Posted by: anotherworldip | 03/24/2013

murmullo

UN ESCRITOR, LA HISTORIA

“El murmullo”

Por Carlos Gamerro*

 

 

Alfredo Hlito, sin título, 1977 (fragmento, gentileza Galería Jorge Mara-La Ruche)

n el St. Andrew’s Scots School, el colegio inglés donde estudiaba, se vivía, como en todo el país, la euforia del Mundial 78. Con una pequeña diferencia: a los hogares de alumnos y docentes llegaban las revistas extranjeras como Time o Newsweek, a las que difícilmente se podría acusar de comunistas o de participar de la campaña antiargentina, pero que aun así se creían en la obligación de hacerse eco de algunas de las denuncias sobre secuestros, torturas y desapariciones masivas que circulaban por todo el mundo, y a sugerir que la Junta utilizaba el Mundial para blanquear su imagen, tanto hacia afuera como hacia adentro del país. Yo cursaba por aquel entonces el cuarto año. Recuerdo que estábamos en la clase de biología, del turno inglés. Tanto nuestra profesora como mis compañeros despotricaban furibundos contra la campaña antiargentina, contra estos periodistas extranjeros que intentaban opacar nuestra gran fiesta de unidad con sus tergiversaciones y mentiras, y repetían con agradecimiento las burlas o refutaciones que seguramente se originaban en los servicios de propaganda de la dictadura y de la prensa casi unánimemente cómplice: “Los turistas escuchan desde River los disparos del Tiro Federal y después dicen que son fusilamientos. ¡Qué boludos!” y otras limosnas verbales por el estilo. La risa compartida reforzaba la certidumbre de participar de una verdad sólida, irrefutable, invencible.

Ahora viene la parte más difícil. Yo no sabía lo que estaba pasando. No sé cómo había hecho hasta ese momento para no saber, pero no sabía. En mi casa no se hablaba del tema. En la escuela no se hablaba del tema. En la calle no se hablaba del tema. En la prensa no se hablaba del tema, salvo en el Buenos Aires Herald, que no leíamos en casa, pero que muchos leerían en la escuela (sobre todo nuestros profesores de la sección inglés, en su mayoría extranjeros, que debían recibir instrucciones precisas, porque nunca ninguno habló del tema). De eso trata esta breve crónica. Del día en que supe.

Volvemos a la clase de biología. Mis compañeros vociferan desaforados, insultando a los periodistas extranjeros; nuestra profesora clama desencajada que ella misma va a escribir cartas a los medios extranjeros, denunciando las calumnias y la imagen deformada de la Argentina que están propagando. Yo observo esos rostros crispados, y aunque entiendo los sentimientos que los motivan, me siento incapaz de incorporarme al coro de desaprobación. En algún momento debo de haber apagado el sonido (como sucede en la escena final de los rostros vociferantes de El graduado) y me quedo mirándolos. Y es ahí cuando escucho el murmullo. Roberto, un compañero al que muchos admirábamos por su calmada fuerza y su casi ilimitada honestidad, está sentado en una punta alejada de la mesa –la misma mesa donde habíamos viviseccionado ratones y sapos–, y murmura, casi para sí: “pero es verdad. Esas revistas dicen eso porque es verdad”.

Y en ese momento lo supe: supe que lo que él decía era la verdad, y que los demás mentían, o al menos se engañaban. No necesité pruebas, ni evidencias, ni corroboraciones de ninguna clase. Supe que la gritería histérica, quizás desesperada, era un formidable ejercicio colectivo de negación, y ese solitario murmullo era la voz de la verdad. No sé por qué no lo busqué, después, para hablar con él, para pedirle que desplegara, en privado, en palabras más contundentes y más claras, ese balbuceo casi culpable. Supongo que pesaba sobre mí, como sobre todos, ese mandato de silencio que también impide las preguntas cuando de secretos familiares se trata. De todos modos, no era necesario. A partir de ese momento abrí los ojos y los oídos y empecé a ver y a escuchar evidencias por todas partes: lejos de plantearme cómo buscarlas, tuve que enfrentarme al problema de cómo lidiar con su profusión avasallante. Nabokov compara el momento del descubrimiento de la verdad con el deslumbramiento del niño que descubre la figura oculta en la superficie de un dibujo confuso o (esta formulación está mas cerca de Henry James) en la de un tapiz: “Algo que el descubridor ya no podrá dejar de ver, cuando lo ha visto una vez”.

No quiero ser injusto con mis compañeros de entonces. Quizás hubo otro que, como yo, escuchó el murmullo, y comprendió, y como yo guardó silencio. Ese es el problema con el silencio: no es comunicable. O más bien, sólo se comunica a sí mismo.

Se hizo frecuente, después, cuando la verdad empezó a hacerse pública, en los meses finales de la dictadura, y en los primeros de la democracia, escuchar la frase “nadie sabía” repetida hasta el cansancio: ese infame intento de descargo se convirtió en uno de los tópicos sobre la dictadura, al igual que aquel otro memorable “los argentinos somos derechos y humanos”. Como contraparte, quienes denunciaron la conspiración de silencio de la sociedad civil acuñaron la frase “todos sabían” (es la frase con la que termina, por ejemplo, el film de Lita Stantic, Un muro de silencio). Pero la falsedad hipócrita y canalla de la primera no convierte a la segunda en una verdad absoluta. Es una acusación, más que un diagnóstico: señala con el dedo a una sociedad hipócrita y al hacerlo se coloca fuera de ella. Lo que importa, creo, no es determinar si “nadie sabía” o “todos sabían”, sino examinar las incontables posiciones que se encontraban entre estos dos extremos, e interrogarlas en concreto: quiénes sabíamos, qué sabíamos, en qué momento nos enteramos, qué hicimos después de enterarnos: entender las innumerables maneras en que un régimen totalitario produce el silencio, y las innumerables maneras en que la sociedad civil lo reproduce, amplifica y, eventualmente, si las circunstancias son favorables, lo refuta (hoy no existen negadores del genocidio argentino, ni siquiera en la más extrema derecha; a lo sumo están los que retacean el número de desapariciones y los que las justifican: en 1980 concurrí a la cena del primer aniversario de egresados y allí me encontré discutiendo –ahora casi a los gritos– con algunos de mis ex compañeros de escuela, no ya si los secuestros, torturas y desapariciones habían tenido lugar, sino si se debía o no justificarlas).

En 2002 publiqué El secreto y las voces, una novela sobre la comunicación del silencio durante la dictadura: en el pueblo de Malihuel desaparece uno de los habitantes, con la anuencia tácita o explícita, o el desconocimiento y la ceguera voluntaria de toda la población. En la novela resuena la locuacidad negadora o justificadora de aquel episodio escolar, y también el lacónico murmullo de Roberto. La novela entera, podría decir, nació de esa mañana de 1978.

A poco de terminar el colegio, Roberto se fue del país. No le fue muy bien: en Holanda tuvo problemas con las drogas, y cuando lo enviaron de vuelta al país, en 1982, creyó que lo mandaban a pelear en Malvinas, y trató de huir del avión. Ya instalado en su tierra, fue internado en un neuropsiquiátrico y, tras un diagnóstico de esquizofrenia, ahogado en psicofármacos: lo que mas me impresionó cuando lo volví a ver era que había perdido por completo el don de la ironía: todo parecía darle lo mismo, recibía cada noticia con la misma sonrisa de indiscriminado beneplácito. Nos vimos solamente una vez más. Había salido de su internación (fue capaz de salirse, mas bien, tras negarse a tomar la medicación) y había recobrado no sólo el sentido de la ironía, sino también el del humor. También, claro está, el del dolor. Tiempo después, Mariano, un amigo cercano de ambos, compañero también de la escuela, me llamó para decirme que lo había agarrado el tren, en un paso a nivel sin barreras, en una noche oscura de invierno. Quizás no haya sido suicidio, nos decíamos en el entierro, del que poco más recuerdo salvo que era un día de sol.

La guerra de Malvinas, suele decirse, ha causado más muertes por suicidio que bajas en combate. También la dictadura siguió matando aun después de su fin (y lo sigue haciendo, muy concretamente, a través de la policía que formó). Más de treinta años han pasado desde aquel día del que hablo, y en medio de la gritería del Mundial (gritería, admito, de la cual participé, incluso, el día de la victoria, acompañado de un amigo de mi hermana, policía que en los recreos de sus nunca mencionadas actividades se instalaba en el living de casa a ver televisión y se quedaba hasta cualquier hora, sin que nadie se atreviera a echarlo, por suerte después de ese día nunca más lo volví a ver), aquel murmullo de Roberto suena con más fuerza aun. Las novelas y ensayos que escribí desde entonces fueron un intento de saldar la deuda que él nunca sospechó que tengo con él, un agradecimiento implícito que se hace explícito en estas palabras que escribo hoy.

 


Los hechos. En 1978 se jugó en Argentina la Copa del Mundo. La Junta Militar, con la complicidad de gran parte de la prensa local, intentó desconocer las numerosas denuncias que se realizaban desde el exterior por las violaciones a los derechos humanos, descalificándolas como parte de una “campaña antiargentina”.

* Escritor argentino. Autor, entre otras obras, de Las Islas (Simurg, 1998; Norma, 2007), El secreto y las voces (Norma, 2002 y 2008), La aventura de los bustos de Eva (Norma, 2004 y 2009; Belacqua, 2006).

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

 

fuente: http://www.eldiplo.org/165-como-bajar-la-inflacion-sin-ajuste/el-murmullo/


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