Posted by: anotherworldip | 02/17/2013

usa

Le Monde Diplomatique - Edicion cono Sur

 

 

Edición Nro 164 – Febrero de 2013

Arizona, 21-10-12 (Christian Lamontagne/Cosmos/Dachary)

DESCONFIANZA HISTÓRICA HACIA EL ESTADO

El “arma” del pueblo estadounidense

Por Benoît Bréville*

 

Las recurrentes masacres perpetradas en Estados Unidos revelan un problema de vieja data que azota a la sociedad norteamericana: la libre posesión de armas.

n hombre armado con dos fusiles automáticos abate a veintiséis personas –entre ellas, veinte niños– en una escuela primaria de Newtown (Connecticut) el 14 de diciembre de 2012. Es el séptimo asesinato masivo del año en Estados Unidos. “Estas tragedias tienen que terminar”, declaró el presidente Barack Obama, antes de anunciar la creación de una comisión para el control de las armas de fuego. Poco después, en Tennessee las ventas de las armerías alcanzaban un nivel histórico. En cinco estados, Walmart se enfrentó al desabastecimiento de sus stocks de armas semiautomáticas, y cien mil nuevos adherentes se unieron a la Asociación Nacional del Rifle (NRA, en inglés) el poderoso lobby de las armas de fuego (4.300.000 afiliados).

El 16 de enero de 2013, Obama anuncia las medidas elaboradas por la comisión (prohibición de los fusiles de asalto, de los cargadores de gran capacidad, etc.). En la Bolsa de Nueva York, las acciones de los gigantes de la armería se disparan: + 5,6% para Sturm, Ruger & Co, + 6,5% para Smith and Wesson. Poco antes de la última elección presidencial, el director ejecutivo de Sturm, Ruger & Co, Michael O. Fifer, ya declaraba: “Si se les pregunta, pienso que la mitad de la gente de la industria de las armas de fuego dirían que no desean que [Obama] sea reelecto. Pero, de hecho, nuevamente votarán en secreto por él” (1). Considerado favorable al control de las armas de fuego, el Presidente demócrata se revela el “aliado objetivo” de los adeptos a la pólvora: en Estados Unidos, el temor a la confiscación estimula las ventas, y la amenaza de un mayor control de las armas de fuego beneficia… a los armeros.

Emancipación y resistencia

Esta paradoja se debe, en parte, al astuto uso de la segunda enmienda de la Constitución estadounidense de 1787. Cada vez que se produce una fuerte conmoción popular consecutiva a una matanza, los defensores de las armas de fuego repiten en todos los tonos: los Padres Fundadores quisieron que cada ciudadano tuviera el derecho a “poseer y portar un arma”; ningún gobierno tiene derecho a limitar una libertad tan fundamental.

Pero, ¿por qué los Padres de la Patria introdujeron en la Constitución semejante disposición? ¿Estaban preocupados por el derecho a cazar de las generaciones futuras? ¿Desconfiaban del Estado como garante de la seguridad de los ciudadanos?

Los medios de comunicación extranjeros, a menudo, caricaturizan la segunda enmienda, en la que ven una rareza, un arcaísmo de la sociedad estadounidense. Se la asocia a veces al redneck aferrado a su fusil y a su camioneta, a veces al padre de familia algo paranoico que quiere asumir personalmente la defensa de su familia. El derecho a las armas simboliza el individualismo del pueblo estadounidense. “Se sabe que en Estados Unidos la tenencia de armas es cultural”, proclama en RTL el animador Marc-Olivier Fogiel. Su interlocutor, el periodista Claude Askolovitch, estima incluso que es algo “consustancial a ese país” ya que “los estadounidenses todavía se consideran granjeros que luchan contra los ingleses”. Únicamente “los intelectuales ilustrados de la costa Este” escaparían a esta manía.

¡Lástima! En el siglo XVIII, el derecho a las armas que figura en la segunda enmienda fue pensado por “intelectuales ilustrados de la costa Este”. Por lo que no era ni cultural ni individualista, sino político y emancipador, y se inscribía en una larga tradición, hoy ampliamente olvidada. En efecto, durante siglos las armas fueron percibidas como un símbolo de libertad: era la espada que recibía el siervo de Enrique I de Inglaterra (1100-1135) cuando su señor lo emancipaba; el fusil del que carecían los esclavos, a quienes se les prohibía –según el artículo 15 del Código Negro (1685)– “portar cualquier arma ofensiva, ni gruesos palos, bajo pena de látigo y confiscación”. Si los Padres Fundadores permitieron que cualquier ciudadano se armase, no era para “luchar contra los ingleses”, sino para permitir el ejercicio de un derecho que consideraban fundamental: resistir a la opresión, a la tiranía, en resumen, a un Estado que intentaría exceder las prerrogativas limitadas que le confiere la Constitución.

Los precursores de la Ilustración en la Europa del siglo XVII teorizaron ese derecho a la rebelión, incluso violenta: “El pueblo soportará, sin amotinamiento ni murmuración, algunos errores graves de sus gobiernos, muchas leyes injustas –escribía, por ejemplo, el filósofo inglés John Locke en su Tratado del Gobierno–. Pero, si una larga serie de abusos, de prevaricaciones y artificios que se dirigen a un mismo fin, al que el pueblo no podría escapar, hace que tome conciencia del peso que lo oprime y que vea a lo que está expuesto, entonces no es de extrañar que se subleve”.

La idea atravesó siglos y fronteras. Durante la Revolución Francesa, Maximiliano Robespierre llamó a que “se levanten fraguas en las plazas públicas, donde se fabricarán armas para armar al pueblo” (2). Casi un siglo más tarde, cuando el gobierno autoritario de Adolphe Thiers decidió confiscar los doscientos veintisiete cañones almacenados en Belleville y Montmartre, pertenecientes al pueblo parisino, este se rebeló e instauró la Comuna de París. “¡Armas! Todo ciudadano tiene el derecho a tenerlas como única sanción seria, eficaz, de sus derechos”, proclamó entonces un revolucionario de Narbona. La idea fue retomada en 1936 por los republicanos españoles, que pedían armas al extranjero para luchar contra el franquismo; por los resistentes de la Segunda Guerra Mundial, que intentaban armar al pueblo de París; luego, por los revolucionarios cubanos (3).

La segunda enmienda

Abandonada por el campo progresista, que operó una especie de simbiosis con el Estado, esta doble tradición del arma emancipadora y del derecho a la resistencia fue recuperada, en Estados Unidos, por los conservadores. Actualmente son los únicos que invocan el espíritu original de la segunda enmienda: “No fue escrita para proteger el derecho a disparar contra un ciervo, sino para proteger el derecho a disparar contra un tirano si se apodera del gobierno”, aseguraba por ejemplo en Fox News el editorialista Andrew Napolitano. En esta empresa de recuperación, los defensores de las armas de fuego no vacilan en enrolar a Martin Luther King, el apóstol de la desobediencia civil no violenta. Larry Ward, militante activo de la segunda enmienda e impulsor del “Día del Homenaje a las Armas” (“Gun Appreciation Day”), cuya primera edición tuvo lugar el 19 de enero, afirmaba en CNN: “Pienso que esta jornada honra la herencia del Dr. King. Si todavía viviese, estaría de acuerdo conmigo en que la esclavitud nunca habría constituido un capítulo tan largo de nuestra historia si los afroamericanos hubieran tenido el derecho a poseer armas desde la fundación del país” (4). Wayne LaPierre, el inamovible vicepresidente de la NRA, invoca directamente el recuerdo del genocidio de los judíos en Europa: “En Alemania, el control de las armas de fuego permitió el éxito del Holocausto” (5).

De modo que los partidarios de una regulación del comercio de las armas de fuego serían otros tantos esclavistas o nazis ignorados. Y, dado que la Constitución permite que cada uno posea un arma para combatir la tiranía, cualquiera que proponga encuadrar dicho derecho se parece a un potencial tirano. En suma, el pueblo debe armarse para defender su derecho a las armas.

Sin embargo, los ciudadanos estadounidenses tendrían muchas otras ocasiones para proteger el legado de los Padres Fundadores. Desde el comienzo de la “guerra contra el terrorismo”, el gobierno autorizó el espionaje de ciudadanos inocentes, encarcelar sin proceso a presuntos terroristas, ejecutar extrajudicialmente a estadounidenses; declaró la guerra sin pedir la aprobación del Congreso. Haciéndolo, burló las cuarta, quinta, sexta y octava enmiendas (6). Sin que ninguna de las doscientos setenta millones de armas de fuego en circulación en Estados Unidos fuera empuñada para exigir el respeto de la Constitución…

1. Joshua Green, “Why the gun industry secretly
loves Obama”, Bloomberg Businessweek, Nueva York, 1-9-11.
2. Discurso de Maximiliano de Robespierre ante la Sociedad de Amigos de la Libertad e Igualdad, sesión del 8-5-1793. Oeuvres de Maximilien de Robespierre, Societé des études robespierristes (Ecole pratique des hautes études), Tomo IX, París, 1957.
3. Ernesto Che Guevara, “Le peuple en armes”, Partisan, noviembre-diciembre de 1961, www.monde-diplomatique.fr/48714
4. Citado por Charles M. Blow, “Revolutionary language”, The New York Times, Nueva York, 11-1-13.
5. Wayne LaPierre, Guns, Crime and Freedom, Regenery Publishing, Washington, 1994.
6. Conor Friedersdorf, “The strangest conservative priority: prepping a ‘2nd amendment solution’”, The Atlantic, Washington, enero de 2013.

* Jefe de Redacción Adjunto de Le Monde diplomatique, París.

Traducción: Teresa Garufi

fuente:

http://www.eldiplo.org/164-quien-controla-internet/el-arma-del-pueblo-estadounidense


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