos de los asuntos de familia en la mesa. Hablamos de lo que nos acerca, y los problemas de familia se resuelven fuera de la sala”. ¿A golpe de kalashnikov?

Entonces, el FN estaba bastante aislado de los grandes partidos de extrema derecha (que cosechaban éxitos electorales) en Europa occidental. Calificar a otro jefe de extrema derecha de “asqueroso racista” –para presentarse a sí mismo como más “moderado”– era un ardid apreciado por los líderes de los principales partidos. Así, el austriaco Jörg Haider dirá, en 1997, que no tiene “nada que ver” con Le Pen, quien para él es un racista… Además, en materia de política exterior, la dirección del FN se declaró antiatlantista y antinorteamericana a finales de la década de 1980 (cuando Le Pen se había presentado repetidamente como “el Ronald Reagan francés”). El FN opta hasta tal punto por la ruptura con el “Nuevo Orden mundial” preconizado por George Bush padre en 1991, al término de la primera guerra contra Irak, que saluda la emergencia de todos los movimientos nacionalistas o identitarios en el mundo… incluidos los islamistas. Lo hace en el sentido del “pluralismo étnico” desarrollado por la “Nueva Derecha intelectual” en la década de 1970: es bueno que las demás “culturas” también descubran sus raíces, entre ellas los musulmanes, con la condición de que permanezcan dentro de su ámbito geográfico “natural” y dejen de mezclarse con los europeos.

Ahora bien, la mayoría de los demás grandes partidos de extrema derecha malinterpretaron la cuestión: les pareció poco serio, por ejemplo, que Le Pen se reuniera, a finales de agosto de 1997 a orillas del mar Egeo, con Necmettin Erbakan, el jefe de filas de los islamistas turcos, que entonces era claramente más radical que hoy (y que acababa de ser destituido del puesto de primer ministro por el ejército). El FN francés arrastrará hasta el final de la era de Le Pen, a los ojos de algunos otros partidos europeos de extrema derecha, el estigma de “simpatizar con los enemigos de Occidente (cristiano o modernista)”. Sus repetidas declaraciones de simpatía hacia el régimen iraní despiertan una fuerte desconfianza por parte de los homólogos europeos de Le Pen. Será su hija, Marine Le Pen, quien una vez asumida la jefatura del FN, en enero de 2011, tratará de rectificar el tiro en materia de política internacional, adoptando una línea que califica al “islam radical” de enemigo principal y que por tanto se ajusta más al punto de vista de los grandes partidos de extrema derecha de Europa occidental.

Ampliación al este

A partir de la gran crisis del FN –la escisión Le Pen-Mégret de 1998-1999 y la consiguiente hemorragia de militantes–, la estructura “EuroNat” se desinfla. El FN pasará a cuidar sus relaciones bilaterales con otros partidos, en ocasiones con los menos “presentables”, como el partido ucraniano “Svoboda” (Libertad), de ideología cercana al nazismo, que acaba de celebrar un éxito electoral en diciembre de 2012. Una delegación de este partido visitó la sede del FN en Nanterre en 2009. En el Parlamento Europeo tendrá lugar en 2007, el año en que ingresaron Rumania y Bulgaria en la Unión Europea, un nuevo intento de reunir a la extrema derecha europea. Entre los nuevos diputados europeos elegidos figuran miembros del “Partido de la Gran Rumania” (PRM) y del partido ultranacionalista búlgaro “Ataka”. Gracias a ellos se supera el umbral de 15 diputados, el mínimo necesario para formar un grupo parlamentario propio. Así, los diputados europeos del FN francés, del FPÖ austriaco, sus colegas italianos (entre ellos Alessandra Mussolini, nieta del Duce) y de Flandes forman grupo con los rumanos y los búlgaros. Sin embargo, este grupo no sobrevivirá al año 2007. En noviembre, en varias ciudades de Italia se producen pogromos contra los gitanos procedentes de Rumania –acusados de violar a mujeres italianas– y la diputada europea Alessandra Mussolini lanza un discurso de odio, dirigido contra todos los inmigrantes rumanos, exigiendo incluso la expulsión del embajador de Rumania de su país. Esto desagrada bastante a los diputados del “Partido de la Gran Rumania”, que se quejan de que se puedan confundir a los gitanos con “verdaderos rumanos”. Y el grupo parlamentario se disuelve.

20/1/2013

Traducción: VIENTO SUR

http://www.npa2009.org/content/dossier-l-extr%C3%AAme-droite-europ%C3%A9enne-comprendre-la-mar%C3%A9e-brune


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