Posted by: anotherworldip | 04/20/2013

gueto

70 AÑOS DEL LEVANTAMIENTO DEL GUETO DE VARSOVIA

La legítima resistencia

BRIAN ANGLO

Setenta años después del levantamiento del gueto de Varsovia el 19 de abril de 1943, mucha gente sigue planteándose la pregunta: ¿cómo es posible que los judíos no ofrecieron una resistencia más generalizada y más temprana a su aniquilación sistemática por los nazis?

De hecho, esta es precisamente la pregunta que se hicieron varias personas judías durante el proceso mismo. En octubre de 1942, después de que los alemanes hubieron llevado trescientos mil judíos de Varsovia hacia la muerte de forma ordenada –y prácticamente sin problemas teniendo en cuenta la envergadura de la operación–, Emmanuel Ringelblum, el encargado de documentar la vida (y la muerte) en el gueto, se atormentaba con esta duda: “Deberíamos haber salido corriendo a la calle, haber prendido fuego a todo, haber derribado los muros y habernos escapado al Otro Lado. Los alemanes habrían tomado su revancha. Habría costado decenas de miles de vidas, pero no 300.000 …. ¿Por qué no resistimos cuando empezaron a trasladar a 300.000 judíos de Varsovia? ¿Por qué nos dejamos llevar como ovejas que van al matadero?”

Esta frase bíblica, “como ovejas que van al matadero”, del salmo 44, resuena como un leitmotiv en las reflexiones angustiosos de no pocos judíos entonces y posteriormente.

Antes de examinar este interrogante, sin embargo, conviene introducir un matiz, ya que la premisa no es del todo exacta. Tanto antes como después de esta revuelta, sin duda la más trascendente, se produjeron varios actos de resistencia colectiva, incluso armada, en otros guetos y también dentro de algunos de los campamentos de exterminación.

Cabe mencionar, también, los grupos que se unieron a los partisanos que luchaban en los territorios ocupados por los alemanes, así como otras formas de rebelión más pasivas o individuales, como las fugas del gueto, las escapadas de los trenes que transportaban los judíos a las cámaras de gas, o los intentos de hacerse pasar por arios o de esconderse entre la sociedad fuera de los guetos.

Además, si retrocedemos un poco más en el tiempo, veremos como ya desde finales del siglo diecinueve muchas personas judías se implicaron de lleno en el combate contra el ascenso del antisemitismo, del fascismo y del nazismo en diferentes países de Europa, o que los judíos constituyeron hasta un 25 por ciento de las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil Española, considerada la última oportunidad de parar el fascismo, aunque en la mayoría de los casos no participaron en tanto que judíos, sino como miembros de organizaciones laicas que defendían valores universales de democracia, igualdad y socialismo.

No obstante, si nos centramos en Polonia, donde los nazis liquidaron casi toda la población judía de más de tres millones, la pregunta retiene buena parte de su sentido.

Los porqués de la “no-resistencia”

Evidentemente no hay una respuesta sencilla. Una de las explicaciones más frecuentes invoca una combinación de engaño y autoengaño. Los nazis hicieron todo lo posible para ocultar sus intenciones, sembrando falsas esperanzas, introduciendo divisiones entre la población (se salvarán las personas productivas), prometiendo reasentamientos con nuevas oportunidades y llegando a organizar el envío de postales y cartas de judíos contando las maravillas de sus nuevos destinos. Ante esto, costaba creer la enormidad de lo que relataban las publicaciones clandestinas dentro de los guetos basándose en testimonios de escapados de los campamentos o de informaciones proporcionadas por la resistencia polaca. “Esto no puede pasar aquí”.

Otro elemento importante es el aislamiento, no sólo el aislamiento relativo de los judíos en la sociedad antes de la ocupación seguido de la separación física total con la implantación de los guetos, sino el hecho de no contar con ningún referente o apoyo externos, como un gobierno en el exilio o un poder exterior.

Dentro del gueto, la policía judía ejercía un fuerte control y ejecutaba las órdenes de los alemanes, transmitidas a través del Judenrat o Consejo Judío, espoleada por ofertas de inmunidad o so pena de castigos por incumplimiento. Los alemanes tampoco se privaban de usar amenazas aterradoras alternadas con los escarmientos más brutales, unas veces selectivos, otras totalmente arbitrarios.

Algunas explicaciones buscan razones más de fondo y hablan de una tradición de adaptación, de evitar “provocaciones”, de minimizar los daños. En el gueto, esta actitud estaba encarnada por el Judenrat“compuesto precisamente por aquellos elementos de la comunidad que lo habían apostado todo a la cooperación completa con la administración alemana” (Raul Hilberg, The Destruction of the European Jews, Holmes & Meier , Nueva York, 1985).

Cambio de mentalidad

Fue una parte de la gente joven quienes rompieron con esta “tradición”. “Para los laicos modernos la tradición judía de martirio, kiddush ha-Shem [literalmente, santificación del nombre (de dios)], era la representación paradigmática del destino de la Diáspora contra el que se rebelaban” (Lucy S. Dawidowicz, The War against the Jews 1933-45, Penguin Books, Londres, 1990).

Al principio, buena parte de la población del gueto consideraba esta juventud irresponsable y la contemplaba con escepticismo o miedo. Sin embargo, a medida que la Organización Judía de Combate (ŻOB), formada por diferentes grupos políticos de izquierdas, tanto sionistas como antisionistas, iba eliminando algunos de los policías y colaboracionistas más odiados, ésta fue adquiriendo prestigio y apoyo, quitándoselos al Judenrat, hasta que su presidente tuvo que confesar a los alemanes: “No tengo ningún poder en el gueto. Otra autoridad rige aquí”.

Así la ŻOB pudo prepararse para el enfrentamiento final, proveyéndose, con gran dificultad, de algunas armas, y pudo igualmente convencer a miles de personas que construyeran refugios subterráneos que les ofrecieran alguna protección a ellas también. (Notemos de paso, con Raul Hilberg (op. cit.), que una situación tan extrema como ésta no había borrado las diferencias de clase, ya que “los judíos acomodados gozaron de refugios notablemente más lujosos que los de los pobres”).

Hay que recordar que en ese momento el 85% de los judíos que había habido en el gueto ya estaban muertos –unos trescientos mil en los campos de exterminio, el resto en el gueto, de hambre, de enfermedades contagiosas o fusilados– y que de los setenta mil que quedaban, la mitad se habían registrado con las autoridades, mientras que la otra mitad se habían pasado a la clandestinidad.

El acto final

Cuando los nazis entraron en el gueto el 19 de abril de 1943 para empezar a deportar este 15% restante, se toparon con los grupos armados que los esperaban y tuvieron que replegarse. Naturalmente, a pesar de la sorpresa inicial, no tardaron mucho en regresar y se dedicaron a su tarea de liquidación sin contemplaciones. Interrumpieron el suministro de agua, gas y electricidad, prendieron fuego a todos los edificios e introdujeron humo en la red subterránea de refugios y alcantarillado.

Cuando terminó la operación el 16 de mayo, unos 56 mil judíos se habían rendido, unos cuantos miles habían muerto quemados en los incendios o enterrados por los escombros de los edificios derrumbados, y unos cinco o seis mil se habían escapado (de los cuales la mayoría, sin embargo, fueron capturados después). Unos setenta miembros de la ŻOB, incluyendo Marek Edelman, uno de sus líderes (de quien volveremos a hablar más adelante), sobrevivieron y pudieron salir del gueto a través de las alcantarillas para participar, el año siguiente, en la insurrección de Varsovia junto con el ejército de resistencia polaco.

Por su parte, según el informe de Jürgen Stroop, quien se encargó de la última fase de la operación, los alemanes (y las tropas de otras nacionalidades que participaban con ellos) sufrieron 16 muertos y 85 heridos. El gueto quedó totalmente arrasado.

¿Cómo se puede evaluar este contundente aunque tardío desafío?

¿Una hazaña puramente nacionalista…

“En cuanto al desarrollo posterior del proceso de destrucción, este acontecimiento no tuvo consecuencia alguna. Dentro de la historia judía, sin embargo, la batalla representa literalmente una revolución, pues después de dos mil años de una política de sumisión la rueda giró y los judíos volvían a emplear la fuerza”. Esta es la . interpretación de Raul Hilberg, el historiador más destacado del holocausto.

Los judíos emplearon la fuerza … con toda legitimidad. Desde entonces, nadie ha puesto en duda su justificación. Ahora bien, sí hay que cuestionar que de esta legitimidad se pueda derivar la que propone, por ejemplo, Yisrael Guttman. Según este antiguo historiador principal y actual asesor académico de Yad Vashem, el centro israelí dedicado al Holocausto que “salvaguarda la memoria del pasado y transmite su significado para generaciones futuras”“la revuelta del gueto de Varsovia … se convirtió en un símbolo para aquellos que lucharon por la independencia de Israel”. O, en palabras de Dina Porat, la actual historiadora principal de Yad Veshem “una fuente de orgullo para los supervivientes y para toda la nación judía”.

Abba Eban, ex viceprimer ministro de Israel, es otro que ha querido apropiarse esta hazaña en beneficio del proyecto sionista: “La fuerza más positiva que surgió de las cenizas del Holocausto fue el ’nuevo judío’… El ejemplo más destacado de esta nueva actitud judía fue el levantamiento del Gueto de Varsovia… El lugar donde el ’nuevo judío’ surgía más claramente era en Palestina … la primera fuerza judío combatiente en Tierra Santa desde hacía casi 1800 años “. (Heritage, Civilisation and the Jews, Channel 4 Books, Londres, 1984).

… o internacionalista y universal?

Como afirma Idith Zertal (Israel’s Holocaust and the Politics of Nationhood, Cambridge University Press, 2005) “nacionalizar las revueltas del gueto fue una manera de nacionalizar la narrativa y sacar todos los elementos contradictorios, no-sionistas…. El hecho de que las organizaciones unitarias implicadas en la rebelión incluían todos los partidos políticos fue minimizado u ocultado”.

La Enciclopedia del Holocausto, editado por Guttman, apenas menciona a Marek Edelman, a pesar de ser uno de los dirigentes del levantamiento. Su libro sobre este episodio excepcional, el único escrito por uno de los protagonistas y publicado en Polonia en 1945, no apareció en Israel hasta 2001. Quizás porque Edelman era miembro del Bund, partido socialista que había criticado fuertemente la política de emigración a Palestina preconizada por los sionistas, en parte por su incómoda similitud con la emigración masiva (a cualquier destino) propuesta como solución al “problema judío” por el régimen polaco, muy hostil a los judíos.

Es cierto que la mayoría de los partidos integrados en la ŻOB eran sionistas (más o menos de izquierdas) y que su comandante en jefe, Mordecai Anielewicz, de sólo 24 años, pertenecía a HaShomer HaTzair (Joven Guardia), un partido sionista-socialista. No obstante, se distinguían de los componentes de la Unión Militar Judía (ŻZW), fundamentalmente partidos sionistas de derechas, algunos de los cuales eran, por lo menos, fascistizantes. La ŻZW, estrictamente nacionalista, se mantuvo al margen de la ŻOB, que concebía su lucha dentro del marco de una lucha más amplia contra el nazismo.

Así, la famosa proclamación emitida por la ŻOB el 23 de abril de 1943, dirigida, por encima de los muros del gueto, a los “polacos, ciudadanos, luchadores por la libertad”, rechaza enfáticamente la particularidad de su lucha: “Se está librando una batalla por vuestra libertad tanto como por la nuestra. Por el honor y la dignidad humanos, cívicos y nacionales, tanto nuestros como vuestros”.

La legitimidad de otra resistencia

Pero si la revuelta del gueto de Varsovia contra la política exterminadora de Hitler y los nazis no puede justificar de ninguna manera la política del Estado de Israel contra los palestinos, tal vez sí puede proporcionar una comparación válida que justificaría la resistencia palestina contra su opresión y la ocupación de sus tierras por parte de este Estado.

Huelga decir que no se trata aquí de intentar establecer una equivalencia entre el Holocausto y el Nakba. La exterminación sistemática de seis millones de personas por su clasificación como raza inferior –un verdadero genocidio– es de un orden de magnitud y de abominación que admite pocas comparaciones. Aun así, la limpieza étnica, los castigos colectivos, la opresión y la persecución igualmente metódicas practicadas por el Estado israelí (o su antecesor) son hechos que, si les aplicáramos los mismos criterios, serían suficientes para legitimar una resistencia palestina, no contra “los judíos”, sino contra un Estado que pretende, falazmente, hablar y actuar en nombre de “los judíos”.

Y es así como lo vio Marek Edelman. En 2002, presentándose como “antiguo Sub-Comandante de la Organización Militar Judía en Polonia, uno de los adalides de la Insurrección del Gueto de Varsovia”, dirigió una carta a “todos los líderes de las organizaciones militares, paramilitares y guerrilleras palestinas”. Es decir, tratándolos de esta manera “de tú a tú”, reconocía implícitamente la legitimidad de su lucha. El hecho de que en esta carta “se permite la libertad” de criticar, con gran respeto, algunas acciones de esta resistencia (concretamente los ataques suicidas contra la población civil), no hace sino reforzar este reconocimiento.

Cardiólogo de profesión, estableció contacto con Mustafa Barghouti, director de la Unión Palestina de Comités de Ayuda Médica, y apoyó a Marwan Barghouti, uno de los líderes de las dos intifadas, condenado a cinco penas de cadena perpetua en un juicio farsa.

A diferencia de algunos de los supervivientes de la ŻOB que fundaron el kibutz Lohamé ha-Guetot, los Combatientes del Gueto, Edelman permaneció toda la vida en Polonia, manteniendo una actitud crítica e independiente. En ocasión del 45 aniversario del levantamiento, se negó a participar en la conmemoración oficial junto a las autoridades estalinistas de Polonia y de los dignatarios sionistas venidos de Israel, prefiriendo asistir a una ceremonia alternativa en honor a dos dirigentes bundistas asesinados por orden de Stalin durante la guerra.

Suya es la frase: “Ser judío significa estar siempre con los oprimidos y nunca con los opresores”.

 

Brian Anglo es miembro de JUNTS, Associació Catalana de Jueus i Palestins.

http://acjp.cat/


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