Posted by: anotherworldip | 01/12/2014

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UNIÓN EUROPEA

La deflación llama a la puerta

ISAAC JOHSUA

Miércoles 1ro de enero de 2014

En cualquier instancia (Comisión Europea, BCE o FMI) o también en cualquiera de las cumbres europeas, la reducción del endeudamiento público es, se nos dice, la prioridad absoluta. Hace ya años que esta política se está aplicando y, lo menos que se puede decir es que el éxito no acaba de aparecer: para la UE-27 /1, la deuda pública no ha dejado de crecer, pasando del 59% del PIB en 2007 al 85% en 2012. El desendeudamiento está lejos de haberse logrado, pero, por el contrario, lo que es cierto es que Europa se hunde en la crisis. Ya se trate de la Unión Europea (de 28 o de 27) o de la Zona Euro (a composición variable o de 17), la trayectoria es la misma: tras tasas de crecimiento significativas de 2007, el hundimiento se emprende en 2008 y se acentúa en caída brutal en 2009. La recuperación de 2010 es engañosa; desde 2011, está seguida de una desaceleración, prolongada por una nueva caída (o, en el mejor de los casos, de un estancamiento) en 2012 y 2013. Más allá de los sufrimientos impuestos a la población, esta situación está cargada de grandes peligros, pues cada desarrollo de la crisis puede arrastrar a la economía a un retroceso aún más profundo.

En efecto, toda crisis se despliega siguiendo dos caminos de sentidos opuestos: uno que lleva a la salida de la crisis, purgando las contradicciones que le dieron nacimiento, el otro que, en un círculo vicioso, hace que al contrario la crisis provoque más crisis. Entre todos los riesgos que acechan a una economía ya en la pendiente descendente tenemos que situar en buena posición el de la deflación, entendida en el sentido de la bajada de los precios. El peligro no es muy grande si no se trata más que de bajadas de precios sectoriales. Por ejemplo, si se trata de precios agrarios, una bajada así no gusta a todo el mundo, pero puede tener una contrapartida positiva, pues aumenta los salarios reales (por tanto el poder de compra de los trabajadores) y mejora los márgenes de beneficio de la industria, reduciendo el coste de las materias primas. Es por lo que la deflación no aparece a primera vista como un peligro a ojos del público, pues todo consumidor no puede más que alegrarse de precios reducidos.

La situación es completamente diferente cuando las bajadas de precios son importantes y generalizadas al conjunto de una economía. Pueden entonces tener un efecto desastroso sobre la actividad. Las cargas fijas (como alquileres, intereses de deudas, etc.) o también los salarios (si son poco flexibles a la baja) no siguen el movimiento de los precios, comprimiendo los beneficios, verdadero motor del sistema. Se desalienta la inversión, se mina la confianza. La demanda se ve afectada pues ciertas decisiones de compra pueden ser retrasadas en la esperanza de futuras caídas de precios. El atesoramiento de la moneda se desarrolla sin ninguna ventaja para la economía pues, con la ayuda de la bajada de los precios, el mismo montante de moneda puede comprar con el tiempo una cantidad creciente de bienes reales.

Para algunos, poco importa el nivel de los precios: ¿no van naturalmente a ajustarse en consecuencia las diferentes rentas que los componen (salarios, beneficios, rentas, etc.)? Esto sería sin duda así si esas rentas siguieran todas la misma evolución, de forma proporcional. Pero no es así en absoluto. Algunas se ajustan rápidamente, otras más lentamente, otras no se ajustan nada. Así, en las crisis del siglo XIX, precios y salarios bajaban a la par, pero nada dice que lo hagan en las mismas proporciones y, en general, ese no es el caso.

No deja de ser cierto sin embargo que la deflación de los precios se acompaña de una deflación de las rentas, incluso si la segunda no es de la misma amplitud que la primera. Y esta deflación de las rentas añade sus efectos deletéreos a la de los precios, pues empuja hacia arriba en términos reales deuda y tasas de interés. En efecto, un reembolso de una deuda de un cierto montante pesa proporcionalmente de forma más pesada sobre una renta reducida y así ocurre igualmente para la tasa de interés al que se pide prestado. Sin embargo, el aumento del peso de la deuda real obliga a los deudores que quieren hacer frente a sus obligaciones a reducir sus gastos y a hacerlo, para poder reembolsar, aún más de lo que lo habrían hecho en otras circunstancias, agravando así la crisis. En cuanto a la subida de las tasas de interés reales, acentúa el declive de la inversión puesto que aumenta su coste. En total, una mecánica infernal se pone en marcha, una mecánica en la que la crisis arrastra la caída de los precios (pues la demanda global, en retroceso, se sigue mostrando inferior a la oferta global) y, donde, a su vez, la caída de los precios arrastra a la crisis.

Decididamente, con la deflación, hay peligro en casa. ¿Qué mejor ilustración podemos tener de ello que la que nos ofreció la gran depresión? En los Estados Unidos, de 1929 a 1932, los precios al por mayor cayeron un 31,6% /2. De agosto de 1929 a mayo de 1931, la caída de esos precios fue del 21,2% en Francia, del 23.5% en el Reino Unido, del 21,4% en Australia, del 24,5% en Bélgica, del 21,4 % en Noruega, del 21,3% en Suecia. Esta caída prosiguió de mayo de 1931 a marzo de 1933 con el -18,8% en Francia, -5,8 en Reino Unido, -6,8% en Australia, -21,3% en Bélgica, -5,4% en Suecia. Los países de la periferia no se quedaron al margen. Lejos de ello, los precios de las materias primas que exportaban cayeron en picado de 1929 a 1932: -53,3% el azúcar de caña, -43,7% el café, -83,1% el caucho, -58,4% el algodón, -69,3 el cobre, -53,5% el plomo, -52% el estaño /3. Caídas que dan vértigo. Incluso si intervinieron muchos otros factores, no hay duda de que una deflación así contribuyó a hacer de esa crisis el desastre absoluto que fue. Un solo ejemplo bastará: en los Estados Unidos, después del crack de octubre de 1929, los deudores intentaban desprenderse lo más rápidamente posible de sus obligaciones. Por ello, de 1929 a 1932, la deuda privada nominal (expresada en dólares corrientes) se redujo, pero la deuda privada real, que tiene en cuenta la bajada de los precios, subió en realidad un 10% /4.

Ahora bien, aunque no esté ya instalada en la deflación, Europa está manifiestamente bajo su amenaza. El índice de los precios al consumo de la zona euro (de 17 países) está en octubre de 2013 al nivel que tenía en mayo de 2013. Lo mismo ocurre en el caso de la zona euro a composición variable: el índice estimado está en noviembre de 2013 al nivel que tenía en junio del mismo año. No se trata por el momento más que de un simple estancamiento y no de bajadas de precios; pero este estancamiento rompe singularmente con la experiencia del pasado de la UE y de la zona euro, donde los precios han estado siempre orientados hacia la subida. De 2001 hasta el estallido de la crisis en 2009, ya se trate de la UE (de composición variable o de 28, o de 27) o también la Zona Euro (de composición variable o de 17), las tasas de variación anuales del índice de los precios al consumo no está jamás por debajo del 2%. Una situación de simple estancamiento de este índice (como la constatada hoy) no había sido observada jamás hasta el presente, por no hablar de tasas negativas. Está claro, la deflación no está ya aquí, pero llama a la puerta. Como prueba lo que habría parecido increíble hace poco tiempo: bajadas generalizadas del nivel de los salarios en los “países del sur” de Europa. En España, entre 2010 y 2012, ¡la caída es del 7%!/5. En esos mismos países del sur, los precios al consumo oscilan entre una bajada ya emprendida y un estancamiento prolongado: están afectados, además de España, Grecia, Chipre y Portugal /6. Los demás países europeos resisten aún, pero ¿por cuánto tiempo?

Además, la economía europea está particularmente desprotegida frente al riesgo deflacionista. En cualquier caso, bastante más que la economía americana. En efecto, desde el estallido de la crisis financiera, el banco central americano (la FED) no se ha contentado con asumir sistemáticamente su papel de prestamista de última instancia; no se ha contentado tampoco con mantener una tasa directora cercana a cero. Desde el comienzo de 2013, ha comprado todos los meses 85 millardos de dólares de bonos del Tesoro y de títulos ligados a préstamos hipotecarios, financiando el déficit público, inundando el mercado de liquidez. Un aporte masivo, que ha contribuido con fuerza a sostener la actividad, impulsando en particular la recuperación de la Bolsa americana. Y esto, cuando el riesgo deflacionista no está presente en los Estados Unidos. No se puede contar con el BCE para realizar una política comparable.

Lo que está en cuestión no es -no es ya- una simple agravación de la crisis, sino un salto cualitativo de ésta, del que será muy difícil volver. El ejemplo de Japón está ahí para ilustrar los riesgos de un tal deslizamiento. En ese país, el estallido de las burbujas inmobiliaria y bursátil de los años 1980 desembocó en una violenta deflación de los precios, poco o mal controlada. Muchos factores contribuyen a explicar el desfallecimiento del crecimiento que siguió, pero la deflación tiene ciertamente su parte en él. Lo más llamativo es que esta deflación prosigue aún: de 2008 a 2013, el índice de los precios de la economía japonesa (el índice de los precios del PIB) continúa cayendo, sistemáticamente, año tras año. En cuanto a la actividad, sigue estando golpeada por una enfermedad de abatimiento. En efecto, como en los demás países desarrollados, el PIB en volumen del Japón ha registrado una caída brutal en 2009 (-5,5%), seguida de una recuperación en 2010 (+4,7%) y una recaída en 2011 (-0,6%). Pero, lo que es característico es que si el crecimiento era del 1,9% en 2012, se ha desacelerado luego y, de nuevo, permanece sin tono, con el +1,8% en 2013, y +1,5% y luego el 1% previstos para 2014 y 2015 /7.

¿Es este el camino que queremos tomar? Algunos se alegran de las bajadas de precios actuales en nombre de la famosa política de deflación competitiva, mediante la que se trata no de ampliar los mercados, sino de morder en los de los demás. ¿Miden esos los riesgos que se asumen? A fuerza de caminar al borde del precipicio, se acaba por caer en él. Mientras la política de austeridad esté ahí, el peligro deflacionista planeará por encima de nuestras cabezas. Es tiempo aún de reaccionar, de cambiar de dirección. Hay que hacerlo ahora, inmediatamente, rápidamente.

 

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article30708

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

Notas

1/ La Zona Euro fue creada en 1999 por 11 de los 15 países con que contaba entonces la UE. Se les sumaron Grecia en 2001, Eslovenia en 2007, Chipre y Malta en 2008, Eslovaquia en 2009 y Estonia en 2011. En 2004, Malta, Chipre, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Eslovenia se adhirieron a la Unión Europea. En 2007, fue el turno de Bulgaria y de Rumanía, seguidas en 2013 por Croacia. Ya se trate de la UE o de la Zona Euro, “de composición variable”, los datos que son presentados para un año dado corresponden a la composición que tenía la UE o la Zona Euro durante ese año.

2/ Historical Statistics of the United States, 1975 : 199, 1004. Série E23 pour les prix de gros (Indice BLS).

3/ Isaac Johsua, La crise de 1929 et l’émergence américaine. PUF, 1999, págs. 225, 233.

4/ Isaac Johsua, La crise de 1929…, op. cit, pág. 101.

5/ Romaric Godin, La Tribune, 27/11/2013.

6/ Datos sobre los precios proporcionados por Eurostat.

7/ Datos y previsiones de la OCDE.


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