Posted by: anotherworldip | 12/22/2013

30 años

 

Política
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AVANCES, DOLOR Y DEUDA INTERNA
Publicado el 09/12/2013

Por Luis Alberto Romero
Nuestra celebración de los treinta años de democracia es necesariamente ambigua. Nos enorgullecemos de lo hecho, nos preguntamos qué nos falta hacer, y también pensamos con alguna angustia que cosas hemos perdido en el trayecto. ¿La democracia es la responsable del autoritarismo, la desigualdad, la corrupción, la deserción del Estado?

Para aclarar el balance, hay que distinguir entre las deudas de la democracia como régimen político, y las que acumula un Estado gobernado democráticamente. Son cosas diferentes. La democracia es, en sentido estricto, un sistema de expresión de la voluntad popular, de legitimación del poder y de selección de gobernantes. El Estado, en cambio, es el instrumento para ejecutar las decisiones políticas y para controlar a los gobernantes.

Tres décadas de democracia ya es algo excepcional en nuestra historia contemporánea. Hubo continuidad democrática entre 1916 y 1930, y luego entre 1946 y 1955. El fraude electoral hace discutible lo ocurrido entre 1932 y 1943. Entre 1955 y 1973 hubo proscripción del peronismo y tutelaje militar. La experiencia de 1973-76 fue tan breve, dramática y espectacular que no permite muchas comparaciones. Agreguemos los períodos de dictaduras militares.

Frente a este pasado tan variado, el saldo positivo de estos años es enorme: tres décadas de continuidad institucional transcurridos sin rupturas, más allá de algunos traspiés. Tuvimos autoridades legitimadas en elecciones, que se celebraron cuando correspondían, fueron competitivas y de resultado incierto. Durante estos treinta años las libertades personales estuvieron bastante bien protegidas. No hay la menor perspectiva de golpes de Estado, que ni la sociedad toleraría -es bueno recordar que antaño los militares siempre fueron invitados por algún sector político-, ni los militares estarían en condiciones de ejecutar, así sea por falta de nafta. En suma, nadie puede patear el tablero y la sociedad política debe resolver sus conflictos en el marco de las instituciones. Es mucho.

Las deudas o los fracasos se refieren sobre todo al tipo de democracia que hemos llegado a tener, bastante diferente del que proyectamos en 1983. En aquel momento la Argentina emprendió la construcción de algo novedoso para su tradición, y casi excepcional: una democracia institucional, fundada en el Estado de derecho, respetuosa de las instituciones republicanas y que hacía del pluralismo un valor. El contraste con el punto al que hemos llegado es claro y contundente: tenemos gobiernos autoritarios y poco republicanos, en los que el Ejecutivo concentra el poder. Tenemos un tipo faccioso de convivencia política, estimulado por un gobierno convencido de que la confrontación y la descalificación son métodos adecuados para construir poder. Tenemos por otra parte partidos políticos pulverizados, mucho peores que aquellos construidos, con muchas esperanzas, en 1983. Otra de las promesas de 1983 -una ciudadanía consciente y comprometida- está hoy deslucida; se ha replegado, cediendo posiciones ante los gobiernos y los grupos de poder. Por muchas razones, no hay debate político productivo ni ideas compartidas acerca del rumbo que queremos tomar. Este régimen democrático no ayuda mucho al Estado al que gobierna.

El Estado afronta problemas que arrancan de los años setenta y que los gobiernos democráticos no supieron, no pudieron o no quisieron modificar. Durante estos treinta años se desplegó el proceso por el que la sociedad se empobreció, se polarizó y se escindió. Es cierto que el contexto económico general no fue bueno, pero inclusive la reciente bonanza no ha cambiado mucho las cosas. La vieja sociedad igualitaria, integrada y democrática pertenece ya a un pasado lejano. Se ha consolidado un mundo de la pobreza, compacto y difícil de modificar, que constituye un problema para el funcionamiento de la democracia y un desafío a sus valores. En la pobreza no se forman ciudadanos conscientes. Se desarrollan en cambio aparatos políticos a través de los cuales los gobiernos producen los sufragios que necesitan para mantener su poder. Es una inversión completa del procedimiento democrático teórico.

Durante los treinta años democráticos también se desplegó la crisis del Estado. Deliberadamente o no, pese a la diversidad de intenciones y de discursos, continuó la liquidación de las instituciones, reparticiones, agencias y burocracias, se perdió el conocimiento acumulado y se acentuó la parálisis en la gestión y el control de las políticas. Baste mencionar dos puntas del iceberg: el Indec y Once. La deserción del Estado en áreas como la educación, la seguridad o la salud es responsable en buena medida de la consolidación de la pobreza. La misma deserción es responsable de la prosperidad de los grupos prebendarios, que a través del Estado chuparon la sangre y los recursos de la sociedad, de una manera cada vez más grosera. Finalmente, la crisis del Estado tuvo como contrapartida la concentración de poderes en gobiernos crecientemente decisionistas y liberados de cualquier control institucional. Un detalle irrelevante: algunos proclamaron el neoliberalismo y otros el estatismo.

No es fácil hacer un balance de todo esto. Basta pensar en la última dictadura militar para concluir que la democracia es maravillosa. Hay además muchas ideas sobre cómo mejorarla. Pero hay dos preguntas que pueden conmover nuestra fe democrática. ¿La democracia genera desigualdad? ¿La democracia genera autoritarismo y demagogia? Quizá no sea responsabilidad de la democracia. ¿Con ella? ¿A pesar de ella? Las preguntas valen las pena las preguntas, al menos para no limitarnos a un conformismo bobo.

fuente: http://www.escenariosalternativos.org/default.asp?seccion=coyuntura1&subseccion=coyuntura1&nota=4549

 


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