Posted by: anotherworldip | 04/20/2013

paraguay

Trabajador del ferrocarril General López, Asunción, Paraguay (Jeremy Horner/Corbis)

ELECCIONES PRESIDENCIALES EN PARAGUAY

Una transición política inacabada

Por Lorena Soler*

 

La destitución de Fernando Lugo, cuya victoria en las elecciones presidenciales de 2008 había generado grandes expectativas de transformación en la región, no provocó mayores resistencias en Paraguay. Su gobierno no logró construir una fuerza política capaz de ganar las calles y cayó en medio de una creciente apatía política.

a tarea se complica por nuestro conocimiento de los resultados históricos, que nos da mayor sapiencia de la que tenemos derecho a tener.
Reinhard Benedix, Estado, nación y ciudadanía, 1974

Sobre Paraguay pesan un conjunto de representaciones que poco se ajustan a los profundos cambios que padece el país desde hace por lo menos tres décadas. Enceguecidos por las miradas institucionalistas que invadieron los paradigmas de la “transición a la democracia”, la mayoría de los análisis se ocuparon de denunciar la permanencia del Partido Colorado (Asociación Nacional Republicana) en el poder. En efecto, dicho partido sostuvo la larga dictadura stronista (1954-1989) con la complicidad de otros partidos y gobernó hasta la reciente presidencia de Fernando Lugo (2008-2012). Pero los cambios en los patrones de acumulación capitalista y los procesos de globalización tuvieron efectos corrosivos en las identidades y en las transformaciones del sistema político.

El orden político paraguayo se ha caracterizado desde su independencia por una alta inestabilidad política conjugada con el ejercicio del poder por largos períodos. Tales rasgos se tornan más sugestivos si se los confronta con la temprana aparición de ciertos elementos de la democracia política, como las pretensiones universalizantes del derecho al sufragio (1911), los legendarios y duraderos partidos políticos (1887) e, inclusive, el predominio de la elite política sobre la militar. Salvo dos claras excepciones (Rafael Franco, el militar de la Guerra del Chaco, y Fernando Lugo), todos los presidentes paraguayos se reivindicaron como pertenecientes al Partido Liberal (hoy Partido Liberal Radical Auténtico, PLRA) o al Partido Colorado. Una presencia tan central en la vida política tenía su contraparte en la vida social. A falta de Estado, con los partidos había algo más que un mero lazo clientelista: como buenos responsables de la reproducción de la vida cotidiana y productores de ideologías, otorgaban identidades inamovibles por generaciones. Es por ello que cualquiera que quisiera ganar una contienda electoral (o inclusive acceder por otros medios y mantenerse en el poder) además de hablar muy bien el guaraní debía ser o parecer un buen representante de los postulados liberales o colorados. De ahí que Paraguay cuente con una de las tasas más altas de afiliación partidaria.

Desencanto 

Sin embargo, hace un tiempo y avanzada la “transición a la democracia” todo esto ha dejado de suceder. Al igual que en las democracias de muchos lugares del planeta, el dato distintivo es la abrupta desafiliación de los ciudadanos a las identidades partidarias. Ello no sólo se manifiesta en el descenso constante de la participación electoral, sino en un fenómeno muy llamativo para el Paraguay partidocrático: el altísimo porcentaje de personas inscriptas en el Registro Cívico Permanente (2012) –el padrón electoral– que no cuentan con afiliación a los partidos políticos. En su mayoría jóvenes, difíciles de interpelar con clásicas consignas.

Estos procesos forman parte de los cambios profundos en la estructura social, producidos por una nueva fase de expansión capitalista mundial que tiene por resultado una nueva matriz económica. La misma tiene sus bases, además de en las remesas provenientes de 500.000 exiliados (1), en un proceso de enclave de la economía, tanto por las divisas de las centrales hidroeléctricas (2) como por la producción intensiva de carne vacuna y soja para exportación. Al ya conocido problema de la concentración de la tierra, se ha sumado un factor adicional: la extranjerización, especialmente en las regiones fronterizas con Brasil y Uruguay.
Los precios récord de las materias primas, la mayor productividad del sector y, en consecuencia, el avance de la empresa agropecuaria, generaron la exclusión del acceso a la tierra de los grupos campesinos y, entre otras cosas, propiciaron un aumento en los índices de emigración de la población rural hacia las ciudades. Lejos ya de una imagen romántica, Paraguay ha dejado de ser un país con población mayoritariamente rural (3). A esto se suma que el sector agropecuario no es más la fuente principal de empleo, inclusive de la mano de obra asalariada temporal. Si bien puede considerarse parte de un problema general de la región, Paraguay muestra algunos rasgos más pronunciados. Mientras que en este país el peso de la agricultura en el PIB (22%) es el mayor de América Latina, la mano de obra empleada en el sector es ampliamente superior en Bolivia, Perú y Ecuador.

La nueva matriz económica muestra un crecimiento inusual (en promedio, el 5,6% en el período 2006-2010), pero que no ha logrado afectar los índices de desigualdad, que se han mantenido intactos, aun cuando el gobierno de Fernando Lugo realizó inversiones públicas en salud y educación inéditas en toda la historia del país. Es que Paraguay, si bien alcanzó en 2010 una presión tributaria del orden del 14,8%, sigue siendo el país de menor carga impositiva de la región (4) y el de mayor desigualdad por ingreso, tendencia que se acrecienta en el sector rural (2005-2010).

Así, sin riqueza estatal, no hay soberanía posible ni condiciones mínimas para la constitución de una voluntad pública capaz de imponerse en una trama de relaciones de fuerzas muy asimétrica.

El interregno de Lugo

En el marco de la crisis de las formas clásicas de representación política y de una forma determinada de acumulación capitalista, el triunfo electoral de Fernando Lugo constituyó sólo en parte una novedad. En efecto, la salida del gobierno del Partido Colorado fue menos abrupta de lo que pareció en una primera lectura y se inscribió tanto en la caída tendencial de los candidatos presidenciales colorados desde 1992, como en la vacancia que dejaron los partidos “tradicionales”. Así, Fernando Lugo, el candidato del “consenso”, se reinventó, como buen hombre de la Iglesia en tierra jesuita, bajo consignas lo suficientemente universalistas, capaces de obtener adhesión en los más diversos extractos sociales: “El hambre no tiene ideología”, repitió.

En tiempos de conmemoración, vale recordar que cuando Hugo Chávez designó a “Cristina y Néstor” como sus hermanos, en tanto eran hijos de la misma crisis, estaba ilustrando el nacimiento de un nuevo proceso histórico. El mismo lazo filial, podría haberlo extendido a Evo Morales y Rafael Correa. De esa crisis surgieron y por ella crecieron. Pero no sólo por eso; perduraron y se fortalecieron ante los diferentes intentos destituyentes. Aun el propio Zelaya, a quien la policía expulsó en pijamas de su cama (y de su país), puede ser el líder de una fuerza política que gane las elecciones presidenciales de noviembre próximo en Honduras.

Sin embargo, a diferencia de sus pares latinoamericanos, Lugo fue expresión de la crisis temporaria de los grupos dominantes y otorgó la pausa necesaria para que, sin buscarlo, las fuerzas reaccionarias se reconstituyeran. Su intento por alterar el sistema político, que vivía su más pronunciada crisis política, fracasó.
Sin Parlamento, sin partido ni espacio político propio, sin un diario o un canal de televisión, ante movimientos campesinos a los que otra vez no les llegó la reforma agraria, el luguismo no construyó una fuerza política capaz de ocupar las calles, ni una nueva burguesía o algún tipo de alianza con la existente. Por ello debió pronunciar la frase maldita: “Me someto a la decisión del Congreso”, la institución más desprestigiada, de la cual no emana ni representación ciudadana ni voluntad popular. El sometimiento a esa institución, que desde el stronismo sigue controlada y hegemonizada por grupos conservadores beneficiarios del modelo del agrobusiness, fue pronunciada ante la mirada alarmada de todos los cancilleres de la UNASUR, que en un vuelo relámpago cruzaron a Paraguay e insistieron en que Lugo debía permanecer en el sillón presidencial.

Pero la decisión de destituir a Fernando Lugo parecía haber sido adoptada hace tiempo. La autonomía de la política local no se inmutó ante las múltiples amenazas de sanciones y suspensiones internacionales. El anuncio se realizó ante una plaza escuálida, donde por primera vez en toda la transición política paraguaya no hubo ni una sola central de trabajadores u organización campesina. Pero tampoco las Fuerzas Armadas.

En un escenario de correlaciones de fuerzas locales muy desigual, Fernando Lugo fue destituido con la mancha de sangre más dolorosa que recuerda Paraguay después de marzo de 1999 (5): la matanza de 11 campesinos y 6 policías en Curuguaty. La investigación que siguió estuvo plagada de irregularidades graves, 60 campesinos y campesinas fueron imputados sin pruebas válidas (2 de ellos llevan más de 40 días de huelga de hambre) y un adolescente de 16 años fue condenado tras un proceso abreviado. Y como corolario, fueron asesinados 4 dirigentes sociales a manos de fuerzas represivas privadas (6).

Escenario electoral

Por más que irrite al campo historiográfico y sus reglas, es posible argumentar que la historia de Paraguay puede narrarse a partir de cuatro figuras: Francia, los López y Stroessner, entre otras razones porque éstas habilitan una y otra vez relecturas sobre la madre de las identidades nacionales: la Guerra de la Triple Alianza. De derecha a izquierda y de izquierda a derecha, esas figuras y la guerra vuelven a reinterpretarse, y están a disposición para argumentar y justificar todo tipo de discursos.

Por eso, suena paradójico que desde la caída de Stroessner el sistema político de la transición a la democracia en Paraguay no haya creado un solo líder o referente que perdurase más allá de una elección (aunque el desaparecido Lino Oviedo puede ser la excepción, debe su origen político a otro tiempo histórico). Todos fueron devorados por el hacer de la coyuntura. Lugo podría haber sido esa figura, pero su gobierno no se ocupó de escribir un nuevo relato histórico ni un revisionismo inteligente. ¿Sobre qué claves de ese pasado podían ejercerse los cambios del futuro?

El luguismo duró lo que su gobierno: a dos días de ser destituido todos los ministros tenían aspiraciones presidenciales. Arrojadas fuera del Estado, las múltiples fuerzas de izquierda volvieron a su estado natural: dispersión, fragmentación y grados de individualismo pragmático llamativos ante una “ciudadanía electrónica” que pidió a gritos su unificación. Pero los candidatos, cada uno a su modo –Lilian Soto (Kuña Pyrenda), Mario Ferreiro (con la nueva formación Avanza País) y el luguista Aníbal Carrillo (Frente Guasú)– saben que no son tiempos de cónclaves, sino de medir fuerzas de cara al escenario presidencial del 2018.
Por otra parte, si bien desde el golpe de Estado abundan espacios de resistencia y denuncia política, no presentan vocación electoral y por su dimensión tampoco podrían inclinar la balanza para garantizar el triunfo de algunos de los candidatos en carrera.

En estas elecciones, como en cada una de ellas desde 1989, el terror que agita los mayores fantasmas es la vuelta del Partido Colorado al poder. Pero se trata de una consigna muy poco efectiva para persuadir a los votantes. Y algo más: el candidato colorado Horacio Cartes es un empresario que instrumentaliza al partido. Llegó, midió y se largó. Las encuestas les ganaron a las figuras de la burocracia partidaria. Fenómeno parecido representa el liberal Efraín Alegre, ministro de Obras Públicas y Comunicaciones de Lugo y candidato de un partido que no ha pagado aún el costo de ser el responsable del golpe de Estado.

En rigor, si en algunos países del Cono Sur la derecha no logra representación política, Paraguay y Chile vuelven a ser la excepción a la regla. Con todos los pronósticos en mano, la ganadora de las elecciones es la disolución de la política y su estatus de vocación transformadora.

1. Distribuidos principalmente en Argentina, Estados Unidos, España y Brasil. De éstos, sólo 21.981 están habilitados para votar en las próximas elecciones generales del 21 de abril, según informó el Tribunal de Justicia Electoral del Paraguay.
2. Paraguay exporta a Brasil el 84% de la energía producida en la mayor central hidroeléctrica del mundo, Itaipú, y prácticamente el 100% de la producida en Yacyretá, compartida con Argentina.
3. La población urbana ascendió del 43% en 1982 al 57% en 2002. Se estima que, en el presente, esa proporción habría superado el 60% del total de la población nacional.
4. En el resto de los países del Mercosur llegó al 23% y en América Latina al 18,5%.
5. Cuando fueron asesinados 7 manifestantes que exigían la destitución de Raúl Cubas Grau, principal implicado junto con Lino Oviedo en el asesinato del vicepresidente Luis María Argaña, el 23 de marzo de 1999.
6. Ésta, como otras violaciones sistemáticas a los derechos humanos ejercidas bajo el gobierno de Federico Franco, fueron denunciadas en un informe elaborado por la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (CODEHUPY) en el marco del 107º período de sesiones del Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Ginebra, 11/12-3-13.

* Socióloga, UBA/CONICET.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

 

fuente:

http://www.eldiplo.org/166-de-chavez-a-francisco/una-transicion-politica-inacabada?token=&nID=1


Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

Categories

%d bloggers like this: