Posted by: anotherworldip | 11/10/2013

Hannah Arendt

Hannah Arendt

ANTONIO CRESPO MASSIEU*

 

“No creo que pueda darse un proceso de pensamiento sin experiencia personal. Pensar es exponerse”. Vivir y pensar, pensar desde la vida y la acción, exponerse hasta rozar el abismo. Quien describe así su temprana pasión por la filosofía lo hará verdad a lo largo de toda su vida. “Quiero comprender” nos dice quien convirtió esta necesidad en una exigencia a la que nunca renunció.

Hablo de Hannah Arendt, la que con 10 años acude de la mano de su madre a los mítines en defensa de Rosa Luxemburgo y vivirá los días trágicos de la revolución alemana, la estudiante que a los 20 años ha estudiado con Heidegger, Husserl y Karl Jaspers. La que, junto a su primer marido, Günther Anders, acude el 27 de febrero de 1933, tras el incendio del Reichstag, a manifestarse por las calles de Berlín y ve, con estupor, como el director del Stadttheater dialoga con los SA que quieren prohibir la representación de la Salomé de Strauss y la presencia de judíos en los escenarios alemanes. Günther frecuenta círculos próximos al Partido Comunista, Hanna escribe artículos para la prensa judía clandestina y reúne textos antisemitas. Militan día y noche, él desde posiciones marxistas y ella en el minoritario movimiento que dentro del sionismo ha creado Kurt Blumenfeld; Günther tiene que exiliarse, Hannah es detenida y pasa ocho días sometida a interrogatorios, consigue salir libre. Tras una penosa huida, madre e hija consiguen escapar de Alemania. En el exilio, en París, conoce a Heinrich Blücher, antiguo espartaquista, militante de la izquierda del Partido Comunista Alemán, del que finalmente será expulsado. Günther consigue marchar a Estados Unidos y Hannah y Heinrich permanecen en París, donde conspiran, escriben, malviven como tantos otros exiliados, como Walter Benjamin con el que Hannah habla sin cesar de Kafka, de su trabajo sobre los Pasajes, de la situación política; comparten lucidez y una común desesperación. Con el inicio de la guerra Hannah será ingresada en el campo de concentración de Gurs, construido por republicanos españoles, donde organiza la solidaridad de las presas y la huida, aprovechando el caos de los primeros días de la ocupación, de doscientas mujeres. Montauban, donde se reúne con Heinrich, luego Marsella y finalmente atravesar España, Lisboa, la espera y el barco para América.

Esta mujer, esta filósofa, que tiene ya la tesis doctoral y el trabajo de habilitación, títulos que no puede reclamar, llega sin nada a Estados Unidos. Es una exiliada. No trae nada o lleva consigo eso que la lucidez de otra filósofa, la casi siempre olvidada María Zambrano, supo ver: “Algo que no tienen los habitantes de ninguna ciudad, los establecidos; algo que solamente tiene el que ha sido arrancado de raíz, el errante, el que se encuentra un día sin nada bajo el cielo y sin tierra.” Y el coraje de esta mujer que llega con la dolorosa sabiduría de los errantes, le lleva a la acción. Y sale adelante. Y en 1961 es ya una reputada filósofa y profesora universitaria; Heinrich, con mucha más dificultad, también es profesor.

Aquí, en 1961, en que Adolf Eichmann es secuestrado en las afueras de Buenos Aires, llevado a Israel y sometido a juicio, arranca una excelente película de Margarethe Von Trotta que ha tenido, entre otras, la virtud de traer a la actualidad la vida y el pensamiento de Hannah Arendt y, espero que así sea, el llamado cine de ideas. Es esta película lo que justifica el apresurado recorrido que acabo de hacer por su biografía.

La película se centra en el proceso a Eichmann en Jerusalén, que Hannah cubrió como periodista enviada por el New Yorker y al muy polémico trabajo que publicó primero en la revista y luego en forma de libro. Fiel a los hechos históricos y en la recreación de aquellos años, cuenta con una soberbia interpretación de Barbara Sukova- como Hannah Arendt- y de los principales actores que encarnan a Heinrich Blücher, Mary McCarthy, Hans Jonas, Kurt Blumenfeld, Heidegger, Lotte Köhler… La película es una indagación sobre la reflexión que Hannah hizo ante el abismo de la Shoah y el enigma de Eichmann. De ahí la densidad de la película pues lo que en ella se nos expone es el vértigo de su pensamiento, su propia vida en juego en el acto de pensar, la exigencia de comprender y su indeclinable libertad, su terca obstinación en no aceptar ningún tipo de censura ni de autocensura. Y su reflexión es, como casi siempre en sus escritos, un abanico de interrogantes que atañen a las cuestiones más esenciales del siglo XX. Enfrentada a la hueca mirada de “un hombre sin ideas”, de un burócrata de la muerte, a la mediocridad de aquel hombre, tan desproporcionada con la monstruosidad de sus actos, formuló la tan malinterpretada, diría tan banalizada, expresión de “la banalidad del mal”. Y reflexionó también en su trabajo, pues apareció en el juicio y es un dato histórico, sobre el papel de los Judensrat, los Consejos Judíos, que cooperaron con las autoridades nazis. Pero todo esto, que está en su Eichmann en Jerusalén, lo vemos encarnado en personajes atravesados por dudas, vacilaciones, decisiones, dilemas éticos y políticos. Pues, al igual que en los textos de Hannah Arendt no suele haber certezas sino múltiples líneas que van cercando el acontecimiento, una disección minuciosa de la realidad que va separando capa tras capa y, en cada uno de estos matices, de estos cortes, dejando un espacio inquietante abierto al cuestionamiento, a la duda, con el que confrontar nuestras pequeñas certezas (en ocasiones tan dogmáticas); aquí el espectador asiste, en este caso sin la posibilidad de relectura y pausa que ofrece el texto, a un diálogo, no sólo de ideas, sino de vidas que hacen de la fidelidad a estas una exigencia ética.

La efervescencia intelectual del Nueva York de los 60 y de los campus universitarios de la época, la mordaz ironía y la incondicional amistad de Mary McCarthy, la pasión de las ideas encendiendo la polémica de esos ya prestigiosos profesores que huyeron de la Alemania nazi: el enfrentamiento entre Hans Jonas y Heinrich Blücher que es, desde la amistad de tantos años, la distancia entre el marxista heterodoxo y el pensador sionista.

Hay, al menos, dos conflictos desgarradores, además del de Hannah consigo misma, con sus fantasmas, sus recuerdos, su propia exigencia de verdad y la crisis personal en la que estaba sumida cuando arranca la película. La ruptura, provocada por las posiciones que adopta respecto a Eichmann, con Kurt Blumenfeld, para ella casi una figura patriarcal, su mentor, aquel que la introdujo en el pequeño movimiento sionista en el que militaron también Gershom Scholem y tantos otros intelectuales, que defendía una nueva forma de comunidad en Palestina, no un estado-nación judío sino un acuerdo permanente entre ambos pueblos y un Estado binacional. Su fidelidad a esas ideas de juventud explica sus sucesivas y violentas polémicas con la política oficial de Israel, dirigida entonces por Ben Gurion. En la película asistimos al emocionado reencuentro, después de muchos años de Hannah y Kurt en Jerusalén, sus discusiones sobre el juicio de Eichmann y la ruptura final cuando, ya publicados sus artículos, ella regresa para despedirse del amigo a punto de morir y él le vuelve la espalda.

Tan dolorosa como aquella ruptura es la que se producirá con el eterno amigo de los años de juventud: Hans Jonas. Casi al final de la película, ante los brutales ataques recibidos y la amenaza de ser expulsada de la Universidad, Hannah, que ha permanecido en silencio, acepta explicar sus posiciones en un aula magna abarrotada de estudiantes y colegas; allí se confronta consigo misma y con la necesidad de comprender incluso el mal, lo más atroz, lo apenas formulable. Y vemos esos jóvenes estudiantes unidos a su palabra, al vértigo de su pensamiento; en ellos está la joven Hannah y Hans y tantos otros que escuchaban una nueva manera de entender y vivir la filosofía en las clases de Heidegger; en ellas y ellos está la misma pasión por la verdad y el compromiso que se renueva generación tras generación en las aulas universitarias. Y cuando estalla el aplauso general, ella reconoce y se acerca a Hans Jonas, sentado en el fondo del aula, para recibir la que, sin duda es, la opinión que más le importa; escucha entonces las duras palabras de quien rompe una amistad que parecía indestructible (y al fin y al cabo lo fue, pues ésa herida sería, más tarde, recompuesta).

Está también, en dos o tres breves flashbacks, su relación amorosa con Heidegger, la pasión de maestro y joven alumna; el primer regreso de Hannah a Alemania, su petición de explicaciones por colaborar con el nazismo y el silencio, el no reconocimiento, la tergiversación por respuesta. Y aún así, lo inexplicable (y hay tanto de desconcertante en esta mujer excepcional, libre, altiva y a la vez interiormente frágil) pues este vínculo continuó hasta el final de sus vidas.

Pero si hay una relación que atraviesa, desde la primera escena, toda la película es la que existió entre Heinrich y Hannah: hecha de polémica, ironía, ternura, amistad, militancia no precisamente compartida, libertad, respeto. Este marxista no judío y esta judía que se ha definido a si misma reflexionando sobre el hecho de ser judía; estos dos heterodoxos, expulsados de sus dogmas respectivos, mantienen desde su enamoramiento en París, una relación tan indestructible como conmovedora. Heinrich tras un ataque al corazón, gravemente enfermo, en el hospital, le pregunta a Hannah, que ha tenido que abandonar sus clases, de qué estaba hablando. Y ella le responde: “Estaba hablando de nosotros”. Y es cierto, pues, en medio de su disertación sobre el totalitarismo, una de sus alumnas le pregunta por su experiencia personal. Hablar del totalitarismo, del nazismo, es hablar también de estos dos amantes: la que fue detenida, marchó al exilio, ejerció la dignidad en el campo de Gurs y el resistente, el conspirador, el que tuvo que exiliarse, el que tenía en París atroces pesadillas pensando en los camaradas que serían torturados. Hablar del fascismo es hablar también, necesariamente, de antifascismo. Y hablar de fascismo es también hablar de quienes colaboraron, asintieron o callaron.

Esta hermosa película es un debate abierto: sobre la Shoah, sobre el nazismo, sobre el judaísmo, sobre el sionismo. Sobre el mal y sus ejecutores, sobre las responsabilidades personales. Sobre la búsqueda de la verdad y la pasión por comprender. Es abrir en canal la historia atroz del siglo XX. Por eso el espectador, la espectadora, que ha dejado de serlo pues se ve implicado en lo que allí acontece, sale de la sala lleno de dudas. Y de eso se trata, de empezar a pensar desde la no certeza, para habitar algún día el espacio de lo político como territorio del encuentro, el debate, el conflicto y la racionalidad. Pensar y actuar. Y leer, por ejemplo, a Hanna Arent.

*Antonio Crespo Massieu forma parte de la Redacción de VIENTO SUR.

fuente:

http://vientosur.info/spip.php?article8347


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