Posted by: anotherworldip | 04/18/2014

berlinguer

Berlinguer: el último italiano de

izquierda

Homenaje. El escritor y ex diputado dice que la política extraña al gran líder del PCI muerto en 1984.

Comienzo este artículo con una paradoja, y es la siguiente: Enrico Berlinguer tuvo en la política italiana (y más allá) un papel de algún modo similar al que está teniendo hoy el papa Francisco en la religión católica (y más allá). Ambos emprendieron un camino de reformismo de una radicalidad capaz de producir efectos revolucionarios; ambos fueron amados y respetados aun por sus adversarios; ambos tuvieron un carisma que capturaba la realidad y alimentaba un sueño. Hoy, en lugar de comentar los sucesos políticos de la semana que acaba de terminar, decidí recordar a Berlinguer de cuya muerte se cumplen treinta años y sobre cuya figura están saliendo en este momento libros y documentales que evocan su fuerza moral, su coraje político, los errores que cometió y la profunda renovación que llevó a cabo en la izquierda. Su semejanza con el rol del papa Francisco –como ya dije– es una paradoja, pero como todas las paradojas contiene aspectos de verdad. Si hubieran vivido en la misma época seguramente se habrían respetado y hasta querido quizá. En lo que a mí se refiere, conocí, respeté y tuve incluso una profunda amistad personal con Enrico. Lo conocí por razones profesionales en 1972, cuando fue electo secretario del PC italiano después de Longo y Togliatti. Fue, por lo tanto, el tercer secretario de ese partido desde el final de la Segunda Guerra. Murió en junio del 84 y todavía recuerdo que, estando ya en agonía, fui a darle mis condolencias a Botteghe Oscure donde todavía estaban reunidos los pocos dirigentes todavía en Roma que esa misma noche viajaron a Verona para velar su muerte. Recuerdo mi primera y cortísima visita porque, después de decir unas breves palabras de condolencia, terminé declarando que su desaparición era una grave pérdida para su partido pero sobre todo para la democracia italiana. Lo dije porque lo pensaba y sigo pensándolo. La visita había terminado, saludé a los presentes y Pietro Ingrao me acompañó hasta la salida de aquella sala. Nos dimos la mano pero yo estaba muy conmovido, lo abracé llorando y también él lloró consolándome. Lo guardé en mi mente porque nunca me había pasado algo así: que me consolaran en la sede del PC italiano por la muerte del jefe de un partido al que nunca suscribí y cuya ideología política nunca compartí. A lo largo de los años, desde 1977 a 1984, las preguntas más importantes que le hice y las respuestas que obtuve fueron siete: la naturaleza del Partido Comunista italiano frente a los otros y sobre todo frente a los que funcionaban en países occidentales; su relación con la URSS y con el Partido Comunista soviético; su relación con el leninismo; la concepción que tenía de la futura Europa; la dialéctica en acción con los socialistas y con la DC; la naturaleza del centralismo democrático y el rol que debía tener el Partido Comunista italiano con Italia; el problema planteado por él sobre la cuestión moral. Esas preguntas se las hice muchas veces y las respuestas no fueron siempre las mismas, algunas cambiaron con el paso del tiempo, pero la evolución fue, sin embargo, coherente. Todavía recuerdo una llamada telefónica que recibí de Ugo La Malfa el día que Enrico rompió decididamente con Moscú reivindicando su autonomía con respecto a la URSS, el Partido Comunista Soviético y el Cominform. “Lo que esperábamos desde hace tanto tiempo finalmente ocurrió. Ahora ese miserable intentará no dejarlo salir del gueto donde estuvo durante tantos años el PC italiano. A nosotros nos corresponde ayudarlo para que nuestra democracia sea finalmente consumada”. Le respondí que tenía razón pero que la salida del gueto no sería fácil, una parte del PC italiano todavía se sentía seducida por la ideología leninista estalinista. Nosotros indudablemente ayudaríamos a Berlinguer pero eran numerosas las dificultades, en parte ajenas al PC italiano y en parte en su propio seno. “Tienes razón –respondió Ugo– pero tenemos una gran función por delante y en lo que a mí respecta me comprometeré hasta el fondo”. Le pregunté quién era el “miserable” que había tratado de frenar la evolución democrática del PC italiano. “Sabes perfectamente quién es, de hecho, lo atacas todos los días”. Era Craxi, cuyo nombre ni siquiera quería pronunciar. Lamentablemente, a los pocos meses murió La Malfa y sólo después de muerto los italianos descubrieron que había sido uno de los padres de la Patria, así como yo descubrí la grandeza política y moral de Berlinguer en su funeral. El nuestro es un pueblo bastante extraño; se enamora más de los payasos que de los políticos empeñados en anteponer el bien común a cada interés personal y partidario. Tenemos tantas fortalezas, pero esa es una debilidad capital que explica la fragilidad de nuestra democracia y del Estado que debería ser su titular y contenedor. Berlinguer siempre fue contrario al estalinismo y, por lo demás, su ascenso a la secretaría del partido había tenido lugar muchos años después de la muerte de Stalin y el informe de Kruschev ya había dejado en claro la naturaleza criminológica de esa tiranía. Era diferente, por el contrario, su relación con el leninismo, pero esa fue una posición que cambió con el paso de los años, señalando la evolución del PC italiano hacia la democracia consumada. Menciono el párrafo más significativo extraído de la entrevista de septiembre de 1980, cuando Polonia se rebeló contra el yugo de Moscú. En esa oportunidad también le pregunté qué parte del pensamiento leninista rechazaba y cuál seguía aceptando. Respondió así: “Lenin identificó el partido con el Estado; nosotros rechazamos totalmente esa tesis. Lenin siempre sostuvo que la dictadura del proletariado es una fase necesaria del camino revolucionario; nosotros rebatimos esa tesis que no es nuestra desde hace largo tiempo. Lenin sostuvo que la revolución tiene dos fases netamente separadas: una fase democrático-burguesa y posteriormente una fase socialista. Para nosotros, en cambio, la democracia es una fase de conquistas que la clase obrera defiende y extiende, por ende un valor irreversible y universal que es garantizado al construir una sociedad socialista”. Me da la sensación, –dije yo en ese punto– de que ustedes rechazan todo en Lenin. “No. Lenin descubrió la necesidad de las alianzas de la clase obrera y nosotros estamos totalmente de acuerdo en ese punto. Finalmente, Lenin no confió en una evolución natural reformista y también en eso estamos de acuerdo”. Eso también lo sostuvo Maquiavelo mucho antes que Lenin, le dije. “Los comunistas también leímos a Maquiavelo que fue un gran revolucionario de su tiempo pero que se refería ‘a la virtud individual de un Príncipe’ mientras que nosotros nos referimos a una formación política que organiza a las masas para transformar la sociedad”. ¿Se esperaban, queridos lectores, que hace treinta años Berlinguer, hablando de un gobierno de izquierda –del cual el PC italiano habría sido uno de los ejes portantes– propiciara una salud financiada de su propio bolsillo para aquellos con ingresos medios-altos? Cuidado con los que hablan del intento actual del nuevo presidente del Consejo de salir a buscar coberturas para un gobierno que está más a la izquierda que todos los que ha habido en los últimos treinta años. Berlinguer, hace treinta años, encontraba las coberturas desgravando a los trabajadores a expensas de quienes tenían ingresos medios altos. Pero hoy una propuesta de ese tipo sería tildada de comunismo inaceptable y de hecho ni siquiera se considera posible y ya un aumento de los impuestos sobre las ganancias (¿cuáles?) es considerado “subversivo”. He tratado de recordar al Berlinguer que conocí. Tenía un gran carisma pero era tímido, era reservado, era prudente, era moralmente intransigente. Quería, junto a Lama y Amendola, austeridad, incluso en los salarios obreros, pero quería también que los valores de la clase obrera coincidieran con el interés nacional, como siempre debe ser cuando una clase social tiene la responsabilidad de sintonizarse con todo el país. Sandro Pertini lloraba cuando el féretro con sus restos, que había ido a buscar a Verona, aterrizó en el aeropuerto de Ciampino. Fui allí para verlo y recuerdo lo que me dijo: “Se fue el último grande de la izquierda italiana. Sin él, este país volverá a descubrir sus vicios y sus debilidades y no será por cierto la izquierda, el dique del río fangoso que desbordará”. Por desgracia, estaba en lo cierto el viejo Pertini, que había pasado tantos años de su vida en la cárcel, confinado y en las brigadas Matteotti de la guerra partisana. Había más gente en aquel funeral que en el de Togliatti que no obstante había movilizado a millones. Ese fue el último impulso, el llanto de toda la nación. Ahora nos hemos deslizado más bien hacia abajo; nos reímos, bromeamos o nos insultamos y nos apuñalamos por la espalda. Y les aseguro que para un viejo testigo del tiempo, no es en realidad algo agradable de ver. (c) La Repubblica.  Traducción: Cristina Sardoy
Fuente:
http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Berlinguer-ultimo-italiano-izquierda_0_1110488954.html

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