Posted by: anotherworldip | 03/24/2013

santo

El santo de Francisco

POR GUSTAVO SIERRA

Carlos de Dios Murias fue asesinado en 1976, a los 30 años, por un grupo militar en Chamical, La Rioja. Trabajaba por los pobres. Podría ser uno de los primeros santificados por el Papa.

Carlos de Dios Murias secuestrado en 1976 en La Rioja, sería el primer beatificado.

24/03/13

El curita Carlos de Dios Murias cayó pesadamente sobre el alambrado. Las púas lo arañaron profundamente. Un mechón de pelos ensangrentado quedó adherido al metal. Ahora le atan las manos con otro pedazo de alambre. El capitán Miguel Ángel Escudero y el policía Juan Carlos “El Bruja” Romero lo tiran al suelo y siguen pegándole. A su lado, el alférez Angel “Kelo” Pezzetta sostiene –maniatado, con una cinta plástica en la boca y los ojos vendados– al otro cura, el francés Gabriel Longueville. El bruja despabila a Murias con más golpes, y entre los tres empujan a los sacerdotes hasta el terraplén de las vías del tren, junto a la ruta 38, a siete kilómetros al sur de Chamical, en el desierto de La Rioja. De inmediato comienzan los disparos. Las balas atraviesan el cuerpo de los sacerdotes. Los tres sicarios a las órdenes del poderoso general Luciano Benjamín Menéndez se suben al Ford Falcon azul oscuro, sin placas identificatorias, y desaparecen en la noche del 18 de julio de 1976.

Treinta y siete años después, una tarde de marzo, se produce una de esas volteretas extraordinarias de la Historia y aparece un Papa argentino, el hasta unas horas antes “padre Jorge”: es el cardenal Bergoglio de la diócesis de Buenos Aires. Después de su entronización en Roma trasciende que le gustaría santificar al cura Carlos Murias, asesinado a los 30 años en La Rioja, como un ejemplo del sufrimiento padecido por un sector importante de la Iglesia Católica argentina bajo la dictadura militar. Apenas dos días antes, un juez de La Rioja había procesado a “Bruja” Romero y a Kelo Pezzetta, que hasta entonces estaban sobreseídos. Y sólo tres meses antes, el 7 de diciembre del 2012, habían sido condenados a prisión perpetua como instigadores del crimen el ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército en Córdoba, el general Menéndez, el comodoro Luis Estrella de la base aérea de Chamical y el comisario riojano Domingo Vera. La justicia terrenal había llegado tarde; la divina podría ser cumplida durante el Pontificado del Papa del Fin del Mundo.

Doña Modesta va adelante. Tiene 70 años y más energía que Carlitos Murias y los chicos que la siguen. Caminan por entre el barro de una de las callecitas de la villa de José León Suárez. La mujer lleva una pequeña imagen de la Virgen de Itatí, y se dirigen a una de las casas de chapas y cartones donde ya están reunidos varios vecinos. Trasladar la imagen por las casas para rezar el rosario es una costumbre de los paraguayos, que son al menos la mitad de los habitantes del lugar. Murias y los chicos, Cristina, Begoña, Silvia, Carlos, Oscar, Alberto “el negro” Casullo y Luis Lucero –con el tiempo hubo varios otros integrantes–, todos de entre 17 y 21 años, están allí para hacer un trabajo pastoral, social y político. Aprovechan el peregrinaje para entrar en las humildes casitas, enterarse de sus necesidades y “concientizar”.

La villa contenía a más de 5.000 personas encerradas entre la Avenida Márquez, las vías del ferrocarril Mitre y el río Reconquista. Murias quería hacer un trabajo social alejado de la burocracia de su congregación de los Franciscanos Conventuales; algo parecido a lo que practicaban los sacerdotes jesuitas Francisco Jalics y Orlando Yorio, a quienes poco después ayuda a sacar del país el propio Bergoglio. El libro de Jalics “La relación entre la fe y la justicia”, así como los de otro sacerdote, Arturo Paoli, eran las lecturas “obligatorias” del grupo. Los otros pilares ideológicos provenían del documento de la Conferencia Episcopal Latinoamericana reunida en Medellín en 1968, y la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI.

El grupo llega con la imagen de la virgen a la casa de Chamorro, un obrero de la construcción que los ayuda y habla con sus vecinos para que los reciban. Pasan por la interminable “novena” del rosario y comienza la mateada. Murias saca la guitarra y canta dos zambas y una vidalita de su pueblo de San Carlos Minas, en Córdoba. La charla ronda en torno a dos necesidades básicas de los villeros: un camino para que la gente pueda salir a trabajar sin quedar todos embarrados y una guardería para que las madres dejen a sus hijos mientras están limpiando casas en la Capital. “¡Listo, entonces!”, dice Murias con esa cara aniñada y el espíritu juvenil que lo caracteriza. “Empezamos a hacer baldosones y a juntar plata para la guardería”. Dos semanas después, en un descampado ya se había levantado una verdadera fábrica de baldosones de cemento. Un año más tarde, los chicos del grupo y los obreros del barrio comenzaban a construir las columnas de la guardería.

Para entonces la Argentina ya estaba violentamente dividida. El 17 de diciembre de 1975 los Montoneros habían matado en las puertas de la villa al intendente de San Martín, Alberto Campos, un hombre ligado a la UOM y al lopezreguismo. Ese hecho marcó el comienzo de la persecución de Murias y el resto del grupo. Los sacerdotes de la parroquia que estaba sobre la avenida Márquez comenzaron a advertir sobre policías que preguntaban por Murias y “los zurdos que están con él”.

Dentro del grupo hay discusiones interminables entre los “fierreros” que creen que ya no es momento de rezar y hay que tomar las armas y los “tibios” que rechazan cualquier vía violenta de transformación. Se dividen. Luis Lucero, “el negro” Casullo y Claudio Logares, que se había acercado al grupo posteriormente, se van a Montoneros. Lucero era un egresado del Liceo Naval y seguía trabajando allí como celador.

Unos meses después fue la primera persona en delatar lo que sucedía en la ESMA, y hasta realizó el primer croquis del centro de torturas. Lo descubrieron y terminó él también desaparecido por los marinos. Hay testimonios de que lo torturaron como a ningún otro. Casullo desapareció después de ser secuestrado por el Ejército en la fábrica de San Martín donde trabajaba. A Claudio Logares lo secuestraron en Montevideo junto a su mujer y su hija, en el marco del plan Cóndor. La niña, Paula Logares, fue apropiada por un comisario y recuperada por su abuela en 1982. Fue la primera nieta hallada por las Abuelas de Plaza de Mayo.

La situación de Murias era muy comprometida. Su gran maestro, el obispo de la Rioja Enrique “el pelado” Angelelli –quien lo había consagrado como cura– siempre le ofrecía refugio. No sabía que iba a tener que enterrar a Murias apenas unos meses más tarde y enfrentar su propia muerte 17 días después: cuando regresaba desde Chamical a La Rioja, un auto Peugeot 404 negro cruzó su vehículo y lo hizo desbarrancar. Se iba a convertir en el único obispo asesinado por la dictadura.

A fines del 75, Murias decidió trasladarse como asistente del cura párroco a la iglesia de Chamical. El resto del grupo continuó haciendo baldosones, levantando las paredes de la guardería y dando ayuda escolar a los chicos mientras le explicaban los derechos laborales a las sirvientas y trataban de que los obreros de la construcción se comprometieran en sus sindicatos. También asistían a reuniones de Cristianos para la Liberación, una organización de católicos progresistas que los Montoneros habían intentado “copar” sin éxito. El golpe del 24 de marzo del 76 fue un rayo sobre el grupo. El ejército allanó el barrio varias veces “en busca de subversivos”. Siempre preguntaban por Murias.

En la Pascua de 1976, apenas un mes después del golpe, tres de los muchachos del grupo se arriesgan a viajar hasta Chamical para ver a Murias. También van a visitar a Angelelli en la capital provincial. Se pasan tres días discutiendo y comiendo empanadas hechas por las manos expertas de cinco religiosas de las Hermanas de San José. No hay conclusiones. Es todo confusión y caos. Murias ya fue citado varias veces por el comandante de la base aérea de Chamical, el vicecomodoro Lázaro Aguirre. Su segundo, Luis Estrella, le manda a decir que “se deje de joder con los subversivos” y el comodoro Bario tenía montada una red de informantes para vigilarlo. El propio intendente del pueblo está preso. La organización de terratenientes Tradición, Familia y Propiedad es muy fuerte en la zona y combate a los lugareños que necesitan plantar sus cultivos. Murias los defiende, pero nunca participa de las tomas de tierras o de cualquier otra confrontación directa. No importa: ya se la tienen jurada.

Los muchachos regresan a Buenos Aires tan divididos como antes. La mayoría, que no creía en la vía armada, logra el refugio del obispo Jaime de Nevares en Neuquén. Otros se esfuman en sus trabajos o se exilian. Murias queda expuesto.

La vocación de Carlitos Murias fue temprana. Apenas terminó la escuela secundaria ingresó al seminario en Córdoba. Angelelli fue uno de sus maestros y su mentor. El obispo riojano era uno de los referentes para el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, y creía firmemente que para escuchar a Dios había que tener un oído en la Iglesia y otro en el pueblo. Tras ser ordenado, Carlitos fue a vivir a una casa de los franciscanos en Nueva Pompeya. Pero no aguantaba esa vida de encierro. Enseguida se contactó con los curas de la villa del Bajo Flores y con Francisco Oliva, otro jesuita escapado de la dictadura de Stroessner en Paraguay y encargado de la pastoral para los inmigrantes.

Tenía una formación intelectual extensa. “Era firme, muy sólido, y al mismo tiempo muy humilde. Jamás te hacía sentir que te estaba enseñando. Todo era natural en él”, cuenta Oscar Virginillo, integrante del grupo de Murias y ahora formador de profesores en Neuquén. También recuerda que una vez le confesó que se psicoanalizaba, una verdadera rareza entre los sacerdotes en esa época, y que para reprimir su libido practicaba una mezcla de rezos con posturas de yoga. Tenía cultura del fogón. Le encantaba sentarse al lado del fuego a tocar la guitarra y cantar “una que sepamos todos”.

En el 2011 comenzó el proceso interno de la Iglesia para santificar a Murias. Fue impulsado por la diócesis de La Rioja y la congregación de los franciscanos. De inmediato fue declarado mártir porque dio su sangre por la fe, y está en proceso de beatificación. El papa Francisco puede pasar todo eso por alto y hacerlo santo sin mayores esperas. Aunque muchos se preguntan porqué a Murias y no a Mugica, o a los padres Palotinos o a las monjas francesas, que también murieron en la dictadura. La respuesta que dan los que conocen el proceso es que Murias “era muy joven y estaba sólo comprometido con los pobres y la fe”.

A eso de las nueve de la noche del 18 de julio de 1976, Murias y Longueville están cenando en la casa de las religiosas que está pegada a la parroquia de Chamical. Alguien golpea la puerta. Murias va a abrir. Aparecen “dos tipos bien vestidos con tonada porteña” que quieren hablar con los curas. Les dicen que tienen que ir a declarar a la comisaría como un trámite burocrático para que puedan liberar a Chacho Corzo, el intendente del pueblo. Los curas van a buscar un abrigo y salen. Las hermanas Luisa, Lidia y Rosa se quedan viendo por la ventana cómo se aleja ese temible Falcon azul sin patente. Murias emprende el último tramo de su camino hacia la santidad.

#El autor del artículo, Gustavo Sierra, formó parte del grupo de jóvenes que trabajó con Murias.

 

FUENTE:

http://www.clarin.com/zona/Iglesia-dictadura-santo-Francisco_0_888511249.html


Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

Categories

%d bloggers like this: